07/11/2025
El Triunfo del Alma y del Olvido
Por Angélica Seña
Salí del alba, pura y desvelada,
tras dormir en los brazos del amante;
mi cuerpo, tibio aún, tembló anhelante,
como flor que despierta estremecida.
Su piel fue cuna, fuga y llamarada,
mi noche ardió, mi alma fue errante,
y en su mirar, oh Dios, tan semejante,
sentí la vida, el gozo, y la jornada.
Mas al partir, la aurora me encontró,
llevando en mí la calma del pecado;
no culpa, no vergüenza, ni pasado,
sino la luz que el fuego me dejó.
Y fue ese día —extraño y temerario—,
cuando volví al rostro del que un día
fue mi cárcel, mi in****no, mi agonía,
mi sol enfermo y falso relicario.
Vi su figura, triste y descompuesta,
aquel hombre que en su propia fuente
bebió de su reflejo incandescente
hasta olvidar el alma que me presta.
Nada sentí —ni amor, ni odio oscuro—,
tan solo un aire de compasión y duelo;
lo vi perdido, sin mirar al cielo,
gastado el brillo, marchitado el muro.
¡Oh, cuán pequeño ante mi pecho erguido,
cuán frágil su poder, su voz vacía!
Yo, que en su abismo un día me perdía,
hoy soy la que del fango ha renacido.
Comprendí entonces —entre llanto y calma—
que el mayor acto fue su despedida;
pues al dejarme, abrió mi nueva vida,
mi libertad, mi fe, mi limpia palma.
Y al volver junto al hombre que ahora me espera,
el que sin nombre cura mis heridas,
siento su amor sin jaulas, sin medidas,
como un respiro puro que me eleva entera.
No sé si habrá final o despedida,
ni si su abrazo será eterno o breve,
pero en su trato dulce, en lo que mueve,
mi alma halló su paz y su guarida.
Ya no me asusta el filo del olvido,
ni el peso de los días desbordados;
soy dueña de mis pasos libertados,
y en mí florece el mundo redimido.
Lloro, sí lloro —más no por quebranto—,
sino porque mi llanto es nacimiento;
de las cenizas brota mi sustento,
y en cada lágrima germina un canto.
Soy fuego y sombra, carne y pensamiento,
mujer que amó, sufrió y se hizo aurora;
mi llaga es flor, mi noche encantadora,
mi alma, un templo abierto al firmamento.
Y cuando el sol me nombre por mi historia,
que diga el viento —entre rumor y calma—:
"Fue su dolor la llave de su gloria,
fue su amor el triunfo de su alma."