07/12/2025
UN CAMINO LLENO DE MIEDO Y RISAS
Laura Ordoñez A.
Viaje
Hace unos diez años, cuando vivía en Santa Cruz, mi familia y yo solíamos viajar en las vacaciones de invierno a Charagua para visitar a mis abuelos. Siempre me emocionaba ese viaje, porque coincidía con la fecha de mi cumpleaños y lo celebrábamos allá, con toda mi familia reunida. Aquella mañana el cielo estaba nublado. Había llovido el día anterior, pero el clima se sentía fresco y tranquilo.
El camino difícil
El incidente ocurrió en el viaje de regreso a Santa Cruz. Sabíamos que el camino podía complicarse, porque era de tierra y cuando llovía se llenaba de barro. Aun así, no podíamos quedarnos más tiempo. Mi papá, que ya conocía bien esa ruta, compró una pequeña pala y decidió sacar tierra de los cerros del costado para echarla en el camino. Así la vagoneta no se resbalaba tanto sobre todo en las subidas, aunque cada tramo que avanzábamos parecía una pequeña batalla.
Tensión
A medida que pasaban los minutos, el miedo empezó a sentirse. El camino tenía muchas subidas y bajadas, y la vagoneta se iba de costado por el barro. Todos guardábamos silencio. Yo tenía entre ocho y nueve años. Aunque solía dormir en los viajes, aquella
vez no pude pegar un ojo. Sentía los nervios, la angustia y el corazón acelerado con cada bajada. De pronto, una flota apareció frente a nosotros. El camino no era tan angosto, pero el barro hacía difícil maniobrar. Pasó tan cerca que se llevó el retrovisor del lado
izquierdo. Mi papá mantuvo la calma, concentrado en el volante, mientras mi mamá se agarraba fuerte del asiento. Ella estaba nerviosa, pero trataba de no mostrarlo.
Alivio
Después de eso, el auto quedó lleno de barro y poco a poco volvió la calma. Escuché risas nerviosas, como si todos intentáramos liberar la tensión. Sentí alivio, aunque el miedo todavía seguía presente.
Conexión
Hoy, cuando recordamos ese viaje, nos reímos mucho. Recordamos a mi mamá intentando sujetarse de todo, a mi papá concentrado en el camino, y a mi hermano pequeño que durmió todo el viaje sin enterarse de nada. Fue un momento de miedo, sí, pero también una experiencia que nos unió más como familia. Aprendí que a veces los caminos difíciles no solo te llevan de un lugar a otro, sino que te enseñan a confiar en quienes van contigo.