12/09/2025
❞𝕷𝖊𝖘 𝖉𝖎𝖏𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖗𝖆 𝖚𝖓 𝖘𝖚𝖇𝖒𝖆𝖗𝖎𝖓𝖔❞
Pocos colombianos conocen esta historia. No está en los libros de texto, no se enseña en las escuelas, y rara vez aparece en las conmemoraciones oficiales. Pero en las islas de San Andrés y Providencia, aún se murmura entre los mayores, con voz grave y ojos encendidos por la memoria.
Ocurrió en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Un submarino n**i patrullaba las aguas del Caribe, vigilando la ruta que conecta con Providencia. Había sido enviado por el mismísimo Hi**er con una misión clara: atacar a los barcos de los Estados Unidos y Canadá que llevaban suministros hacia Europa.
El sumergible, al mando del kapitänleutnant 𝐊𝐚𝐫𝐥 𝐄𝐦𝐦𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧, navegaba con tres oficiales y 44 marineros. Día y noche, vigilantes, hambrientos de destrucción.
Una mañana, apareció en su radar un barco. Era la goleta 𝑹𝒆𝒔𝒐𝒍𝒖𝒕𝒆, una embarcación a vela que había zarpado desde Panamá rumbo al puerto de Providencia. Su carga era inocente: víveres y mercancía para la isla.
En la 𝑹𝒆𝒔𝒐𝒍𝒖𝒕𝒆 viajaban el capitán Joseph Alban McLean y su tripulación: Ignacio Baker (cocinero), Clifford Grant (ayudante de cocina), Colbrock Archibold, James Newball, Manoah Hawkins (marineros), y Garmen García (contramaestre). También iban pasajeros civiles: Misael Santana, personero de San Andrés; Tomás Steele, su esposa Lucy y su bebé de un año, Albert; y la señorita Doris Fox.
El encuentro ocurrió el martes 23 de junio de 1942, a las 9:30 de la mañana, a unas 35 millas náuticas de Providencia. Según el cuaderno de bitácora alemán, la posición era 13.5° latitud norte y 80.3° longitud oeste. Para hacerse una idea: la goleta estaba tan cerca de Providencia como Barranquilla lo está de Ciénaga.
Seis meses antes, el presidente Eduardo Santos había roto relaciones diplomáticas con Alemania e Italia, aunque aún no existía un estado oficial de guerra.
Mientras la 𝑹𝒆𝒔𝒐𝒍𝒖𝒕𝒆 avanzaba, el capitán McLean intentó bromear al ver una silueta bajo el agua.
—Parece que nos acompaña el pez que se tragó a Jonás —dijo.
Pero Doris Fox, serena, advirtió con firmeza:
—Es un submarino.
Y tenía razón.
El monstruo de acero emergió. Verde, sin número, sin bandera. Se acercó lentamente y comenzó a rodearlos. Sobre su cubierta, un hombre de barba rubia observaba en silencio.
—¡Archibold, iza la bandera! —gritó el capitán.
Cuando el marinero alzó la bandera de Colombia, una ráfaga de ametralladora lo atravesó. La bandera cayó con él. Siguieron más disparos. Baker y Grant murieron. Santana fue herido. Luego, tres cañonazos sacudieron la goleta. Comenzó a hundirse.
El submarino n**i se alejó sin sumergirse, dejando un rastro de muerte.
Seis personas murieron, incluyendo a toda la familia Steele, con su bebé.
James Newball, uno de los sobrevivientes, cuenta:
—El bote salvavidas estaba lleno de agujeros. Garmen García rompió su camisa para taponarlos. Doris Fox y el capitán ayudaban a sacar el agua. Éramos seis, sin comida ni agua, flotando en la nada.
Misael Santana recordaba algo más:
—Cuando nuestros compañeros cayeron al agua, ametrallados por la espalda, los tripulantes del submarino se reían. A carcajadas.
El hundimiento de la Resolute fue otro número más en la cuenta del comandante Emmerman, que alcanzó así, más de 20 barcos destruidos.
Cincuenta y seis horas después, los seis sobrevivientes llegaron a San Andrés. Milagrosamente.
Pero la historia no terminó allí. Los sobrevivientes fueron llevados a Panamá para “atención médica”. Allí, médicos y militares estadounidenses los interrogaron con insistencia. Entonces, Doris Fox —que había advertido la presencia del submarino— dio una respuesta que quedó grabada en la memoria:
“La señorita Doris Fox me dijo que la Resolute fue hundida por los estadounidenses, y esa fue su respuesta a los militares que la interrogaron en el hospital de Panamá, donde los llevaron supuestamente para recibir atención médica.”
¿Error de identificación? ¿Encubrimiento? ¿Silencio forzado? Nunca se supo con certeza.
En noviembre de ese mismo año, Emmerman fue condecorado con la Cruz de Hierro por sus “hazañas”.
James Newball, sobreviviente y marinero colombiano, no volvió a embarcarse hasta después de la guerra.
—Ese mes no recibí mis quince pesos —dijo—. Solo los 119 que me dio la Cruz Roja.
Han pasado setenta y tres años desde la tragedia del Resolute. La gloria de Doris Fox no fue militar ni nacional: fue el abrazo de sus hijos, sus nietos, y la paz de una vejez silenciosa en un balcón mirando al mar.
Solo una vez se le escuchó decirlo, casi en susurro, mientras miraba al horizonte:
—𝐋𝐞𝐬 𝐝𝐢𝐣𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐫𝐚 𝐮𝐧 𝐬𝐮𝐛𝐦𝐚𝐫𝐢𝐧𝐨.