25/09/2025
Había una vez en un pequeño pueblo de tierra caliente, donde el sol caía fuerte sobre las calles polvorientas, dos jóvenes que parecían destinados a encontrarse. Ella se llamaba Mariana, hija de una mujer que lavaba ropa ajena para mantenerla a ella y a sus dos hermanos. Él era Andrés, un muchacho trabajador que desde niño aprendió a sembrar yuca y maíz en las parcelas que le prestaban los vecinos.
La pobreza era su pan de cada día. Mariana soñaba con estudiar enfermería, pero apenas alcanzaba para terminar el bachillerato. Andrés, en cambio, quería levantar una pequeña carpintería con las manos que ya sabían de esfuerzo. Ambos habían aprendido a vivir con lo justo, y a veces ni eso.
Un día se cruzaron en la tienda del barrio, cuando los dos compraban fiado. Ella pidió una libra de arroz, él una panela. Sus miradas se encontraron con una sonrisa tímida, de esas que nacen de la complicidad de entender lo que significa no tener mucho, pero valorar lo poco.
Con el tiempo, comenzaron a hablar cada tarde. Él pasaba por la calle de Mariana para dejarle una flor silvestre que recogía en el camino. Ella lo esperaba en la ventana, con una ilusión que ni la escasez podía apagar. Poco a poco, de esas conversaciones sencillas nació un amor que no necesitaba lujos, solo sinceridad.
Los obstáculos eran muchos: no tenían dinero para salir, ni ropa bonita para impresionar, ni siquiera un lugar donde estar solos. Su “cita” era caminar hasta el río y sentarse en una piedra a mirar el atardecer. Pero ahí, en la sencillez, se forjaba un cariño verdadero.
La gente murmuraba que ese amor no duraría, que la pobreza termina por cansar. Sin embargo, ellos decidieron luchar juntos. Andrés comenzó a trabajar en una carpintería de la ciudad y, con lo poco que ganaba, compró sus primeras herramientas usadas. Mariana, por su parte, empezó a vender empanadas que preparaba con su mamá, guardando cada moneda en una cajita de lata.
Pasaron los años y, poco a poco, los sueños se fueron cumpliendo. Mariana logró entrar a estudiar enfermería con una beca, y Andrés levantó su pequeño taller en un garaje prestado. No fue fácil: hubo noches de lágrimas, días de hambre y momentos en que todo parecía derrumbarse. Pero cada vez que uno flaqueaba, el otro lo sostenía.
Finalmente, con mucho esfuerzo, se casaron en la iglesia del pueblo. No hubo vestidos lujosos ni banquetes, pero sí hubo alegría, risas y un amor tan auténtico que todos los presentes lo sintieron.
Hoy, años después, Mariana trabaja en un hospital y Andrés tiene un taller que da empleo a otros jóvenes del barrio. Ellos dicen que la pobreza nunca fue un obstáculo, sino la prueba más grande que superaron juntos. Porque cuando el amor es verdadero, ni la escasez ni las dificultades pueden apagarlo.