27/01/2026
FE DE ERRATAS: Por un lamentable error de edición, en la pág 35 de la edición de enero no salió publicada como corresponde la nota de Hernán Antolini sino la versión sin corregir de la nota de pág 13. Pedimos disculpas al autor y a los lectores y a continuación publicamos la nota de Antolini.
Y también será publicada en nuestra próxima edición en papel.
La mujer que sabe - Por Hernán Antolini
Stanley Carslile (Stan), es el personaje principal de la novela “El callejón de las almas perdidas” de William L. Gersham. Stan trabaja en una feria itinerante de atracciones. Los números van desde el hombre forzudo a la mujer eléctrica. Stan ocupa el último escalón en la jerarquía de la feria: es el que está detrás de cortinados y debajo de pisos falsos ayudando a que los trucos funcionen.
Zeema, es la atracción culminante de la feria. La fuerza inimaginable de un hombre, la inmunidad a la electricidad de una mujer o las habilidades de un mago para hacer aparecer monedas, son un entretenimiento dirigido a todo el público por igual; con Zeema, el mensaje se vuelve personal. Zeema es “La mujer que sabe”.
La consigna de su show es simple: piensen en algo que les gustaría conocer, escriban la pregunta en un papel, no la compartan, guardenla en un sobre con sus iniciales. Stan los recogerá, los cambiará por otros vacíos y se ocultará bajo las tablas. Arriba del escenario, Zeena quemará los sobres vacíos para reforzar la independencia de su arte. Luego, adivinará las preguntas con la ayuda de Stan que le lee a escondidas. El efecto de intimidad del truco y la confianza que genera en el público le permiten a Zeena, al finalizar, vender horóscopos y predicciones personalizadas. “Responde a sus preguntas y serán tuyos, en cuerpo y alma”, alecciona Zeena a Stan.
Pete, pareja de Zeena, tiene un anotador dónde registra el número de veces que las preguntas aparecen a través de las presentaciones. Stan hojea las estadísticas y cae en la cuenta de que las preguntas se repiten -como los anhelos y los miedos- y que Zeena da siempre una respuesta similar, aunque agregando un toque personal según las reacciones de su interlocutor, ajustando así, sobre la marcha, el engaño.
La inteligencia artificial (IA) cumple casi 70 años. Durante la mayor parte de ese tiempo, la identificamos con los robots. Hace casi 4 años, la aparición de ChatGPT revolucionó esa asociación. Ahora identificamos a la IA con un/una asistente que nos conoce y nos habla.
Imagino a Stan preguntándose: ¿cuál es el truco que hace hablar a la IA?
Supongamos que tomamos algunas notas, durante todas las ferias, de las preguntas de la gente: cuántas veces aparecen repetidas, de qué palabras están formadas y en qué orden. Luego, anotamos las respuestas y sus reacciones (¿Le gusta? ¿No le gusta?). Supongamos ahora que nos sentamos con nuestros tres feriantes y, en una pausa en el camino, diseñamos juntos un código numérico: a cada palabra le asignamos un número; a cada frase le asignamos un conjunto de números y a ese conjunto le asignamos un valor que nos diga cuántas veces se repite y cuántas veces fué aprobado o desaprobado. Al final del día, tenemos un enorme grupo de números que representan todo lo que necesitamos para llevar adelante el truco, aunque parece algo complejo de manejar para los humanos.
No para las computadoras.
Ellas no entienden de palabras ni del significado de las mismas, pero sí de la relación estadística de su representación numérica. Con suficiente poder de procesamiento, la IA es capaz de computar y predecir la próxima palabra que esperamos que aparezca en una frase. El ejemplo más sencillo es el del mail o el texto predictivo: escribimos “Hola, espero que estes…” y nos aparece “bien”. La IA ha sido y está siendo entrenada con todo aquello que durante años nos hemos preguntado y contestado; lo que hemos escrito, lo que hemos dialogado, lo que hemos reflexionado y nuestras reacciones en internet. Los chats o asistentes, además, ofrecen la opción de recordar nuestras preferencias: sintetizan nuestros gustos, computan nuestras reacciones y, al igual que Zeena, ajustan la respuesta en virtud del historial que han compilado de nosotros.
Con el tiempo Stan se da cuenta de que este truco que aprendió con Zeena y Pete , por su capacidad de hacerle sentir a la gente que la conoce hasta el más profundo detalle, es una mina de oro. Y más si se dirige a una persona con poder o dinero que ofrezca gran parte de lo que tiene para escuchar sobre sus más profundos deseos ,en lugar de dirigirlo a unos campesinos que pagan 25 centavos el horóscopo.
Permítanme disentir con quienes dicen que la IA es una tecnología y nosotros decidimos cómo usarla. En la feria, Zeena maneja la tecnología: conoce y manipula el truco; nosotros, en cambio, somos el público que se maravilla con la magia de ver aparecer palabras. La IA es la tecnología, ChatGPT es un producto. Los productos, como los trucos de la feria, no necesariamente se pagan el primer día. El buscador, al que convertimos en un verbo (“googlear”), nunca nos cobró; tal vez, en lugar de búsquedas abiertas y plurales, nos responde con propaganda. Los mapas tampoco nos han cobrado hasta ahora; tal vez, a cambio, le cuenten a alguien más por donde andamos.
Hacia el final de la novela, Stan termina siendo manipulado por alguien a quien le confió sus más profundos secretos.
¿Qué hará, de ahora en más, “La mujer que sabe”, con nuestra intimidad revelada?
* Hernán Antolini tiene 55 años. Es Lic en Filosofia. Trabaja en Informatica. Escribe, fermenta y disfruta de los humedales con su pareja con la que vive en el bosque de Mar de las Pampas.