06/02/2026
Para un territorio como Manzanillo, con tradición y potencial agrícola, la producción de alimentos es una prioridad. El discurso oficial apela al autoabastecimiento y a la mirada hacia “nuestra propia tierra”, un llamado a depender de los recursos internos en un contexto internacional complejo y de severas limitaciones de importación.
La existencia de más de 2000 usufructuarios dispersos en áreas clave como Jibacoa, La Demajagua, San Francisco o Caño Adentro constituye un capital humano y una infraestructura productiva significativa, donde se pretende edificar la seguridad alimentaria local. Son estos agricultores, tanto estatales como privados, los encargados de materializar la prioridad en cosechas concretas.
A los problemas endémicos se le suman los eventos climáticos extremos. El huracán Melissa, en 2025, fue un recordatorio de la vulnerabilidad del sector, al dañar 610 hectáreas de cultivos varios en la provincia. Si bien las autoridades declaran una recuperación total del área, estos golpes exacerban la precariedad, consumiendo recursos y esfuerzos que podrían dedicarse a la expansión, en la simple reparación de lo perdido.
Las respuestas más innovadoras y pragmáticas a menudo surgen desde abajo, el proyecto de agricultura urbana “Patio La Rosita”, con principios de agroecología y permacultura, desarrolla su propia biotecnología (como el bioestimulante “Germevit”) y mantiene una producción diversificada y cíclica que incluye animales y donaciones a comedores sociales. Demuestra que, a pesar de todo, es posible generar circuitos productivos eficientes y sostenibles.
La producción de alimentos en Manzanillo es, sin duda, una cuestión de seguridad nacional y autonomía, y existe una base humana dispuesta a trabajar la tierra.