02/04/2026
El fachento.
Los primeros años de secundaria los estudié en el Instituto Miguel Bonilla, un colegio que en los años noventa tenía una mezcla de estudiantes, pandilleros y otros que solo llegaban a robar.
Un par de veces me obligaron a hacer un intercambio de camisetas, que consistía en que uno de los tamales que estudiaba allí, le gustaba mi camiseta y me pedía amablemente que se la diera, a cambio yo tenía la de él, sudada y hedionda. Pero como era la ley de la selva, la cooperación era importante para sobrevivir.
Había un chavalo que estudiaba conmigo, era siempre fachento porque llevaba los mejores zapatos, Walkman, y siempre siempre a la hora de receso se le veía comiendo de todo: hot dogs, enchiladas, gaseosas, reposterías, etc. Pero además, invitaba a los pandilleros y así tenía protección. Siempre presumía que su mamá vivía en la Yusa y que tenía una gran venta en su casa, y siempre que podía enseñaba el efectivo que llevaba en su bolsa.
Un día, contó que la venta que tenía, la administraba su abuela, una señora de 70 años. Al escuchar esto, otros que estudiaban conmigo comenzaron a comentar en secreto. Al siguiente día, estos otros dos sujetos me invitaron a comer en el receso (seguro por lástima al ver que a p***s me alcanzaba para un raspado).
Ese día, comí como rey. De todo lo que había en el bar de la escuela compraron. Ellos, que eran tan o más pobres que yo, a veces no tenían ni para un raspado. Por lo que se me ocurrió preguntar, ¿De dónde sacaron reales para comprar?.
Entre risas me dijeron que al fachento, lo habían amenazado con decirle a su abuela que robaba dinero de la venta, y como resultó ser cierto, lograron que les diera 10 pesos diarios por su silencio.