15/01/2026
En octubre de 1846, en un anfiteatro quirúrgico abarrotado del Hospital General de Massachusetts, ocurrió algo que nadie allí olvidaría jamás.
Ese día, sin saberlo, la humanidad estaba a punto de cruzar una frontera invisible… una de esas que dividen la historia en un antes y un después.
Hasta ese momento, la cirugía era una experiencia cercana al in****no.
No había anestesia real.
No había alivio.
Los pacientes eran sujetados con fuerza a la mesa mientras gritaban, suplicaban o perdían el conocimiento por el dolor. Los cirujanos no competían por precisión, sino por velocidad: cuanto más rápido cortaban, más probabilidades había de que el paciente sobreviviera al tormento. El dolor no era un efecto secundario… era parte del procedimiento.
Ese día, sin embargo, apareció un hombre con algo que muchos consideraban una locura peligrosa: William Thomas Green Morton, un joven dentista, entró al anfiteatro cargando un extraño inhalador de vidrio lleno de éter. Su idea era tan simple como revolucionaria: hacer que el dolor desapareciera.
Las miradas eran de escepticismo. Algunos pensaban que era un fraude. Otros, que era irresponsable.
Pero Morton insistió.
El paciente era Gilbert Abbott, un hombre con un tumor en el cuello. Morton colocó la máscara sobre su rostro y dejó que inhalara el v***r. Pasaron segundos eternos.
Y entonces ocurrió lo inesperado: Abbott cayó en un sueño profundo.
Los cirujanos comenzaron a cortar.
Y el anfiteatro quedó en silencio.
No hubo gritos.
No hubo forcejeos.
No hubo súplicas.
Solo bisturíes, respiraciones contenidas… y asombro.
Cuando la operación terminó y Abbott despertó, nadie sabía qué esperar. Pero sus palabras quedaron grabadas para siempre en la historia de la medicina:
“Sentí como si me hubieran rascado el cuello.”
En ese instante nació lo que hoy se conoce como el “Día del Éter”, el momento exacto en que la humanidad comprendió que el dolor ya no tenía que ser un destino inevitable.
A partir de allí, todo cambió.
Las cirugías pudieron durar más tiempo.
Se volvieron más precisas.
Más complejas.
Las tasas de mortalidad comenzaron a descender.
Nacieron nuevas especialidades médicas.
La cirugía dejó de ser una tortura… y empezó a convertirse en ciencia.
Cada intervención sin gritos que existe hoy, cada bisturí usado con calma, cada vida salvada sin sufrimiento extremo, tiene su origen en aquella sala, en 1846, cuando alguien se atrevió a desafiar una creencia milenaria.
Porque el verdadero progreso comienza cuando alguien se atreve a decir algo impensable para su época:
el dolor no es destino.
📷 Imagen histórica del “Ether Day”, Massachusetts General Hospital (1846). Dominio público.