11/11/2025
Fue en el feliz día que Jesús nos salvó. Clavado al madero de su cruz, el divino Ajusticiado había sentido la muerte acabar en él su conquista, y en un último impulso hacia el Mundo, había clamado que su Obra de Redentor estaba consumada. Luego, en la inesperada noche, caída súbitamente sobre la tierra que temblaba de emoción y de las piedras que se agrietaban, Jesús inclinó la cabeza y entregó su Alma al Padre. Entonces, como se acercaba la hora del shabat, los suyos debían descrucificarlo de inmediato a fin de poderlo sepultar. Pero antes de dejarlos obrar según su voluntad, se acercaron soldados para quebrar las piernas de Jesús y de los otros dos crucificados, a fin de rematarlos. Pero, viendo que el Salvador ya estaba mu**to, no le rompieron las piernas; “sino que uno de los soldados le abrió el costado con la lanza, y al instante salió sangre y agua” (Jn. XIX, 34). Las heridas de los miembros y las contusiones de todo el cuerpo habían detenido la vida de la Víctima y satisfecho a la Justicia; la herida del golpe de lanza, herida de supererogación, hizo surgir del cuerpo mismo del Mu**to, la eclosión de una vida divinamente fecunda y satisfizo a la Munificencia y al Amor infinitos. ¡Y desde entonces y por siempre, el mundo cristiano ha vivido y vivirá de esta vida brotada, a través de su costado, del Corazón abierto de Cristo Jesús!”