03/05/2026
📖 El círculo de las que saben
Dicen que en los pueblos pequeños las noches guardan secretos que nadie se atreve a nombrar.
En una casa apartada, al borde del monte, se reunían mujeres que no necesitaban velas para ver ni palabras para invocar.
No eran viejas ni temidas por su aspecto. Eran madres, hijas, amigas… mujeres comunes que, al caer la medianoche, se transformaban en guardianas de un poder antiguo.
El círculo se formaba con pasos silenciosos y miradas que se reconocían. Cada una llevaba algo: un pañuelo heredado, una piedra encontrada, una herida que aún dolía.
El aire se espesaba cuando comenzaban a cantar. No era música, era un murmullo que parecía venir de la tierra misma.
Las brasas del fuego dibujaban sombras que se movían solas, y los árboles se inclinaban como si escucharan.
Algunas pedían justicia.
Otras, amor.
Las más viejas pedían silencio, porque sabían que todo lo concedido tenía un precio.
En el pueblo, los hombres hablaban de ellas con miedo y deseo.
Las llamaban brujas, pero entre ellas se decían hermanas.
Sabían que la verdadera brujería no estaba en los conjuros, sino en la unión: en compartir la rabia, la esperanza y la memoria.
Cuando el gallo cantaba, el círculo se deshacía.
Cada una volvía a su vida cotidiana, con la certeza de que lo sembrado esa noche crecería en algún corazón, en algún destino.
Y así, generación tras generación, el círculo nunca se rompió.
Porque la brujería, al final, era la forma más antigua de resistencia.