22/09/2025
LOS QUE CLAVAN EL AGUIJÓN TERMINAN MURIENDO POR ÉL
Félix Rodríguez hablaba de las abejas. Pero en realidad, estaba hablándonos a todos.
Contó que cuando una abeja clava su aguijón en la piel de un humano, no sale ilesa. Lo deja ahí, incrustado. Y al intentar escapar, arranca parte de sí misma. Órganos, entrañas, vida. Ese gesto de defensa o ataque le cuesta caro: le cuesta la muerte.
Y entonces, hizo el paralelismo que nadie esperaba:
—Los humanos también tenemos aguijones. Solo que no siempre son visibles.
Hay personas que viven sembrando veneno.
Que se alimentan del conflicto.
Que esparcen rumores, que instalan dudas, que clavan palabras como si fueran cuchillas.
Y sí, a veces hacen daño.
A veces logran romperle el día a alguien, apagar una sonrisa, ensuciar una conversación.
Pero lo que no ven —o no quieren ver—
es que ese acto también se queda dentro de ellos.
Que no se puede caminar con odio sin envenenarse los pies.
Que nadie sale ileso de vivir repartiendo sombra.
Los que dañan, se dañan.
Los que envenenan, se tragan el veneno.
Los que viven con el aguijón en la mano… terminan atravesados por él.
Por eso Félix lo dijo claro:
No te dejes arrastrar. Sigue haciendo el bien. Incluso cuando duela. Incluso cuando parezca que nadie lo nota.
Porque la oscuridad se propaga rápido,
pero no tiene raíz.
Y quienes viven en ella… acaban por ser consumidos.
Y sí, tropezamos. A veces más de una vez.
Porque somos humanos.
Porque, a diferencia del resto de los animales, nosotros tenemos el privilegio —y el peso— de preguntarnos por qué.
Por qué me dejé llevar.
Por qué devolví el golpe.
Por qué callé cuando debía hablar.
O por qué hablé cuando era mejor el silencio.
Y ese “por qué” es lo que nos da la posibilidad de cambiar.
Así que la próxima vez que alguien intente clavarte un aguijón, recuerda esto:
no devuelvas la picadura.
No cargues con lo que no es tuyo.
Deja que el otro suelte su veneno… tú suéltalo todo.
Y sigue.
Más ligero.
Más limpio.
Más tuyo.
Porque los que viven para dañar… no sobreviven a sí mismos.