11/01/2026
El aire sobre la isla de Luzón olía a sal, humo de diésel y algo más antiguo, más vceral. El olor metálico de la guerra que se había quedado pegado a la tierra filipina como una segunda piel. El teniente Alberto Peralta Sandoval apretó los controles de su P47D Thunderbolt, mientras el rugido del motor Prat and Whitney, de 2000 caballos de fuerza, vibraba a través de su columna vertebral, sacudiendo cada hueso, cada nervio, cada pensamiento que intentaba formarse en su cabeza.
A través del parabrisas rayado por la intemperie, el océano Pacífico se extendía como una plancha de metal bruñido bajo el sol de las 4 de la tarde. Ese sol filipino que no perdonaba, que caía sobre uno como el aliento de un horno abierto. habían despegado de la pista de Porc hacía apenas 20 minutos y ya el sudor le corría por la espalda, empapando el traje de vuelo que nunca terminaba de secarse en esta humedad infernal que lo dejaba a uno sintiendo como si respirara agua en lugar de aire.
La voz del capitán Radamés Gaxiola Andrade crepitó en los auriculares, mezclada con la estática que nunca desaparecía del todo. Escuadrón, mantengan formación. Estamos a 15 minutos del objetivo. Ojos bien abiertos, muchachos. La voz sonaba tranquila, casi casual, como si estuviera comentando el clima sobre la Ciudad de México en lugar de dirigir una misión de combate sobre territorio enemigo. Pero Alberto conocía esa calma.
La había escuchado en el entrenamiento en Greenville, en Majors Field, en todas esas tardes interminables de Alabama, cuando todavía eran pilotos sin guerra, cuando Estados Unidos los miraba con esa mezcla de curiosidad y desdén que Alberto había aprendido a reconocer desde que cruzaron la frontera. Los mexicanos decían como si la palabra llevara un peso invisible, una pregunta no formulada sobre si realmente pertenecían al cielo, si merecían volar estas máquinas que costaban más que todo lo que sus familias habían ganado en
generaciones enteras. Alberto ajustó el compensador y miró hacia su derecha, donde el teniente José Espinoza Fuentes mantenía su posición con la precisión de un relojero, su P47 cortando el aire húmedo con esa gracia brutal que solo estos aviones podían tener. Más allá, formando el resto de la escuadrilla, volaban Mario López, Héctor Hernández y los otros 11 pilotos del primer grupo de ataque del Escuadrón 2011.
33 pilotos mexicanos en total habían cruzado el Pacífico para llegar aquí para escribir con fuego y acero sobre el cielo de Filipinas una historia que México necesitaba contar. una historia de sangre y honor que respondiera a todos aquellos que habían dudado, que habían murmurado en los pasillos del Pentágono y en las cantinas de Manila, que los mexicanos no tenían la disciplina, la educación, la civilización necesaria para la guerra moderna.
El panel de instrumentos brillaba con su propia luz mortesina, agujas temblando sobre diales que medían velocidad, altitud, combustible, temperatura, presión de aceite, todas esas cifras que separaban la vida de la muerte a 350 km/h. Alberto había memorizado cada medidor, interruptor y válvula durante aquellos meses de entrenamiento, cuando el calor de Alabama se sentía tan opresivo como este, y los instructores norteamericanos los observaban con ojos que preguntaban sin preguntar si estos pilotos morenos del sur realmente podían
dominar la física del combate aéreo, mantener los reflejos y soportar la presión de una picada mortal. Tal habían demostrado que sí podían. Uno por uno, vuelo tras vuelo, los instructores ya no pudieron negar lo evidente. Estos mexicanos volaban tan bien o mejor que cualquiera. Sus formaciones eran precisas, sus aterrizajes suaves y convertían el entrenamiento en instinto con naturalidad.
Vinieran de Guadalajara, Monterrey, Puebla o Veracruz, podían igualar a cualquier piloto nacido en Kansas o California. Pero el respeto se había ganado con sudor y repetición. Nunca se había dado libremente. Y Alberto sabía que aquí sobre Filipinas, en esta guerra que ya se sentía como el último acto de una tragedia demasiado larga, tendrían que probarse otra vez.
La orden había llegado temprano esa mañana, antes de que el sol derritiera la niebla que se acumulaba sobre la pista. El mayor Antonio Cárdenas Rodríguez, comandante del escuadrón 2011, había reunido a todos los pilotos en la tienda de operaciones que olía a lona húmeda, café aguado y el humo dulzón de los ci*******os filipinos, que algunos habían adoptado porque los camel y lucky strike americanos escaseaban.
El mayor era un hombre delgado, de movimientos económicos, con ojos que parecían calcular constantemente distancias y probabilidades. Cuando hablaba, su voz tenía ese timbre de autoridad que no necesitaba subir de volumen para ser obedecida. Esa calidad que Alberto había visto en su padre cuando daba órdenes en el rancho, cuando una palabra bastaba para que los vaqueros supieranexactamente qué hacer.
Tenemos nuestro primer objetivo real", había dicho el mayor, y el silencio en la tienda se había vuelto absoluto, denso como el aire antes de una tormenta. Posiciones japonesas fortificadas a lo largo de la costa de Luzón, búnkeres, emplazamientos de artillería, depósitos de municiones. Inteligencia dice que están reforzando sus defensas para la ofensiva aliada hacia el norte.
Nuestro trabajo es convertir esas posiciones en escombros antes de que el sexto ejército llegue mañana. Había desplegado un mapa sobre la mesa de madera astillada, señalando con un dedo las coordenadas, las rutas de aproximación, los puntos de rally. Si alguien se perdía o tenía problemas, van a dispararnos con todo lo que tienen.
Fuego antiaéreo, ametralladoras pesadas, tal vez hasta algún cero si tenemos mala suerte. Mantengan altitud hasta el último momento. Piquen rápido, suelten la carga y salgan más rápido todavía. No se queden admirando su trabajo. Un segundo de distracción es todo lo que necesitan para derribarte.
Alberto había estudiado el mapa memorizando los contornos de la costa, los ríos que serpenteaban hacia el interior, las montañas al este que se elevaban como dientes rotos contra el horizonte. Había tratado de imaginar cómo se vería desde 3,000 m de altura. ¿Cómo encontrar esos búnkeres específicos entre la jungla y las playas? ¿Cómo distinguir las posiciones enemigas de las aldeas filipinas donde civiles todavía vivían bajo la ocupación japonesa, atrapados entre dos ejércitos que habían convertido su tierra en un campo de
batalla? La responsabilidad le había pesado en el estómago como plomo esa conciencia de que cada bomba que soltara cambiaría el mundo para alguien allá abajo, que sus decisiones tendrían consecuencias irreversibles medidas en vidas humanas. Después de la sesión informativa, mientras caminaba hacia su avión en la semioscuridad del amanecer, Alberto había pensado en su madre, en cómo habría tocado su rosario de cuentas de ámbar al despedirse en la estación de tren de Guadalajara, sus dedos moviéndose sobre las cuentas gastadas
con esa familiaridad que venía de décadas de oraciones repetidas. Que la Virgen te cuide, mi hijo", había susurrado sus ojos brillantes con lágrimas contenidas. "Que te traiga de vuelta a casa." Alberto había querido decirle que no era la Virgen quien lo protegería en el cielo sobre el Pacífico, sino su entrenamiento, su habilidad, su suerte y la solidez del motor que rugía frente a él.
Pero había asentido y había abrazado a su madre, sintiendo la fragilidad de sus huesos. bajo el reboso negro y había prometido volver, aunque sabía que era una promesa que tal vez no podría cumplir. Ahora, con el objetivo acercándose y el sol comenzando su descenso lento hacia el oeste, Alberto sentía esa misma mezcla de miedo y determinación que había sentido en su primer vuelo, solo cuando el instructor le había dicho, "Es todo tuyo.
" Y de repente él era el único responsable por mantenerse en el aire. La diferencia era que ahora el cielo podía escupir fuego en cualquier momento, que abajo había hombres con órdenes de matarlo, que este no era un ejercicio donde el fracaso significaba una reprimenda y otra oportunidad, sino algo final y sin apelación.
Objetivo a la vista", anunció el capitán Gaxiola y Alberto entrecerró los ojos contra el resplandor del sol reflejado en el agua, buscando la línea de la costa que debía aparecer pronto en el horizonte. Allí estaba una franja oscura que separaba el azul del océano del verde denso de la jungla. Y mientras se acercaban, Alberto comenzó a distinguir detalles.
La arena blanca de las playas, las copas de las palmeras mecidas por el viento, las cicatrices oscuras donde explosiones previas habían arrancado la vegetación y expuesto la tierra roja debajo. activó el interruptor del sistema de armamento, sintiendo el clic mecánico vibrar a través de los controles y su pulso se aceleró, aunque intentó mantener la respiración tranquila, profunda, como le habían enseñado.
2000 m de altura, la costa de Luzón se extendía ante ellos como un mapa topográfico tridimensional y Alberto podía ver ahora las posiciones japonesas que inteligencia había marcado. Estructuras de concretos semienterradas entre las dunas, revestimientos de troncos que protegían posiciones de ametralladoras, la geometría artificial de trincheras excavadas en patrones defensivos.
continuará........👇