18/09/2026
Siempre tengo algo para decir.
Me lo han dicho varias veces. Que cuando todos están callados, yo hago un comentario y de repente aparecen las risas. Que cuando parece que está todo dicho, levanto la mano porque encontré algo que agregar. Como si tuviera cierta incapacidad para dejar una conversación sin una última palabra.
Pero hay un lugar donde nunca sé qué decir: los velorios.
Escucho frases como “mi más sentido pésame” o “lo lamento mucho”, y muchas veces me cuesta decirlas porque no logro sentirme sincero al pronunciarlas. Entiendo que son como guiones de otras películas, frases que pertenecen a otra época o a una situación que no me toca del todo. Frases que sabemos que hay que decir, aunque no sepamos exactamente qué significan cuando las pronunciamos.
Porque ¿cuánto puede uno lamentar la muerte de alguien que no era tan cercano?
Puedo lamentarla, claro. Puedo sentir tristeza. Puedo querer a quien está sufriendo. Pero no puedo medir mi dolor con el suyo. No puedo saber cuánto pesa esa ausencia. No puedo entrar en el lugar que dejó esa persona.
Entonces quizás, frente a la muerte, no tener una palabra no sea una carencia.
Quizás sea honestidad.
Porque hay momentos en los que decir algo puede ser menos importante que quedarse.
Acercarse. Saludar. Tomarle la mano a alguien. Abrazarlo. Quedarse parado al lado suyo unos segundos más de lo habitual.
No para quedar bien. No para demostrar que sabemos qué decir. Ni siquiera para hacer que el dolor desaparezca.
Solamente para que, por un momento, esa persona pueda sentir algo muy simple:
no estoy solo.
Y quizás también para honrar la vida de quien murió.
A veces uno está ahí y esa persona ya no puede enterarse. Ya no puede saber quién fue, quién vino, quién la despidió. Pero tal vez eso no sea lo más importante. Lo importante es que quienes están ahí entiendan que uno está presente porque esa persona significó algo, aunque haya sido poco, aunque haya sido de una manera difícil de explicar.
Uno está ahí para honrarla. Para despedir no solamente un cuerpo, sino el vehículo de una vida en esta tierra. Para reconocer que, de algún modo, esa vida pasó por la nuestra y dejó algo.
Hay situaciones en las que las palabras acompañan.
Y hay otras en las que acompañar es, justamente, quedarse sin palabras.