30/07/2025
SILENCIOS CÓMODOS
Hace un par de semanas, durante aquel penoso asunto de los "mendigos disfrazados", volvió a las redes sociales un debate bien interesante sobre el rol de los diputados y de la Asamblea Nacional del Poder Popular dentro del sistema político cubano. Para muchos resultó inaudito que las declaraciones de la entonces ministra de Trabajo y Seguridad Social —quien afirmó frente a dos comisiones parlamentarias que en Cuba no había mendigos— no fueran cuestionadas por al menos uno de los legisladores presentes.
Desde luego, aquel silencio no tuvo ni tendrá justificación, por mucho que algunos insistan en vendernos la idea de que el parlamento cubano es como el hogar de los ositos del cariño, donde no hace falta discutir en público porque todos son buenos amigos. Incluso hubo quien equiparó la polémica, las diferencias de opinión y las contradicciones —comunes y necesarias en política— con el chancleteo y la teatralidad hueca de otros parlamentos extranjeros. Pero una cosa no tiene nada que ver con la otra.
Es cierto que los mejores momentos de las sesiones de la Asamblea Nacional suelen ocurrir sin cámaras de por medio, pero también lo es que algunos diputados solo van allí a comerse la merienda sin aportar nada. No son todos, pero los hay. Sin embargo, ese no es el meollo del asunto: otro día podremos debatir cómo se eligen los diputados y por qué algunos incumplen las expectativas de sus electores.
Hoy, en cambio, propongo que realicemos varios ejercicios mentales. El primero es de imaginación: visualicemos que estamos sentados en el Palacio de las Convenciones, con los miembros del Consejo Estado frente a nosotros, y que en esta sesión ficticia somos diputados y representamos a nuestro municipio.
Ahora, supongamos que se debate un tema crucial. Ya hay una propuesta sobre la mesa, pero nos parece equivocada… y ningún otro diputado pide la palabra para oponerse.
Entonces, quisiera que cada lector se pregunte: Si yo fuera diputado, ¿me levantaría ante quinientas personas para decir que no estoy de acuerdo? ¿Tendría el valor de ser el único que diga No cuando todos dicen Sí?
Algunos seguramente pensarán: "Yo sí lo haría. Me pararía a defender mi punto de vista". Pero o son casos muy aislados, o están cayendo en un autoengaño, porque lo más probable es que la mayoría se quedaría sentada en silencio.
Ahora hagamos un ejercicio de memoria. ¿Cuántas veces hemos estado en reuniones —en el trabajo, la escuela o el barrio— donde la mayoría asiste físicamente, pero no participa? Es cierto: a veces el tema no interesa ni al que lo expone. Pero otras, se discuten asuntos importantes que nos afectan a todos, y aún así la participación es mínima.
Unos juegan con el móvil; otros tienen el cuerpo presente, pero la mente en Narnia; y muchos, aunque podrían aportar, deciden no hacerlo. "¿Para qué, si nada va a cambiar?", reflexionan unos. "Mejor no buscarse problemas opinando", calculan otros. Al final, casi nadie interviene… si es que alguien lo hace.
Es cierto, hasta ahora he puesto ejemplos de individuos que solo se representan a sí mismos, cuando en realidad los diputados hablan —o callan— en nombre de sus electores, es decir, de muchas otras personas. Obviamente, no es comparable una situación con la otra.
Pero me gustaría proponer un último ejercicio, uno de conciencia: ¿Cuántos de quienes me leen han participado en asambleas municipales, provinciales, o en congresos de organizaciones de masas, del Partido o de la UJC? Quien haya sido delegado en uno de estos espacios asamblearios, incluso a nivel municipal, fue, en cierto modo, un "diputado": un representante electo para defender los intereses y criterios de las masas. Al menos, en teoría, así debería ser.
En la práctica, muchos de estos delegados pasan las comisiones y la plenaria sin despegar los labios, y se limitan a levantar la mano para aprobar informes y candidaturas. Después, esas mismas manos solo sirven para aplaudir.
Sin embargo, incluso cuando participamos, proponemos ideas o compartimos experiencias, ¿cuántas veces evitamos ser la persona que rompe la unanimidad? ¿Cuántos se atreven a plantarse frente al micrófono y cuestionar lo que consideran incorrecto, a contracorriente de la mayoría? ¿Cuántas veces decidimos que es mejor, "por esta única vez", el silencio cómodo? ¿Cuántos repetirán ese camino fácil el próximo año, en los congresos de la CTC y del Partido?
Por supuesto, es nuestro derecho exigir que cada diputado cumpla a cabalidad su misión como servidor público, y no sea un ratificador acrítico de cuanto se diga o haga, que honre su cargo, piense por sí mismo y defienda en cada momento y escenario los intereses del pueblo cubano. Pero también deberíamos revisarnos por dentro, y ver si en nuestra vida diaria somos coherentes con ese deseo.
No lograremos nada con un parlamento combativo y crítico, si luego en los barrios y los centros laborales reinan la apatía y la inercia. Por eso, es importante que todos usemos con frecuencia —y conciencia— los mecanismos de participación popular disponibles en Cuba. Puede que no todos funcionen bien, pero renunciar a las únicas herramientas institucionales que tiene el pueblo para influir directamente en la política tampoco es un solución.
Y sí, es cierto: a veces decir la verdad, señalar lo obvio, denunciar lo torcido, puede traernos problemas con los demás. Pero el silencio es peor. Callar nos traerá problemas con nosotros mismos, con nuestra propia conciencia.
✍️ Neilán Vera