15/02/2026
Resulta que quienes siempre se opusieron al Salario Vital, los mismos que demandaron el aumento del salario mínimo y que como Álvaro Uribe han repetido que subirlo “destruye el empleo”. Hoy aparecen con la máscara de supuestos defensores del salario mínimo. Este giro solo responde a un cálculo político propio de tiempos electorales.
Por eso no se les puede creer. No hay coherencia, solo miedo electoral, tienen necesidad de votos y necesidad de reposicionarse ante una opinión pública que hoy respalda los incrementos salariales. Para entender por qué este discurso es engañoso, conviene ir más allá de la retórica y analizar los datos reales del aumento del salario mínimo y sus efectos económicos.
El aumento del salario mínimo para 2026 fue del 23,7%, mientras que la inflación se sitúa alrededor del 5%. Esto implica un aumento real del salario cercano al 19%, algo que no se veía en Colombia desde hace décadas.
Desde el punto de vista económico, esto significa que el trabajador sí gana poder adquisitivo. Para que el aumento fuera neutro o ficticio, la inflación tendría que escalar hasta niveles cercanos al 23,7%, lo cual no es consistente con la dinámica actual de la economía colombiana ni con las condiciones macroeconómicas vigentes.
Un mayor salario real se traduce en mayor ingreso disponible para los hogares, especialmente los de menores ingresos, que destinan la mayor parte de sus recursos al consumo. Esto fortalece la demanda interna y dinamiza la economía, aumentando la circulación de bienes y servicios.
Frente al argumento de que este aumento generará despidos masivos, no existe una relación automática ni mecánica entre salario mínimo y desempleo. En una economía en crecimiento, una mayor capacidad adquisitiva puede impulsar la producción y, en consecuencia, la generación de empleo, más que su destrucción.
La reacción crítica frente a este aumento contrasta con lo ocurrido en gobiernos anteriores, donde el salario mínimo se ajustaba apenas en función de la inflación proyectada. Cuando esas proyecciones o pronósticos fallaban como ocurrió con frecuencia, los trabajadores perdían poder adquisitivo, aun cuando el salario nominal aumentara.
Por ejemplo, si el salario mínimo se hubiera incrementado siguiendo la lógica de gobiernos anteriores, una inflación proyectada para 2026 cercana al 5% habría justificado, en beneficio de los empresarios, un aumento salarial de alrededor del 6%. Sin embargo, si la inflación real terminara superando ese 6%, dicho incremento sería negativo, meramente nominal o ficticio, ya que los trabajadores perderían poder adquisitivo en términos reales.
En ese sentido, el aumento actual rompe con una lógica histórica de beneficio solo empresarial, de contención salarial y busca una recuperación real del ingreso de los trabajadores.