05/03/2026
La propiedad conocida como Villa Lo**ta se ubica en terrenos que históricamente formaron parte del Ingenio Santa Gertrudis, una de las fincas azucareras más importantes y extensas de la zona del Valle de Guamacaro, en el municipio de Limonar, provincia de Matanzas.
Esta región fue el epicentro de la industria azucarera durante el siglo XIX y principios del XX. En el corazón de esta geografía, específicamente en la zona de Castellano, en las cercanías al poblado de Sumidero, se alza un testigo mudo del pasado colonial cubano: una vivienda que, a pesar de las heridas infringidas por el tiempo y el abandono, continúa exhibiendo una dignidad arquitectónica innegable. Esta construcción, que data de mediados del siglo XIX (hacia 1843), no es solo un conjunto de muros de mampostería y madera; es el vestigio de una era donde la prosperidad agrícola y el abolengo se materializaban en ladrillo y cal.
La edificación está intrínsecamente ligada al linaje de la familia Ponce de León en Cuba, una estirpe de raíces aristocráticas que hunde su historia en la nobleza española. El origen de esta rama familiar se remonta a figuras como Antonio Ponce de León y Ortiz, natural de Madrid, quien se estableció en La Habana durante el siglo XVIII, vinculando el apellido al prestigioso Condado de Casa-Ponce de León y Maroto. Con el paso de las décadas, la influencia de esta familia se expandió hacia las fértiles tierras de Matanzas. La casona de Castellano servía como un oasis de descanso y administración, un espacio donde la élite criolla gestionaba sus intereses y disfrutaba de la vida rural con el refinamiento propio de su clase. La importancia de esta propiedad se vincula a figuras como Concepción Ponce de León y Heredero, cuya vida estuvo íntimamente ligada al tejido social de la provincia; su matrimonio en la Catedral de Matanzas en 1841 marca un hito cronológico cercano a la consolidación de estas propiedades en la zona.
En este contexto, la propiedad recibió el nombre de Villa Lo**ta. Esta nomenclatura fue elegida en honor a Lola Ponce y cumplía una doble función: por un lado, era un acto de devoción familiar hacia una mujer que seguramente articulaba la vida social del clan; y por otro, era una herramienta de identidad que consolidaba la propiedad dentro de la memoria histórica de la familia, diferenciándola de otras fincas puramente productivas.
Dentro de esta residencia, destacaba un espacio que simbolizaba tanto el estatus como el fervor religioso de la familia: una hermosa y lujosa capilla privada. Estas estancias eran características de las grandes haciendas coloniales, permitiendo a los propietarios celebrar misas sin necesidad de trasladarse a la parroquia más cercana, reafirmando su fe católica. La capilla se encontraba ubicada en un pequeño aposento, construido con finos diseños y maderas nobles, reflejando la dedicación depositada en cada detalle.
El interior de la capilla poseía una disposición solemne. En lo alto, presidía una Cruz, flanqueada a los lados por dos cuadros: uno que representaba la Última Cena y el otro, el Corazón de Jesús. Debajo de la Cruz, ocupando el centro, se encontraba la representación de San Lázaro, mientras que a un costado se ubicaba la Virgen de la Caridad del Cobre, nuestra patrona de Cuba, y al otro lado, una imagen de Santa Bárbara. Estos espacios sagrados eran enriquecidos con ofrendas florales cuyos colores correspondían a la simbología de cada santo, acompañadas por luminarias y guirnaldas que añadían un aura de calidez. Además, como elemento especial, delante de la estructura de la capilla se instalaba, durante las festividades, el nacimiento del niño Jesús.
Aunque hoy la propiedad se encuentre en estado de deterioro, su diseño original sigue captando la atención de quien la observa. La arquitectura de esta mansión refleja el gusto de la época: una fachada de líneas simétricas y robustas, pintada en tonos que contrastaban con la intensa luz solar del Caribe. Las grandes ventanas de persiana de madera, abiertas de par en par, invitaban a la brisa a recorrer las estancias, mientras que las galerías laterales, bordeadas por columnas esbeltas, ofrecían una transición elegante entre el interior del hogar y los extensos jardines. En el porche principal, se aprecian aún las huellas de lo que fueron muebles de mimbre y madera noble, testigos silenciosos de las tertulias vespertinas, consolidando la imagen de Villa Lo**ta como un refugio de prestigio en medio del bullicio productivo del ingenio.
A continuación se muestran imágenes de cómo lucio la casona en aquella época .
Toma fotográfica
- Idrian Escobar González.
Saludos para todos de su administrador.
Lic. Iván Escobar González.