01/06/2026
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Un niño pasó años siendo definido únicamente como “autista”. Sin embargo, al revisar cuidadosamente sus antecedentes, apareció un dato fundamental: había sufrido falta de oxígeno durante el nacimiento.
Y entonces surge una pregunta incómoda:
¿Cuántas veces estamos describiendo conductas sin preguntarnos por qué ocurren?
Porque actualmente los criterios conductuales para definir autismo se han vuelto tan amplios que terminan agrupando niños con realidades biológicas completamente diferentes.
El niño que tuvo una regresión.
El niño que nació extremadamente prematuro con 600 gramos.
El niño con una enfermedad genética.
El niño con epilepsia.
El niño con una encefalopatía por falta de oxígeno.
El niño con una enfermedad metabólica.
El niño con inflamación cerebral.
El niño con una lesión neurológica.
Todos pueden presentar dificultades para hablar, señalar, sostener la mirada, jugar o regular su conducta.
Y muchas veces todo termina resumido en una sola palabra:
“Autismo”.
Pero describir una conducta no es lo mismo que explicar su causa.
Si un niño no habla, no señala y no mira a los ojos, eso debería ser el comienzo de una investigación médica, no el final.
Porque detrás de esas manifestaciones puede haber mecanismos biológicos completamente distintos.
Y cuando dejamos de buscar la causa, también dejamos de buscar tratamientos específicos, pronósticos más precisos y oportunidades terapéuticas que podrían cambiar la evolución del niño.
La pregunta que deberíamos hacernos no es solamente:
”¿Cumple criterios de autismo?”
Sino también:
”¿Por qué este niño cumple esos criterios?”
La medicina del neurodesarrollo no debería conformarse con etiquetar conductas.
Debería intentar comprender qué está ocurriendo en el cerebro, en el metabolismo, en la genética y en la historia clínica de cada niño.
Porque a veces no era autismo.
A veces había una enfermedad detrás esperando ser identificada.
Y los niños merecen mucho más que una etiqueta. Merecen un diagnóstico que explique realmente lo que les está pasando.