31/10/2025
Marcos y Juanito tienen apenas 8 y 2 añitos. Desde que su madre enfermó y su padre huyó, sobreviven en las calles de Monterrey. Cada mañana, bajo un cielo que rara vez les sonríe, recolectan latas y limpian parabrisas para juntar unos pesos que apenas cubren un pan y agua. A veces, con suerte, encuentran monedas suficientes para un taco barato. Otras veces, no. Duermen abrazados tras una vieja lona, con el miedo de que alguien los separe, los registre o los asuste.
Marcos dibuja mundos imposibles en la tierra polvorienta: una escuela, una casa con un jardín, libros que nunca han tenido. Él quiere volver a clases, pero cada moneda que gasta en galletas es una moneda que no ahorran para evitar la próxima noche sin cobijo.
Un día, Marcos escucha a un transeúnte decir en voz alta: “Si quieren salir adelante, que se esfuercen, ¿no?” Las palabras resuenan, llenas de desprecio. Le quiebran el corazón, porque él trabaja. Trabaja mientras muchos de su misma edad están en la escuela. Y aún así, no es suficiente.
Dice quien no sabe lo que pesa un frío sin cobijo: dos hermanitos, con sus monedas y sus sueños, recordándonos que la pobreza no es una elección, sino una barrera. No es lo que quieren ser, sino lo que no les dejan ser.
Está historia es una de millones, y solo nos demuestra que la pobreza NO es una elección individual, sino una consecuencia de estructuras sociales, históricas y económicas que no son superadas únicamente con esfuerzo personal. El mito de “ser pobre por querer”: