15/09/2026
¿Para qué seguimos marchando?
23 años después, una pregunta incómoda sobre la marcha, la comunidad y nuestro futuro
Por Andrés Mallo | La Cuerpa
Hay algo que me inquieta de estos 23 años de marchas en La Paz.
No es solamente que este año la marcha no haya sido en junio.
Es que ese cambio de fecha me obliga a preguntarme algo que quizá hemos dejado de hacer: ¿para qué seguimos marchando?
La Paz es la capital política e intelectual de Bolivia. Aquí las calles no son solamente calles, son espacios donde se disputa el poder, se construyen memorias y los cuerpos hacen visible aquello que muchas veces las instituciones prefieren no mirar.
Durante 23 años hemos salido a marchar. Hemos llevado pancartas, banderas, cuerpas desnudas, cuerpas transformadas, cuerpas furiosas y cuerpas festivas. Hemos gritado, bailado, discutido y aprendido a ocupar una ciudad que durante mucho tiempo quiso mantenernos invisibles.
Por eso me pregunto qué significa hoy esa marcha.
Para algunes, que no haya sido en junio puede parecer un arrebato. Para otres, simplemente da igual. La primera reacción nace de una idea instalada, "junio es el mes del orgullo" y, por lo tanto, la marcha tiene que ocurrir en junio. La segunda quizá sea más preocupante, la marcha se convirtió en un evento social, un día para mirar y mirarnos pasar a "los raros", a quienes se "disfrazan", bailan, gritan y ocupan las calles.
Sí, una marcha puede ser fiesta.
Pero si solamente queda la fiesta, ¿qué pasa con la política no partidaria?
No digo que nuestros problemas hayan desaparecido. La violencia, el estigma, la discriminación y la desigualdad siguen existiendo.
Lo que me pregunto es si todavía somos capaces de producir nuevas preguntas políticas.
José Esteban Muñoz, en Cruising Utopia, plantea que lo q***r no debería quedar atrapado en el presente ni limitarse a conquistar derechos dentro del mundo tal como está construido. Lo q***r también puede ser una forma de imaginar futuros que todavía no existen.
Quizá ahí esté nuestro problema.
Hemos aprendido a celebrar las conquistas, pero no necesariamente a imaginar qué viene después.
Pienso, por ejemplo, en el matrimonio entre personas del mismo s**o. Fue una conquista importante. Una pareja de lesbianas pudo casarse y Bolivia apareció internacionalmente por ello.
Pero después de la celebración aparece una pregunta incómoda:
¿todes queremos casarnos?
¿Será que el matrimonio es realmente el horizonte de nuestras vidas? ¿Será que después de aquella conquista no hubo más parejas intentando hacerlo porque ya estamos todes casades? ¿O será que simplemente existen otras formas de construir nuestras vidas que todavía no hemos sabido convertir en una agenda política?
Soy divorciado en Argentina, pero aquí es como si fuera soltero.
Con los años he empezado a pensar que estar casado, divorciado o soltero no nos hace mejores personas.
Lo que quizá envidio no es el título. Envidio las responsabilidades compartidas, el equipo, la posibilidad de construir con alguien.
Me interesa más el juego que la final de la competencia.
Más el camino que el título.
Y quizá ahí exista también una clave política, no solamente necesitamos conquistar derechos, necesitamos construir formas de vida que hagan que esos derechos tengan sentido.
Por eso tampoco creo que sea casual que este año la marcha no haya sido en junio.
Que haya ocurrido en medio de un bloqueo tiene una ironía difícil de ignorar.
Porque si hay algo que conocemos las personas disidentes es el bloqueo.
Desde el momento en que hablamos de nuestra sexualidad, nuestro género, nuestros deseos o nuestras formas de existir, aparece el estigma.
Primero como silencio.
Después como miedo.
Después como vergüenza.
Después como violencia.
Y finalmente, muchas veces, como resistencia.
BLOQUEO.
Con mayúsculas.
Pero quizá el bloqueo también esté dentro de nosotres.
En nuestras disputas, nuestros egos, nuestra dificultad para construir desde las diferencias y esa necesidad permanente de ser caudillas, referentes o divas.
También debemos mirarnos.
Porque si solamente criticamos al Estado, a los gobiernos y a las instituciones, pero nunca somos capaces de mirarnos, terminamos reproduciendo las mismas lógicas de poder que decimos combatir.
Y hay otra cosa que me preocupa: la ongización de nuestras luchas.
Hemos aprendido el lenguaje de los proyectos: objetivos, resultados, indicadores, talleres, observatorios, consultorías, informes y fotografías de cierre.
Muchas de esas herramientas han sido necesarias. Pero ¿qué pasa cuando empezamos a pensar nuestras vidas únicamente desde las categorías que necesita un proyecto para ser financiado?
¿Qué pasa cuando la comunidad deja de ser comunidad y comienza a convertirse en población beneficiaria?
Quizá necesitamos parar.
No para abandonar la política, sino para recuperar la política.
Un año sin objetivos.
Sin indicadores.
Sin resultados que demostrar.
Un año para hablar, reír, hacer arte, investigar nuestras propias historias, hablar de salud mental y preguntarnos cómo están nuestras comunidades.
Para comer juntes un apthapi.
Para encontrarnos sin que el encuentro tenga que producir algo.
Judith Butler ha pensado el acto de reunirse en el espacio público como una forma de acción política de los cuerpos. Los cuerpos que aparecen juntos no solamente dicen algo con sus palabras, su presencia también es una afirmación política.
Entonces la pregunta sobre la marcha no debería ser solamente cuántas personas conseguimos reunir.
La pregunta es:
¿qué cuerpos estamos reuniendo y para decir qué?
Después de 23 años, no creo que necesitemos necesariamente una marcha más grande.
Necesitamos una marcha con más preguntas.
No una fotografía institucional.
No una herramienta de limpieza de imagen.
No una competencia entre organizaciones.
No una repetición automática de las mismas consignas.
Quiero una marcha que vuelva a incomodar.
Que vuelva a provocar.
Que vuelva a producir pensamiento.
Que pueda convivir con el arte, el deseo, la rabia, la fiesta y la contradicción.
Porque las disidencias nunca fuimos una sola voz.
Quizá el desafío no sea dejar de estar dividides.
Quizá sea aprender a construir desde nuestras diferencias.
Muñoz nos recuerda que lo q***r también puede ser una imaginación de aquello que todavía no está aquí.
Y esa idea me devuelve a La Paz, a sus calles, a sus bloqueos y a estos 23 años.
Quizá la pregunta ya no sea solamente qué derechos nos faltan.
Quizá tengamos que preguntarnos:
¿qué queremos hacer con los derechos que conseguimos?
¿Qué hacemos después del matrimonio?
¿Qué hacemos después del reconocimiento?
¿Qué hacemos después de la visibilidad?
¿Qué hacemos cuando la marcha deja de ser novedad?
Tal vez la primavera pueda servirnos como metáfora.
No porque todo tenga que florecer bonito, sino porque florecer significa cambiar.
Y quizá eso necesitamos.
Cambiar.
No abandonar la marcha.
No abandonar la política.
No abandonar nuestras luchas.
Sino cambiar.
Después de 23 años, quizá ya no deberíamos preguntarnos solamente:
¿cuándo vamos a marchar?
Deberíamos preguntarnos:
¿hacia dónde queremos caminar juntes?
Porque una marcha que solamente mira hacia atrás corre el riesgo de convertirse en tradición.
Pero una marcha capaz de imaginar lo que todavía no existe puede seguir siendo una herramienta de transformación.
Y quizá ese sea nuestro verdadero desafío:
No volver a llenar las calles.
Volver a llenarlas de futuro.
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Andrés Mallo es paceño, gestor cultural, comunicador y activista por los DDHH cuir.