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14/09/2025

𝐏𝐚𝐩𝐢𝐥𝐥𝐨́𝐧: 𝐞𝐥 𝐩𝐫𝐞𝐬𝐨 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐫𝐧𝐚𝐜𝐢𝐨𝐧𝐚𝐥 𝐪𝐮𝐞 𝐢𝐧𝐭𝐞𝐧𝐭𝐨́ 𝐟𝐮𝐠𝐚𝐫𝐬𝐞 𝐝𝐞𝐬𝐝𝐞 𝐞𝐥 𝐁𝐚𝐫𝐫𝐢𝐨 𝐀𝐛𝐚𝐣𝐨 𝐞𝐧 𝐁𝐚𝐫𝐫𝐚𝐧𝐪𝐮𝐢𝐥𝐥𝐚

Pocos saben que Henri Charrière, mejor conocido como Papillón, uno de los presos más famosos del mundo y autor del best seller que lleva su nombre, estuvo recluido en Barranquilla en 1935.

Fue trasladado a la cárcel de Obando, conocida como “La Ochenta” en el Barrio Abajo, considerada la más segura de la ciudad en su época. Allí estuvo identificado con la placa 151 y, fiel a su fama, intentó fugarse hasta cuatro veces: planeó usar dinamita, serruchar barrotes y hasta levantar lozas para excavar túneles.
En el sector de la carrera 46, entre calles Obando y Medellín (42 y 43), se dice que Papillon se voló y nunca fue encontrado.

Otras voces cuentan que sobornaba a los guardias para irse a ruedas de cumbia en el Barrio Abajo, de donde regresaba con tufo de ron antes del alba. No faltan las abuelas que aseguran haberlo visto en asaltos callejeros y regresar a su celda.
Henri Charrière, conocido como Papillón, fue condenado en París en 1931 a cadena perpetua por el as*****to de un proxeneta, aunque siempre defendió su inocencia. Trasladado a prisiones de alta seguridad en la Guayana Francesa, se hizo célebre por sus múltiples fugas.

En una de ellas terminó en aguas colombianas, donde fue capturado y recluido en Riohacha en 1933, pero logró escapar y convivir un tiempo con rancherías wayúu. Su característico tatuaje de mariposa monarca —símbolo de libertad— lo delataba ante cualquier autoridad.

Posteriormente llegó a Santa Marta, donde fue entregado por una madre superiora que antes lo había hospedado en un convento. Desde allí volvió a planear su fuga, esta vez con monedas de oro y perlas obtenidas en intercambios con los wayúu.
En 1933, Henri Charrière, Papillón, llegó a la cárcel de Obando en el Barrio Abajo de Barranquilla. Allí tejió múltiples planes de fuga con la ayuda del francés Joseph Dega y otros presos, que incluyeron armas escondidas en faldas de mujeres, café con somníferos, sobornos, cortes de barrotes que un preso que solía cantar con potente voz la encendió al máximo, ocultando el ruido de las seguetas que cortaban los barrotes en una noche carente de luna.

Estando en la cumbre del muro, un estropicio con una lámina de zinc alertó a los centinelas que no hacían parte del arreglo. Los disparos llevaron a que Papillon se lanzara a la calle antes de tiempo.

Con los dos pies fracturados, llorando sobre el pavimento y minimizado por la ira, su rostro quedó encandilado por una linterna, mientras recibía culatazos de un guardián cómplice, el más vehemente tras la captura.

Hasta dinamita bajo un muro fue otro intento de fuga, con la pared de la calle Medellín en el suelo, Papillon iba a ser cargado por un preso fuerte que lo llevaría hasta un taxi dispuesto por Dega. La historia cuenta que se trataba de un chofer peruano, que recibía pago con o sin éxito.

Todos fracasaron: unos por balas, otros por delaciones o simples accidentes. En el último intento, esa explosión estremeció la ciudad, pero el boquete fue demasiado estrecho para escapar.

Yeni Maeski, conocida como “Nana La Francesa”, fue el gran amor de Papillón durante su paso por Barranquilla. De origen rumano y con múltiples apodos como “La Polaca”, “Lili” o “Jenni”, fue una de las pioneras del Barrio Chino, donde administró griles y cafetines frecuentados por marineros y jóvenes. Su figura se volvió legendaria en la historia de la vida nocturna de la ciudad.

Con el tiempo, el Barrio Chino se transformó en zona residencial y su negocio decayó. Yeni terminó sus días en la pobreza, muriendo en soledad en 1979, a los 90 años, en el Barrio Montes.

El 30 de octubre de 1933, marcado como el preso número 151, Papillón fue escoltado desde Puerto Colombia junto a otros reclusos franceses para ser deportado a la Guayana Francesa. Nunca regresó a Barranquilla.

Años más tarde, recibió un indulto en Venezuela, donde abrió un bar en Caracas. Murió en 1973 de cáncer de garganta, pero su paso por el Barrio Abajo quedó como un episodio casi olvidado de la historia caribeña.

❞𝕷𝖊𝖘 𝖉𝖎𝖏𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖗𝖆 𝖚𝖓 𝖘𝖚𝖇𝖒𝖆𝖗𝖎𝖓𝖔❞Pocos colombianos conocen esta historia. No está en los libros de texto, no se enseña en ...
12/09/2025

❞𝕷𝖊𝖘 𝖉𝖎𝖏𝖊 𝖖𝖚𝖊 𝖊𝖗𝖆 𝖚𝖓 𝖘𝖚𝖇𝖒𝖆𝖗𝖎𝖓𝖔❞

Pocos colombianos conocen esta historia. No está en los libros de texto, no se enseña en las escuelas, y rara vez aparece en las conmemoraciones oficiales. Pero en las islas de San Andrés y Providencia, aún se murmura entre los mayores, con voz grave y ojos encendidos por la memoria.

Ocurrió en 1942, en plena Segunda Guerra Mundial. Un submarino n**i patrullaba las aguas del Caribe, vigilando la ruta que conecta con Providencia. Había sido enviado por el mismísimo Hi**er con una misión clara: atacar a los barcos de los Estados Unidos y Canadá que llevaban suministros hacia Europa.

El sumergible, al mando del kapitänleutnant 𝐊𝐚𝐫𝐥 𝐄𝐦𝐦𝐞𝐫𝐦𝐚𝐧, navegaba con tres oficiales y 44 marineros. Día y noche, vigilantes, hambrientos de destrucción.
Una mañana, apareció en su radar un barco. Era la goleta 𝑹𝒆𝒔𝒐𝒍𝒖𝒕𝒆, una embarcación a vela que había zarpado desde Panamá rumbo al puerto de Providencia. Su carga era inocente: víveres y mercancía para la isla.
En la 𝑹𝒆𝒔𝒐𝒍𝒖𝒕𝒆 viajaban el capitán Joseph Alban McLean y su tripulación: Ignacio Baker (cocinero), Clifford Grant (ayudante de cocina), Colbrock Archibold, James Newball, Manoah Hawkins (marineros), y Garmen García (contramaestre). También iban pasajeros civiles: Misael Santana, personero de San Andrés; Tomás Steele, su esposa Lucy y su bebé de un año, Albert; y la señorita Doris Fox.
El encuentro ocurrió el martes 23 de junio de 1942, a las 9:30 de la mañana, a unas 35 millas náuticas de Providencia. Según el cuaderno de bitácora alemán, la posición era 13.5° latitud norte y 80.3° longitud oeste. Para hacerse una idea: la goleta estaba tan cerca de Providencia como Barranquilla lo está de Ciénaga.

Seis meses antes, el presidente Eduardo Santos había roto relaciones diplomáticas con Alemania e Italia, aunque aún no existía un estado oficial de guerra.
Mientras la 𝑹𝒆𝒔𝒐𝒍𝒖𝒕𝒆 avanzaba, el capitán McLean intentó bromear al ver una silueta bajo el agua.

—Parece que nos acompaña el pez que se tragó a Jonás —dijo.
Pero Doris Fox, serena, advirtió con firmeza:
—Es un submarino.
Y tenía razón.

El monstruo de acero emergió. Verde, sin número, sin bandera. Se acercó lentamente y comenzó a rodearlos. Sobre su cubierta, un hombre de barba rubia observaba en silencio.
—¡Archibold, iza la bandera! —gritó el capitán.

Cuando el marinero alzó la bandera de Colombia, una ráfaga de ametralladora lo atravesó. La bandera cayó con él. Siguieron más disparos. Baker y Grant murieron. Santana fue herido. Luego, tres cañonazos sacudieron la goleta. Comenzó a hundirse.

El submarino n**i se alejó sin sumergirse, dejando un rastro de muerte.
Seis personas murieron, incluyendo a toda la familia Steele, con su bebé.
James Newball, uno de los sobrevivientes, cuenta:

—El bote salvavidas estaba lleno de agujeros. Garmen García rompió su camisa para taponarlos. Doris Fox y el capitán ayudaban a sacar el agua. Éramos seis, sin comida ni agua, flotando en la nada.

Misael Santana recordaba algo más:
—Cuando nuestros compañeros cayeron al agua, ametrallados por la espalda, los tripulantes del submarino se reían. A carcajadas.
El hundimiento de la Resolute fue otro número más en la cuenta del comandante Emmerman, que alcanzó así, más de 20 barcos destruidos.
Cincuenta y seis horas después, los seis sobrevivientes llegaron a San Andrés. Milagrosamente.

Pero la historia no terminó allí. Los sobrevivientes fueron llevados a Panamá para “atención médica”. Allí, médicos y militares estadounidenses los interrogaron con insistencia. Entonces, Doris Fox —que había advertido la presencia del submarino— dio una respuesta que quedó grabada en la memoria:
“La señorita Doris Fox me dijo que la Resolute fue hundida por los estadounidenses, y esa fue su respuesta a los militares que la interrogaron en el hospital de Panamá, donde los llevaron supuestamente para recibir atención médica.”
¿Error de identificación? ¿Encubrimiento? ¿Silencio forzado? Nunca se supo con certeza.
En noviembre de ese mismo año, Emmerman fue condecorado con la Cruz de Hierro por sus “hazañas”.
James Newball, sobreviviente y marinero colombiano, no volvió a embarcarse hasta después de la guerra.
—Ese mes no recibí mis quince pesos —dijo—. Solo los 119 que me dio la Cruz Roja.
Han pasado setenta y tres años desde la tragedia del Resolute. La gloria de Doris Fox no fue militar ni nacional: fue el abrazo de sus hijos, sus nietos, y la paz de una vejez silenciosa en un balcón mirando al mar.
Solo una vez se le escuchó decirlo, casi en susurro, mientras miraba al horizonte:
—𝐋𝐞𝐬 𝐝𝐢𝐣𝐞 𝐪𝐮𝐞 𝐞𝐫𝐚 𝐮𝐧 𝐬𝐮𝐛𝐦𝐚𝐫𝐢𝐧𝐨.

11/09/2025

mira el video completo en mi perfil... o si quieres no lo hagas

11/09/2025

Sácasela Luis Suárez

2 years ago...
09/09/2025

2 years ago...

Seguimos adelante y no por entenderlo todo, lo hacemos porque confiamos, porque mientras haya fé siempre habrá un camino...
04/09/2025

Seguimos adelante y no por entenderlo todo, lo hacemos porque confiamos, porque mientras haya fé siempre habrá un camino. Hay un propósito, por lo tanto hay esperanza y donde está Dios siempre hay razones para avanzar.
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