29/03/2026
Las apariencias engañan. Crecimos viendo películas donde el inglés llegaba en su caballo blanco, con su uniforme impecable, la postura erguida y la mirada en alto, como si encarnara naturalmente la nobleza, el orden y la civilización. Todo en él estaba cuidadosamente construido para transmitir superioridad: la música que lo acompañaba, los encuadres que lo exaltaban, la forma en que la cámara lo seguía como si fuera el centro moral de la historia. Del otro lado, casi como una sombra necesaria para completar el cuadro, aparecían los árabes: desprolijos, desordenados, gritones, reducidos a una masa indistinta de figuras harapientas que lo emboscaban en el desierto e intentaban acuchillarlo por la espalda.
Ese contraste no era casual. Respondía a un relato profundamente instalado, donde uno representaba el progreso y el otro el atraso, uno la razón y el otro la barbarie. Y en ese guion, el muchacho valiente siempre podía con todos: resistía el ataque, se imponía con habilidad y coraje, repartía golpes como quien reparte justicia, y finalmente, cuando el polvo se asentaba, encendía un ci******lo con una calma casi elegante, como si la violencia hubiese sido apenas un trámite necesario para restablecer el orden natural de las cosas.
Durante mucho tiempo, esa narrativa se aceptaba sin cuestionamientos. Era el sentido común que nos ofrecía la pantalla, reforzado una y otra vez por historias similares. Pero con los años —y no sin esfuerzo— empecé a discernir la verdadera situación. A entender que lo que se presentaba como una lucha entre el bien y el mal era, en realidad, una simplificación interesada. Que ese inglés no era un héroe neutral, sino un invasor colonialista, parte de un sistema de dominación mucho más amplio. Y que aquellos árabes, despojados de toda complejidad en el relato, no eran villanos irracionales, sino pueblos que luchaban por liberar su tierra, su cultura y su forma de vida.
Esa toma de conciencia no llega de golpe. Es un proceso incómodo, porque implica revisar lo que uno naturalizó durante años, desmontar imágenes que parecían inocentes y reconocer las capas de ideología que las sostenían. Implica también aceptar que muchas veces la historia que se nos cuenta no es la historia completa, sino una versión recortada, funcional a determinados intereses.
Definitivamente, las cosas no son lo que parecen. Lo evidente suele ser apenas la superficie de algo mucho más profundo y complejo. Por eso, si uno quiere acercarse a la verdad, no alcanza con mirar: hay que bucear. Bucear en los contextos, en las intenciones, en lo que se muestra y, sobre todo, en lo que se omite. Y hacerlo cada día un poco más profundo, con paciencia y con espíritu crítico, para poder traer a la superficie no una verdad absoluta —que quizás no exista—, sino una comprensión más honesta de la realidad que nos rodea.