18/08/2025
"Me dicen Cuba"
Se diluyeron mis nombres y apellidos
y, en la boca de todos, soy Cuba. Ese sonido —claro, redondo, amado— me llega como campanas de catedral invisible, de
una melodía que sólo yo recuerdo. Me cura el desarraigo, me trata con las mismas frases bálsamicas que usa Miamá.
Con ese nombre heredé un pacto sin papeles:
ser puente y bandera, rostro y suspiro de mi Isla en esta otra, y lo asumo con alegría solemne.
Mi acento del Cerro habanero guarda la penumbra de los portales,
el eco de las esquinas y
la brisa que desenreda nuestro Malecón de madrugada.
Si me esfuerzo, puedo vestirlo del canto de Santiago de Cuba y engañar al oído desprevenido quisqueyano, pasando como nativo,
pero me delato diariamente con placer y con el orgullo de ser cubano que detesta su desgobierno.
Nunca entendí esa extraña metamorfosis de quienes vuelven de Europa y, en dos años, mudan su voz como muda un árbol la corteza: seseando como madrileños o
entonando como italianos,
olvidando que un día también hicieron la cola de la Bodega y la OFICODA los despidió de la leche a los siete años.
Yo crucé la frontera líquida de la Isla a los diecinueve años la primera vez, y he vivido más de cuarenta años caminando geografías dispares, aprendiendo alfabetos, acentos y sabores.
Y aún así, cada vez que comparo la tierra que me nombra con cualquiera que me haya retenido, me embiste la tristeza densa, como marea negra que no anuncia su llegada.
Duele —de un modo que quema— ver que a los cubanos les han arrebatado
los gestos simples que hacen de la vida una canción alegre y cotidiana, que un helado de fruta tropical madura, ya no sea un instante reiterado, sino un lujo improbable.
Y ese es el filo más mellado de mi amor por la Isla: querer ser siempre cubano,
aun cuando me asfixie la pregunta sin respuesta:
¿Cómo contarle al mundo
que en la tierra donde el azúcar era reina y el limón "la base de todo", una limonada sólo cabe en algunas manos privilegiadas?
Hay cuentos que se pudren en la lengua por tantas decenas de años masticándolos con el oído. El del Bloqueo, por ejemplo: excusa que encubre
desde el alto precio del boniato, hasta la ausencia de aspirinas en las farmacias vacías.
Quien lo repite cuál papagayo
ya eligió su condena: ser mirado con la indulgencia de ingenuo o con la dureza reservada al necio.
A los que marchan el primero de mayo y al día siguiente piden visa, como quien cambia de máscara, les propongo la elegancia de declararse ignorantes, antes de encender la antorcha oxidada de los discursos repetitivos en las tribunas con comején.
Porque la ignorancia se cura: un libro basta para rescatar a quien se hunda en ella, pero la estupidez… la estupidez es terminal. No hay suero, ni antídoto, ni vacuna contra ella.
Solo un pozo sin fondo
donde la luz se apaga
y el eco hueco
se repite a sí mismo...