06/12/2025
LA PERMANENCIA Y EL FUEGO: EL PASADO QUE VIVE EN EL PRESENTE POÉTICO
FRANCISCO SIERRA
Existe una crítica fácil que confunde la profundidad con la nostalgia, y la tradición con la momificación. Se acusa a ciertos poetas de estar anclados al pasado, de escribir para un mundo que ya no existe, como si la única poesía legítima fuera aquella que refleja el rugido inmediato de la ciudad y el lenguaje fracturado de la calle. Sin embargo, esta visión, que se presenta como radical y contemporánea, parte de un reduccionismo peligroso: asume que el tiempo es lineal y que lo nuevo, por el mero hecho de ser nuevo, es superior y más "auténtico". La verdadera traición a la esencia de la literatura no es la inmovilidad, sino la renuncia voluntaria a las capas de sentido que la han construido.
Los poetas que honran la métrica, el léxico preciso y los temas que trascienden lo puramente anecdótico no viven en una negación del presente. Lo que hacen es operar en un presente expandido, un tiempo literario donde conviven Homero, Garcilaso y la realidad actual. Su solemnidad no es hueca; es la conciencia del peso de la palabra. En un mundo saturado de ruido y discursos efímeros, el templo no está vacío: es un espacio de resistencia contra la banalización. Esos poemas, lejos de ser piezas de museo, son instrumentos afinados con los que se puede medir la profundidad del caos contemporáneo. La ciudad fragmentada y la violencia estructural no se nombran mejor solo con el registro coloquial; a veces, su contraste más desgarrador surge cuando se juxtapone con la belleza formal, revelando así la dimensión de lo perdido.
La idea de que la mutación constante es la única garantía de supervivencia literaria es un mito moderno. La literatura también sobrevive gracias a su capacidad de permanencia, de crear estructuras que, como columnas, sostienen el edificio del pensamiento humano a través de los siglos. La forma que no cambia no es necesariamente un fósil; puede ser un arquetipo, una verdad estética que sigue resonando porque habla de lo permanente en la condición humana: el amor, la muerte, la búsqueda de lo trascendente, el asombro ante la naturaleza. Los futuristas, en su gesto iconoclasta, no hicieron más que confirmar la fuerza de lo que intentaban destruir: se definieron en contraposición a una tradición que era tan poderosa que necesitaban proclamar su quema. Su legado, irónicamente, ya es parte de ese mismo museo que querían incendiar.
Es un error creer que el lenguaje coloquial y la oralidad son los únicos depositarios de la "vida real" o de la resistencia política. Esta perspectiva, aunque bienintencionada, puede caer en un populismo estético que desprecia la complejidad. La lengua pulida, la métrica impecable y la alusión culta también han sido, históricamente, herramientas de subversión y crítica social. Desde la sátira de Quevedo hasta el hermetismo críptico de poetas bajo dictaduras, la dificultad formal puede ser un acto de desafío, un código que protege verdades peligrosas o una forma de exigir un lector activo, no un mero consumidor de eslóganes emocionales. La desigualdad lingüística no se combate solo imitando el habla de la calle, sino también democratizando el acceso a los códigos elevados, empoderando a nuevos lectores con las llaves de un patrimonio que también les pertenece.
La poesía que habita los salones y la que grita en los talleres no son enemigas; son polos de un mismo campo magnético. La una sin la otra empobrece el panorama. El mundo actual no exige solo una palabra que se fracture y se ensucie; exige también una palabra que repare, que contenga, que ofrezca un orden alternativo al desorden imperante. Exige ecos que nos recuerden que lo humano también se define por su aspiración a lo sublime, no solo por su inmersión en lo precario.
Quien acepta solo la metamorfosis como dogma es tan fantasma como el público al que acusa. La verdadera poesía no se mueve solo rompiendo y mutando; se mueve también recordando, sosteniendo y profundizando. Crece hacia adelante, pero también hacia adentro y hacia atrás, en un diálogo perpetuo con los mu***os que, como dijo Eliot, son lo que somos. El poeta que ignora este diálogo no está en el presente: está en una isla desierta de puro presente, amputado de la conciencia histórica que hace de la literatura algo más que un testimonio notarial de su época. La esencia de la poesía no es el movimiento por el movimiento; es la capacidad de tocar, con las herramientas del ayer, del hoy o del mañana, aquello en el ser humano que es intemporal.