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Tras siglos buscando señales de vida entre las estrellas, por fin recibimos una respuesta. Pero no fue un saludo, ni una invitación, ni una señal amistosa. Fue una advertencia:
“Detengan sus transmisiones. Ellos los encontrarán.”

Desde ese instante, la humanidad dejó de mirar el cielo con ilusión y empezó a verlo con miedo.
Si esta historia te interesa, prepárate, porque lo que sigue te va a atrapar.

Durante generaciones, los humanos enviaron mensajes al vacío cósmico: primero ondas de radio básicas, luego señales complejas desde gigantescos radiotelescopios terrestres, y más tarde transmisiones desde antenas orbitales. También lanzamos sondas como la Aurora, la Pioneeris y muchas otras.

Pero un día todo cambió.
Captamos un mensaje.
Y no fue la bienvenida que soñábamos. Era un susurro interestelar, una advertencia urgente:
“Callen su voz. Están a punto de ser descubiertos.”

El planeta entero quedó en silencio.

La señal no provenía de ningún punto de la Tierra, sino de un espacio vacío entre estrellas. Y su composición química era imposible de falsificar. Ni siquiera los conspiracionistas más tercos pudieron negarlo. Varios gobiernos intentaron censurarlo, pero ya era tarde.
El llamado “Secreto Cósmico” se convirtió en el secreto peor guardado de la historia.

La advertencia llegó durante un momento crítico. La humanidad estaba dividida: la colonia marciana de Nueva Arthemis, harta del dominio terrícola, había iniciado una guerra civil que llevaba años consumiendo recursos y vidas.

Pero el mensaje cambió todo.

En menos de un año, el conflicto terminó. Los acuerdos se firmaron en Nova Loma, capital marciana, no en la Tierra. Era evidente: separados éramos un blanco fácil para cualquier poder escondido en la oscuridad del universo.

La humanidad entendió una verdad cruda:
Para sobrevivir, debíamos convertirnos en un solo nosotros.

Así nació la Federación Unificada Humana (F.U.H.).

Con su formación, toda transmisión hacia el espacio profundo fue cancelada. Luego, con dolor, se tomó una decisión trágica: destruir nuestras propias sondas para borrar cualquier rastro que revelara nuestra ubicación.
Aurora, Pioneeris y todas las demás fueron convertidas en polvo estelar.

Pero incluso así, sabíamos que era insuficiente. Miles de señales enviadas en el pasado seguían viajando por el cosmos como fantasmas, revelando quiénes éramos y dónde vivíamos.

Entonces comenzó la carrera armamentista más grande de la historia.

La inteligencia artificial fue rediseñada para automatizar industrias enteras. Surgió un superconductor llamado selodimio, que revolucionó la tecnología militar. Aparecieron los cañones electromagnéticos, desde armas personales hasta torres colosales instaladas en la Luna, en lunas marcianas y en asteroides.

Se construyeron ciudades subterráneas conectadas por trenes electromagnéticos ultrarrápidos.
Un colisionador orbital produjo antimateria, útil para energía limpia y, por primera vez, para fabricar armas sin contaminación radiactiva.

Pero el mayor avance fue el dominio de los campos de plasma. Gracias a ello, se lograron reactores de fusión estables y escudos de energía capaces de detener proyectiles y fuego de plasma. Y pronto, toda ciudad y nave de la flota tenía uno.

Año 2575.
Más de tres siglos después de la advertencia, un científico llamado Kenji Morada planteó una pregunta que cambiaría la historia:

“¿Por qué deberíamos esperar a que ellos nos encuentren?”

Esa frase lo cambió todo.

El razonamiento fue frío y directo:
Si el enemigo existía, tarde o temprano llegaría.
Si no existía, esperar milenios consumiendo recursos era insostenible.
Y ya que podíamos observar el universo a distancia…
¿Por qué no ir directamente?

Veinte años después, un grupo de investigadores presentó el avance decisivo:
el Motor de Salto Kuroshima, capaz de plegar el espacio-tiempo y enviar una nave a una dimensión alternativa, reduciendo distancias imposibles.

Con ayuda de inteligencias de navegación avanzadas, los viajes se volvieron seguros.

Y así, la humanidad dio su primer salto más allá del Sistema Solar.

Lo que encontraríamos afuera… todavía era un misterio.

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