06/04/2026
Agitación, poder y palabra: ¿quién habla y desde dónde?
Por Andrés Mallo Sandoval
Me gusta la agitación que provoca María Galindo. Abre debates necesarios, incomoda, mueve estructuras. Pero hay algo que no podemos perder de vista: no es que las mujeres indígenas recién estén levantando la voz. Sus agendas han estado siempre activas, produciendo pensamiento, propuestas y acción política. Lo que ha existido y persiste, es una estructura que las invisibiliza, limitando su acceso a plataformas reales de difusión y poder, a diferencia de figuras como Galindo.
Por eso, cuando esas voces irrumpen o son amplificadas, las élites reaccionan y hablan de “apropiación”. No es casual. Lo que incomoda no es la forma, sino la disputa por el lugar de enunciación: quién puede hablar, desde dónde, y con qué legitimidad.
El debate es necesario. Y sí, también lo es la incomodidad. Sin esa fricción, muchas veces motor del cambio, estos temas seguirían fuera de la conversación pública, encapsulados en circuitos que no transforman nada.
Durante años se ha sostenido, desde lo institucional, lo académico y lo político, que se estaban abriendo espacios para la igualdad desde identidades indígenas, afrodescendientes y otras. Sin embargo, en la práctica, esos espacios han sido con frecuencia limitados, jerárquicos o condicionados. Espacios que, en muchos casos, reproducen las mismas lógicas de exclusión que dicen combatir.
Nombrarlo es clave para enfrentar el racismo estructural. Las compañeras indígenas, racializadas y empobrecidas no están en los márgenes por falta de capacidad o voluntad, sino por sistemas históricos de exclusión. Desmontar esa idea, tan funcional a discursos conservadores y discriminatorios, es central para cualquier proyecto que aspire a la justicia. Sus voces no solo son válidas: son imprescindibles.
Por eso, las voces del poder cruceño o de las logias deberían estar necesariamente interpeladas y avaladas por las mujeres de los pueblos indígenas de sus propias regiones; de lo contrario, se convierten en discursos vacíos, sin sustento ni legitimidad frente a quienes realmente encarnan y pueden argumentar esas realidades.
Pero el problema no se agota en las estructuras tradicionales de poder. También es necesario incomodar las jerarquías dentro del propio campo crítico. María Galindo ha construido -con mérito y trayectoria- una presencia sostenida en medios de comunicación; cuenta con su propia radio y circula en espacios académicos y artísticos donde su voz es escuchada y amplificada. Sin embargo, la pregunta incómoda sigue siendo necesaria: ¿por qué ella, como mujer blanca, accede con mayor facilidad a esos espacios, mientras otras voces igual de potentes siguen siendo marginadas?
No se trata de deslegitimar su trabajo. Se trata de evidenciar cómo operan los privilegios incluso dentro de discursos que se proponen transformadores. Y también de no eludir otras discusiones pendientes, como las violencias, a veces encubiertas, que han sido señaladas dentro de ciertos espacios militantes.
En ese sentido, las provocaciones no crean el problema: lo evidencian. Hacen visible una tensión que ya existía y que exige ser atendida con seriedad, profundidad y responsabilidad política.
Entonces, la pregunta de fondo es otra: si los espacios realmente hubieran sido accesibles, plurales y justos, ¿habría sido necesaria esta irrupción para reabrir el debate?
Y aún más: ¿por qué seguimos esperando que alguien “abra el camino”? Ese camino ya se está trazando desde múltiples lugares. Hay jóvenes, pensadoras y activistas de raíz indígena que hoy se posicionan con claridad, fuerza y propuestas. Están hablando, escribiendo, organizando. Están disputando sentido.
El desafío, entonces, no es representarlas ni hablar por ellas. Es dejar de invisibilizarlas. Es redistribuir el poder de la palabra. Es garantizar que sean sus voces, legítimas, situadas, políticas, las que piensen, decidan y actúen.
Y la pregunta final, inevitable, también interpela a quienes hoy ocupan lugares de visibilidad: ¿cuándo se abrirán espacios reales para que otras ocupen esos lugares? No se trata solo de talleres o procesos de formación. Se trata de ceder poder.
Porque democratizar la palabra no es solo amplificar voces. Es también saber hacerse a un lado.
En otro artículo abordaré el hecho cultural y el patrimonio vivo, un campo igualmente urgente y profundamente interesante para seguir pensando estas tensiones.