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En un contexto donde la información está dominada por voces hegemónicas, La Cuerpa aparece para narrar desde los márgenes, para incomodar, movilizar y comunicar con libertad, desde las cuerpas que habitan los bordes.

¿Para qué seguimos marchando?23 años después, una pregunta incómoda sobre la marcha, la comunidad y nuestro futuroPor An...
15/09/2026

¿Para qué seguimos marchando?

23 años después, una pregunta incómoda sobre la marcha, la comunidad y nuestro futuro

Por Andrés Mallo | La Cuerpa

Hay algo que me inquieta de estos 23 años de marchas en La Paz.

No es solamente que este año la marcha no haya sido en junio.

Es que ese cambio de fecha me obliga a preguntarme algo que quizá hemos dejado de hacer: ¿para qué seguimos marchando?

La Paz es la capital política e intelectual de Bolivia. Aquí las calles no son solamente calles, son espacios donde se disputa el poder, se construyen memorias y los cuerpos hacen visible aquello que muchas veces las instituciones prefieren no mirar.

Durante 23 años hemos salido a marchar. Hemos llevado pancartas, banderas, cuerpas desnudas, cuerpas transformadas, cuerpas furiosas y cuerpas festivas. Hemos gritado, bailado, discutido y aprendido a ocupar una ciudad que durante mucho tiempo quiso mantenernos invisibles.

Por eso me pregunto qué significa hoy esa marcha.

Para algunes, que no haya sido en junio puede parecer un arrebato. Para otres, simplemente da igual. La primera reacción nace de una idea instalada, "junio es el mes del orgullo" y, por lo tanto, la marcha tiene que ocurrir en junio. La segunda quizá sea más preocupante, la marcha se convirtió en un evento social, un día para mirar y mirarnos pasar a "los raros", a quienes se "disfrazan", bailan, gritan y ocupan las calles.

Sí, una marcha puede ser fiesta.

Pero si solamente queda la fiesta, ¿qué pasa con la política no partidaria?

No digo que nuestros problemas hayan desaparecido. La violencia, el estigma, la discriminación y la desigualdad siguen existiendo.

Lo que me pregunto es si todavía somos capaces de producir nuevas preguntas políticas.

José Esteban Muñoz, en Cruising Utopia, plantea que lo q***r no debería quedar atrapado en el presente ni limitarse a conquistar derechos dentro del mundo tal como está construido. Lo q***r también puede ser una forma de imaginar futuros que todavía no existen.

Quizá ahí esté nuestro problema.

Hemos aprendido a celebrar las conquistas, pero no necesariamente a imaginar qué viene después.

Pienso, por ejemplo, en el matrimonio entre personas del mismo s**o. Fue una conquista importante. Una pareja de lesbianas pudo casarse y Bolivia apareció internacionalmente por ello.

Pero después de la celebración aparece una pregunta incómoda:

¿todes queremos casarnos?

¿Será que el matrimonio es realmente el horizonte de nuestras vidas? ¿Será que después de aquella conquista no hubo más parejas intentando hacerlo porque ya estamos todes casades? ¿O será que simplemente existen otras formas de construir nuestras vidas que todavía no hemos sabido convertir en una agenda política?

Soy divorciado en Argentina, pero aquí es como si fuera soltero.

Con los años he empezado a pensar que estar casado, divorciado o soltero no nos hace mejores personas.

Lo que quizá envidio no es el título. Envidio las responsabilidades compartidas, el equipo, la posibilidad de construir con alguien.

Me interesa más el juego que la final de la competencia.

Más el camino que el título.

Y quizá ahí exista también una clave política, no solamente necesitamos conquistar derechos, necesitamos construir formas de vida que hagan que esos derechos tengan sentido.

Por eso tampoco creo que sea casual que este año la marcha no haya sido en junio.

Que haya ocurrido en medio de un bloqueo tiene una ironía difícil de ignorar.

Porque si hay algo que conocemos las personas disidentes es el bloqueo.

Desde el momento en que hablamos de nuestra sexualidad, nuestro género, nuestros deseos o nuestras formas de existir, aparece el estigma.

Primero como silencio.

Después como miedo.

Después como vergüenza.

Después como violencia.

Y finalmente, muchas veces, como resistencia.

BLOQUEO.

Con mayúsculas.

Pero quizá el bloqueo también esté dentro de nosotres.

En nuestras disputas, nuestros egos, nuestra dificultad para construir desde las diferencias y esa necesidad permanente de ser caudillas, referentes o divas.

También debemos mirarnos.

Porque si solamente criticamos al Estado, a los gobiernos y a las instituciones, pero nunca somos capaces de mirarnos, terminamos reproduciendo las mismas lógicas de poder que decimos combatir.

Y hay otra cosa que me preocupa: la ongización de nuestras luchas.

Hemos aprendido el lenguaje de los proyectos: objetivos, resultados, indicadores, talleres, observatorios, consultorías, informes y fotografías de cierre.

Muchas de esas herramientas han sido necesarias. Pero ¿qué pasa cuando empezamos a pensar nuestras vidas únicamente desde las categorías que necesita un proyecto para ser financiado?

¿Qué pasa cuando la comunidad deja de ser comunidad y comienza a convertirse en población beneficiaria?

Quizá necesitamos parar.

No para abandonar la política, sino para recuperar la política.

Un año sin objetivos.

Sin indicadores.

Sin resultados que demostrar.

Un año para hablar, reír, hacer arte, investigar nuestras propias historias, hablar de salud mental y preguntarnos cómo están nuestras comunidades.

Para comer juntes un apthapi.

Para encontrarnos sin que el encuentro tenga que producir algo.

Judith Butler ha pensado el acto de reunirse en el espacio público como una forma de acción política de los cuerpos. Los cuerpos que aparecen juntos no solamente dicen algo con sus palabras, su presencia también es una afirmación política.

Entonces la pregunta sobre la marcha no debería ser solamente cuántas personas conseguimos reunir.

La pregunta es:

¿qué cuerpos estamos reuniendo y para decir qué?

Después de 23 años, no creo que necesitemos necesariamente una marcha más grande.

Necesitamos una marcha con más preguntas.

No una fotografía institucional.

No una herramienta de limpieza de imagen.

No una competencia entre organizaciones.

No una repetición automática de las mismas consignas.

Quiero una marcha que vuelva a incomodar.

Que vuelva a provocar.

Que vuelva a producir pensamiento.

Que pueda convivir con el arte, el deseo, la rabia, la fiesta y la contradicción.

Porque las disidencias nunca fuimos una sola voz.

Quizá el desafío no sea dejar de estar dividides.

Quizá sea aprender a construir desde nuestras diferencias.

Muñoz nos recuerda que lo q***r también puede ser una imaginación de aquello que todavía no está aquí.

Y esa idea me devuelve a La Paz, a sus calles, a sus bloqueos y a estos 23 años.

Quizá la pregunta ya no sea solamente qué derechos nos faltan.

Quizá tengamos que preguntarnos:

¿qué queremos hacer con los derechos que conseguimos?

¿Qué hacemos después del matrimonio?

¿Qué hacemos después del reconocimiento?

¿Qué hacemos después de la visibilidad?

¿Qué hacemos cuando la marcha deja de ser novedad?

Tal vez la primavera pueda servirnos como metáfora.

No porque todo tenga que florecer bonito, sino porque florecer significa cambiar.

Y quizá eso necesitamos.

Cambiar.

No abandonar la marcha.

No abandonar la política.

No abandonar nuestras luchas.

Sino cambiar.

Después de 23 años, quizá ya no deberíamos preguntarnos solamente:

¿cuándo vamos a marchar?

Deberíamos preguntarnos:

¿hacia dónde queremos caminar juntes?

Porque una marcha que solamente mira hacia atrás corre el riesgo de convertirse en tradición.

Pero una marcha capaz de imaginar lo que todavía no existe puede seguir siendo una herramienta de transformación.

Y quizá ese sea nuestro verdadero desafío:

No volver a llenar las calles.

Volver a llenarlas de futuro.
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Andrés Mallo es paceño, gestor cultural, comunicador y activista por los DDHH cuir.

La cultura no nace en los ministerios: el sujeto artístico boliviano y la paternidad conservadora del reconocimientoPor ...
06/08/2026

La cultura no nace en los ministerios: el sujeto artístico boliviano y la paternidad conservadora del reconocimiento

Por Andrés Mallo | La Cuerpa

Cada cierto tiempo, Bolivia vuelve a discutir la existencia, el alcance o la pertinencia de un Ministerio de Culturas. El debate suele instalarse con rapidez: ¿es necesario?, ¿debe mantenerse?, ¿representa un gasto prescindible? Sin embargo, estas preguntas parten de una premisa equivocada. El problema nunca ha sido únicamente la existencia de una institución. El problema es mucho más profundo: Bolivia aún no ha construido un pensamiento cultural de Estado.

La cultura nunca ha pertenecido al Estado. La cultura y las artes son patrimonio de su gente. Nacen en los barrios, en las comunidades, en las calles, en las fiestas populares, en las lenguas, en los cuerpos y en las memorias que sostienen la vida cotidiana. Mucho antes de ser reconocidas por una institución pública, ya existen, producen sentido y transforman la realidad.

Por ello, reducir la discusión a la permanencia o desaparición de un ministerio implica desconocer que la producción cultural antecede a cualquier estructura administrativa. Las instituciones pueden acompañar, proteger y garantizar derechos culturales, pero nunca producir la cultura misma.

Históricamente, la institucionalidad cultural boliviana ha ocupado un lugar más cercano a la administración simbólica que a la construcción de un verdadero proyecto cultural de país. Las políticas públicas han sido discontinuas, vulnerables a los cambios de gobierno y, con demasiada frecuencia, subordinadas a intereses coyunturales. El arte ha servido para representar una imagen de Bolivia, fortalecer relatos oficiales o acompañar agendas políticas, antes que para consolidarse como un derecho ciudadano y un campo estratégico de producción de conocimiento.

En esa lógica también opera un modelo extractivista. Se celebran los resultados de la creación artística, pero se descuidan las condiciones que permiten su existencia. Se exhibe la obra terminada, mientras se invisibilizan la precariedad, la autogestión y las economías afectivas que sostienen el trabajo cotidiano de artistas, gestoras, gestores y colectivos culturales.

Como ha planteado Néstor García Canclini, las políticas culturales latinoamericanas han oscilado entre la administración del patrimonio y las dinámicas del mercado, relegando con frecuencia las prácticas culturales que emergen desde la vida cotidiana. La cultura no puede limitarse a aquello que el Estado reconoce oficialmente; constituye un espacio permanente de conflicto, negociación, creación y transformación social.

Desde otra perspectiva, Pierre Bourdieu explicó que el reconocimiento artístico nunca es neutral. El prestigio se produce dentro de un campo donde instituciones, universidades, galerías, museos, medios de comunicación y organismos culturales establecen quién merece visibilidad y quién permanece en los márgenes.

En Bolivia, esta lógica ha consolidado un imaginario profundamente arraigado: pareciera que una artista o un artista alcanza el éxito únicamente cuando logra reconocimiento internacional. La validación externa termina convirtiéndose en el máximo criterio de legitimidad, mientras los procesos locales permanecen subvalorados, independientemente de su impacto social, político o cultural.

Pero existe un fenómeno aún más profundo que atraviesa la historia reciente del arte boliviano y que merece ser nombrado. Lo propongo como una categoría de análisis para comprender nuestras formas de legitimación cultural: la paternidad conservadora del reconocimiento.

La paternidad conservadora es el mecanismo mediante el cual el sujeto artístico parece necesitar siempre una autoridad superior que autorice simbólicamente su existencia. No basta con crear; es necesario ser legitimado por una institución, una academia, una embajada, un museo, un curador, una fundación, un partido político o el propio mercado internacional. Sin esa figura de validación, el trabajo artístico suele permanecer invisible.

Lo preocupante es que esta lógica reproduce relaciones profundamente coloniales y jerárquicas. Conservadoras no únicamente por una posición ideológica, sino porque preservan estructuras donde el poder continúa decidiendo quién merece existir dentro del relato oficial de la cultura.

Esta reflexión encuentra eco en la obra de Silvia Rivera Cusicanqui, quien ha cuestionado las formas en que la colonialidad continúa organizando la producción del conocimiento y los mecanismos de legitimación en nuestras sociedades. Pensar desde Bolivia implica reconocer que nuestras prácticas culturales poseen valor por sí mismas, por los vínculos comunitarios que construyen y por las memorias que resguardan, sin necesidad de esperar autorización desde los centros tradicionales del poder.

En la misma línea, Walter Mignolo ha mostrado cómo la colonialidad del saber sigue definiendo qué conocimientos alcanzan legitimidad universal y cuáles permanecen subordinados. El arte no escapa a esa lógica. Durante décadas, los circuitos internacionales han establecido qué expresiones culturales latinoamericanas merecen reconocimiento, reproduciendo jerarquías que invisibilizan múltiples experiencias desarrolladas desde los territorios.

Frente a ello, los estudios culturales han comenzado a desplazar la mirada. Ya no basta con analizar las instituciones culturales; resulta imprescindible comprender a los sujetos que producen cultura. ¿Cómo viven las y los artistas en Bolivia? ¿Qué condiciones materiales hacen posible su trabajo? ¿Qué redes comunitarias sostienen sus procesos? ¿Qué formas de resistencia emergen en contextos de precariedad?

Es aquí donde el sujeto artístico boliviano adquiere relevancia como categoría de análisis. No se trata únicamente de quien produce una obra, sino de quien produce comunidad, memoria, pensamiento crítico, investigación, pedagogías, afectos y nuevas formas de organización social. Cada festival independiente, cada espacio autogestionado, cada intervención urbana y cada proyecto colectivo constituye también una producción de conocimiento.

Paradójicamente, allí donde el Estado suele estar ausente es donde aparecen algunas de las experiencias culturales más innovadoras del país. La precariedad ha obligado a construir redes de solidaridad, economías colaborativas y formas de autogestión que mantienen viva la producción cultural boliviana. Esos procesos no representan únicamente estrategias de supervivencia; constituyen también formas de imaginar otros modelos de sociedad.

Por ello, las investigaciones recientes comienzan a reconocer que comprender el arte boliviano exige estudiar también sus condiciones de existencia. Los imaginarios construidos desde la incertidumbre, las economías del cuidado, las prácticas colaborativas y las resistencias cotidianas forman parte del patrimonio cultural contemporáneo tanto como las obras que finalmente alcanzan visibilidad.

Si la hipótesis de este artículo es correcta, entonces la discusión sobre el Ministerio de Culturas nunca debió limitarse a su permanencia o desaparición. La verdadera crisis ha sido la ausencia de un pensamiento cultural de Estado: un proyecto político capaz de comprender que la cultura constituye una dimensión estructural de la vida democrática y no un componente accesorio de la administración pública.

Ese vacío ha impedido construir políticas culturales sostenidas, con identidad, horizonte y compromiso con la diversidad de los sujetos que producen cultura en Bolivia. Mientras tanto, el reconocimiento artístico continúa condicionado por mecanismos de legitimación externos y por esa paternidad conservadora que obliga a creadoras y creadores a buscar permanentemente una autoridad que valide su existencia.

Quizá el desafío para el país ya no sea discutir cuántos ministerios necesitamos, sino preguntarnos qué proyecto cultural queremos construir. Porque la cultura no puede seguir siendo entendida como un gasto susceptible de ser reducido en tiempos de crisis. Esa mirada solo evidencia la ausencia de una visión política sobre su verdadero significado.

La cultura es una inversión en memoria, ciudadanía, pensamiento crítico e imaginación colectiva. Es el patrimonio vivo de nuestras múltiples identidades y una condición indispensable para la democracia. Cuando un Estado comprende esto, deja de administrar la cultura como un recurso decorativo y comienza a garantizarla como un derecho.

Los ministerios pueden cambiar de nombre, fusionarse o desaparecer. Lo que no debería desaparecer nunca es la convicción de que la cultura constituye uno de los pilares sobre los cuales una sociedad piensa su pasado, construye su presente e imagina su futuro.

Porque la cultura no nace en los ministerios.

La cultura nace en la gente. Y el sujeto artístico boliviano no necesita una autoridad que autorice su existencia; necesita un Estado que comprenda que, sin cultura, tampoco existe un proyecto de país.

La memoria de este país es frágil y selectiva.En octubre de 2003, cuando El Alto puso el cuerpo frente a las balas, much...
14/06/2026

La memoria de este país es frágil y selectiva.

En octubre de 2003, cuando El Alto puso el cuerpo frente a las balas, muchos aplaudían. Los alteños eran la dignidad rebelde, la fuerza popular, el ejemplo de resistencia frente a un poder que despreciaba la vida de las mayorías. Hoy, desde la comodidad de ciertos privilegios, abundan las voces que señalan, juzgan y condenan, sin preguntarse qué condiciones producen el conflicto y el hartazgo social.

Por supuesto que toda muerte duele. Toda vida arrebatada exige verdad, justicia y reparación. No hay proyecto político que pueda justificar la violencia ni el desprecio por la vida humana. Pero tampoco podemos permitir que el dolor de unas víctimas sirva para silenciar responsabilidades más amplias o para ocultar la incapacidad de quienes gobiernan.

Mientras el país atraviesa incertidumbre económica, precarización de la vida cotidiana, desabastecimiento, conflictos sociales y una creciente desconfianza institucional, el gobierno parece incapaz de asumir errores propios. Todo tiene culpables externos. Todo es responsabilidad de otros. Nunca hay autocrítica, nunca hay mea culpa.

Y como si fuera poco, las recientes denuncias e investigaciones relacionadas con presuntas redes de corrupción y narcotráfico vuelven a recordarnos que el poder sigue siendo un espacio vulnerable a pactos oscuros y privilegios. Aunque corresponde a la justicia establecer responsabilidades, la sola existencia de estos casos erosiona la credibilidad de un gobierno que prometió hacer las cosas de otra manera.

Las clases medias observan el incendio desde lejos y exigen castigos. Pero pocas veces se preguntan por qué el fuego comenzó. La indignación selectiva nunca ha transformado un país. La memoria selectiva tampoco.

La democracia exige algo más difícil. Mirar de frente las responsabilidades de todos los actores, especialmente de quienes tienen el poder de decidir sobre nuestras vidas. Porque gobernar no es buscar culpables. Gobernar es asumir responsabilidades.

A un mes, siete muertes y demasiados silenciosPor Andrés MalloSegún datos oficiales de la Defensoría del Pueblo, ya son ...
30/05/2026

A un mes, siete muertes y demasiados silencios

Por Andrés Mallo

Según datos oficiales de la Defensoría del Pueblo, ya son siete las personas fallecidas en el contexto de la crisis que atraviesa Bolivia. Siete vidas truncadas que no pueden convertirse en simples cifras de un informe ni en munición para la disputa política. Detrás de cada una de ellas hay familias, afectos, historias y proyectos que nunca volverán a ser los mismos.

A casi un mes del inicio del conflicto, resulta inevitable preguntarse por qué se llegó a este punto. Durante semanas, la respuesta estatal estuvo marcada por la demora, la incertidumbre y la ausencia de mecanismos efectivos de diálogo. Cuando los gobiernos reaccionan tarde, los conflictos crecen. Cuando la política abandona la escucha, el costo termina recayendo sobre la población.

Mientras desde el poder se invoca constantemente la pacificación, también se impulsan decisiones y discursos que generan dudas sobre la coherencia entre las palabras y los hechos. La paz no puede ser una consigna vacía ni una estrategia comunicacional. La paz exige voluntad política, transparencia, garantías democráticas y capacidad de construir confianza con sectores que sienten que no están siendo escuchados.

Los bloqueos que impidieron el paso de ambulancias, medicamentos, oxígeno y atención médica deben ser investigados y sancionados. Ninguna causa política puede justificar poner en riesgo la vida humana. Pero limitar el análisis únicamente a esos hechos sería una simplificación peligrosa. También corresponde preguntarse por la responsabilidad de las autoridades que permitieron que la crisis se prolongara durante semanas sin generar soluciones efectivas. Gobernar implica prevenir, mediar y actuar antes de que las consecuencias sean irreversibles.

Resulta igualmente preocupante observar cómo el conflicto ha reactivado discursos de odio y prejuicios históricos. Una vez más, sectores indígenas y populares son objeto de insultos, estigmatización y deshumanización en redes sociales y espacios públicos. Como si detrás de la protesta no existieran personas, comunidades y demandas reales. Como si el racismo siguiera siendo una herramienta legítima para explicar los problemas del país.

En La Paz existe además un evidente vacío de liderazgo institucional. El Gobierno nacional, la Gobernación y la Alcaldía debieron asumir un papel más activo como articuladores del diálogo y la búsqueda de acuerdos. La ciudadanía ha escuchado declaraciones, conferencias y comunicados. Lo que sigue esperando son resultados. La transparencia sobre la ayuda humanitaria, los procesos de negociación y las decisiones adoptadas continúa siendo una deuda pendiente.

Mientras tanto, la población vuelve a cargar con el peso de una crisis que no provocó. Son las familias quienes enfrentan el desabastecimiento, la escasez de medicamentos, el incremento de precios y la pérdida de ingresos. Son los pequeños comerciantes, trabajadores independientes y sectores populares quienes sostienen diariamente la economía mientras observan cómo las disputas políticas parecen desarrollarse lejos de sus necesidades más urgentes.

Pero hay una pregunta que también merece ser formulada: ¿pueden existir dos Bolivias frente a una misma tragedia?

Mientras gran parte del occidente enfrenta bloqueos, incertidumbre económica y las consecuencias humanas de la crisis, en buena parte del oriente el conflicto parece vivirse con distancia. Esto obliga a reflexionar sobre el tipo de país que estamos construyendo. ¿Dónde están las voces que históricamente han reclamado liderazgo nacional? ¿Dónde están los grandes comités cívicos, las élites empresariales y las instituciones regionales cuando otras regiones del país atraviesan una emergencia y no son sensibles a mirarse como parte de un país? ¿Dónde están las campañas de solidaridad, los puentes humanitarios y los gestos concretos de apoyo?

La solidaridad no puede detenerse en las fronteras departamentales. No puede activarse únicamente cuando el sufrimiento ocurre en nuestro propio territorio. Una democracia sólida se construye sobre la capacidad de reconocernos mutuamente como parte de un mismo destino colectivo.

Lo que estamos viendo es el resultado de una peligrosa normalización de la indiferencia. Una lógica donde la vida de algunas personas parece importar menos que los cálculos políticos, los intereses económicos o las disputas de poder. Y cuando la indiferencia se convierte en práctica política, la democracia comienza a erosionarse desde adentro.

Bolivia no necesita más polarización. No necesita más discursos que enfrenten a ciudadanos contra ciudadanos. Necesita liderazgos capaces de escuchar, dialogar y actuar con responsabilidad. Las autoridades fueron elegidas para proteger la vida, garantizar derechos y encontrar soluciones. Esa es su obligación democrática.

Porque la historia no recordará quién ganó una batalla discursiva. Recordará quién estuvo a la altura de su responsabilidad cuando el país atravesaba una crisis. Y también recordará quién guardó silencio mientras siete vidas se perdían y una sociedad entera esperaba respuestas.

Agitación, poder y palabra: ¿quién habla y desde dónde?Por Andrés Mallo SandovalMe gusta la agitación que provoca María ...
06/04/2026

Agitación, poder y palabra: ¿quién habla y desde dónde?
Por Andrés Mallo Sandoval

Me gusta la agitación que provoca María Galindo. Abre debates necesarios, incomoda, mueve estructuras. Pero hay algo que no podemos perder de vista: no es que las mujeres indígenas recién estén levantando la voz. Sus agendas han estado siempre activas, produciendo pensamiento, propuestas y acción política. Lo que ha existido y persiste, es una estructura que las invisibiliza, limitando su acceso a plataformas reales de difusión y poder, a diferencia de figuras como Galindo.

Por eso, cuando esas voces irrumpen o son amplificadas, las élites reaccionan y hablan de “apropiación”. No es casual. Lo que incomoda no es la forma, sino la disputa por el lugar de enunciación: quién puede hablar, desde dónde, y con qué legitimidad.

El debate es necesario. Y sí, también lo es la incomodidad. Sin esa fricción, muchas veces motor del cambio, estos temas seguirían fuera de la conversación pública, encapsulados en circuitos que no transforman nada.

Durante años se ha sostenido, desde lo institucional, lo académico y lo político, que se estaban abriendo espacios para la igualdad desde identidades indígenas, afrodescendientes y otras. Sin embargo, en la práctica, esos espacios han sido con frecuencia limitados, jerárquicos o condicionados. Espacios que, en muchos casos, reproducen las mismas lógicas de exclusión que dicen combatir.

Nombrarlo es clave para enfrentar el racismo estructural. Las compañeras indígenas, racializadas y empobrecidas no están en los márgenes por falta de capacidad o voluntad, sino por sistemas históricos de exclusión. Desmontar esa idea, tan funcional a discursos conservadores y discriminatorios, es central para cualquier proyecto que aspire a la justicia. Sus voces no solo son válidas: son imprescindibles.

Por eso, las voces del poder cruceño o de las logias deberían estar necesariamente interpeladas y avaladas por las mujeres de los pueblos indígenas de sus propias regiones; de lo contrario, se convierten en discursos vacíos, sin sustento ni legitimidad frente a quienes realmente encarnan y pueden argumentar esas realidades.

Pero el problema no se agota en las estructuras tradicionales de poder. También es necesario incomodar las jerarquías dentro del propio campo crítico. María Galindo ha construido -con mérito y trayectoria- una presencia sostenida en medios de comunicación; cuenta con su propia radio y circula en espacios académicos y artísticos donde su voz es escuchada y amplificada. Sin embargo, la pregunta incómoda sigue siendo necesaria: ¿por qué ella, como mujer blanca, accede con mayor facilidad a esos espacios, mientras otras voces igual de potentes siguen siendo marginadas?

No se trata de deslegitimar su trabajo. Se trata de evidenciar cómo operan los privilegios incluso dentro de discursos que se proponen transformadores. Y también de no eludir otras discusiones pendientes, como las violencias, a veces encubiertas, que han sido señaladas dentro de ciertos espacios militantes.

En ese sentido, las provocaciones no crean el problema: lo evidencian. Hacen visible una tensión que ya existía y que exige ser atendida con seriedad, profundidad y responsabilidad política.

Entonces, la pregunta de fondo es otra: si los espacios realmente hubieran sido accesibles, plurales y justos, ¿habría sido necesaria esta irrupción para reabrir el debate?

Y aún más: ¿por qué seguimos esperando que alguien “abra el camino”? Ese camino ya se está trazando desde múltiples lugares. Hay jóvenes, pensadoras y activistas de raíz indígena que hoy se posicionan con claridad, fuerza y propuestas. Están hablando, escribiendo, organizando. Están disputando sentido.

El desafío, entonces, no es representarlas ni hablar por ellas. Es dejar de invisibilizarlas. Es redistribuir el poder de la palabra. Es garantizar que sean sus voces, legítimas, situadas, políticas, las que piensen, decidan y actúen.

Y la pregunta final, inevitable, también interpela a quienes hoy ocupan lugares de visibilidad: ¿cuándo se abrirán espacios reales para que otras ocupen esos lugares? No se trata solo de talleres o procesos de formación. Se trata de ceder poder.

Porque democratizar la palabra no es solo amplificar voces. Es también saber hacerse a un lado.

En otro artículo abordaré el hecho cultural y el patrimonio vivo, un campo igualmente urgente y profundamente interesante para seguir pensando estas tensiones.

Cuerpas visibles, luchas invisibilizadasPor Andrés Mallo Sandoval, para La CuerpaLas protagonistas hoy son ellas: las mu...
31/03/2026

Cuerpas visibles, luchas invisibilizadas
Por Andrés Mallo Sandoval, para La Cuerpa

Las protagonistas hoy son ellas: las mujeres trans.
Sí, es necesario nombrarlas en positivo cada 31 de marzo, en el Día de la Visibilidad Trans. Pero también es urgente no romantizar su existencia sin reconocer el costo que implica habitar el mundo siendo visibles.

Son ellas quienes han puesto el cuerpo —la cuerpa— todos los días. En la calle, en la familia, en el trabajo o en su ausencia. Con su estética, con su presencia, con su sola existencia, interpelan a un sistema binario, heteronormado, cisgénero, selectivo y profundamente hegemónico.

Las mujeres trans han sido, y siguen siendo, la primera línea de las luchas. Porque encarnan todo aquello que el orden tradicional intenta disciplinar: desafían la idea de “lo natural”, de “lo correcto”, de la santidad, de la moral y de la identidad impuesta.

La historia lo confirma. Desde los disturbios de Stonewall, donde mujeres trans racializadas estuvieron al frente, hasta cada barrio de América Latina donde una joven fue expulsada de su hogar por ser quien es. Muchas de ellas encontraron refugio donde el sistema empuja: en la noche, en el arte, en el trabajo sexual, en los márgenes que la sociedad hipócritamente consume y condena al mismo tiempo.

Pero no solo resistieron: también avanzaron.
Hoy están en la política, en espacios legislativos, en organizaciones sociales, en universidades. Son vendedoras, peluqueras, secretarias, artistas, profesionales, investigadoras y madres de familias diversas. Han impulsado leyes, han abierto debates y han obligado a los Estados a mirarlas, aunque muchas veces sea tarde o de forma incompleta.

Porque la deuda sigue siendo estructural.

En Bolivia, la propia Defensoría del Pueblo ha advertido que no existen garantías estatales efectivas para el ejercicio pleno del derecho a la identidad de género, pese a la existencia de normativa vigente. Las personas trans enfrentan barreras, demoras y restricciones que les impiden acceder a derechos en igualdad de condiciones .

Los datos son contundentes:

El 64% de las personas trans ha sufrido discriminación en el último año.

El 37,3% no cuenta con cobertura en salud.

Un 43,5% vive con ingresos menores a Bs. 1.000

Esto no es privilegio. Es precariedad estructural.

Y mientras tanto, siguen enfrentando discursos de odio: desde sectores del feminismo excluyente hasta figuras culturales globales que legitiman la transfobia. Se enfrentan a sistemas de belleza, a normas jurídicas incompletas y a una sociedad que aún decide quién merece dignidad.

Pero hay algo aún más brutal: la violencia extrema.

Las mujeres trans siguen siendo asesinadas con niveles de crueldad que evidencian odio. Sus cuerpas aparecen marcadas por la saña. Y cuando ya no están, muchas veces tampoco hay justicia, ni memoria, ni reparación. Solo abandono.

Un abandono que también se expresa en vida: en la exclusión laboral, en la falta de redes de protección, en la invisibilización institucional. A veces, incluso, la calle ofrece más cuidado a un animal que a una mujer trans.

Por eso, hablar de visibilidad no puede quedarse en el gesto simbólico.
Debe ser un ejercicio de memoria, de justicia y de reparación histórica.

Y en ese camino, también es fundamental no olvidar que esta lucha es amplia: incluye a hombres trans, personas no binarias y a todas las identidades que habitan este gran paraguas de dignidad.

Que esta fecha no sea solo conmemorativa.
Que incomode, que cuestione, que eduque.

Porque hoy no se lucha por privilegios.
Se lucha por derechos básicos: trabajo, salud, seguridad, existencia.

Y quien diga lo contrario, que revise los informes de su propio país.

Sigamos construyendo sociedades diversas.
Pero, sobre todo, sociedades justas.

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