25/09/2025
👁️ La Casa de las Ventanas Quebradas
Dicen que en el borde del pueblo, donde el bosque parece tragar el camino, existe una casa que nunca deja de mirarte. Sus ventanas, aunque rotas y polvorientas, reflejan siempre un brillo extraño, como si detrás de los vidrios alguien observara cada movimiento de los que se atreven a acercarse.
Nadie recuerda con exactitud quién vivió allí por última vez. Los ancianos cuentan que, hace más de treinta años, una familia se mudó a la casona para empezar de nuevo. Una pareja con dos hijos pequeños, deseosos de escapar de la ciudad y encontrar tranquilidad. Sin embargo, apenas pasaron unas semanas antes de que todo el vecindario comenzara a escuchar gritos en la madrugada, golpes que sacudían las paredes, y el llanto desesperado de los niños.
Lo extraño era que, cada vez que alguien se acercaba, la casa lucía en silencio. Ni luces, ni voces, ni movimiento. Sólo ventanas negras que devolvían la mirada.
Una noche, los vecinos decidieron entrar. Llamaron, empujaron la puerta, y lo que encontraron fue devastador: la mesa servida, los platos a medio comer, las velas aún encendidas… pero la familia había desaparecido por completo.
Con el tiempo, la casa quedó abandonada, y el viento fue quebrando las ventanas una a una. Sin embargo, siempre parecía que alguien se asomaba tras ellas. Algunos juraban ver siluetas pequeñas, como las de los niños; otros, un rostro pálido que sonreía sin mover los labios.
Los años pasaron, y la casa se convirtió en un reto para los jóvenes del pueblo. Una prueba de valentía. “Si entras de noche y llegas al último cuarto del pasillo”, decían, “las ventanas te mostrarán lo que más temes”.
Fue así como, una noche de octubre, tres amigos decidieron comprobarlo. Eran incrédulos, chicos con la necesidad de reírse de las historias viejas. Armados con linternas y una cámara para grabar la hazaña, cruzaron el portón oxidado y empujaron la puerta principal.
El aire dentro estaba espeso, cargado de polvo y un olor a hierro viejo. El suelo crujía con cada paso. Las paredes, cubiertas de manchas oscuras, parecían palpitar bajo la luz débil. Y entonces lo sintieron: la mirada. Un peso invisible que caía sobre ellos, como si alguien —o algo— los siguiera desde cada esquina.
La primera ventana apareció en el pasillo. Estaba quebrada, y aun así, su reflejo no coincidía con la realidad. Uno de ellos, Andrés, miró de frente y se vio a sí mismo… pero más viejo, con la piel arrugada y los ojos huecos. Se apartó de inmediato, pero en el reflejo, la figura no se movió al mismo tiempo: sonrió con lentitud.
El segundo, Julián, no corrió con mejor suerte. Su reflejo lo mostraba arrodillado, sangrando del pecho, como si algo invisible lo hubiese atravesado. Lo peor fue que, mientras él respiraba con nerviosismo, su reflejo dejó de hacerlo. Permaneció inmóvil, mu**to.
La última fue Camila, la más escéptica. Frente a la ventana, no vio su rostro, sino el de una mujer desconocida. Pálida, con ojos demasiado abiertos, y la boca cosida con hilos negros. La mujer, a pesar de no tener labios libres, murmuró algo: “Váyanse…”
El terror los hizo retroceder, pero el pasillo parecía estirarse. Las puertas que habían cruzado desaparecían tras ellos, y las ventanas rotas se multiplicaban a cada lado, obligándolos a mirarse una y otra vez. Cada reflejo era peor: ellos ahogados, ellos colgados, ellos sin ojos.
Cuando finalmente lograron llegar al último cuarto, se encontraron con una gran ventana, intacta. La luna se reflejaba en el cristal, iluminando la habitación vacía. Pensaron que allí acabaría la pesadilla, pero la ventana comenzó a empañarse desde dentro, como si alguien respirara detrás del vidrio.
Y entonces apareció la familia desaparecida. Primero los niños, con ojos en blanco y sonrisas quebradas. Luego los padres, tomados de la mano, pálidos, inmóviles. Camila dejó caer la linterna, y en la penumbra todos escucharon el sonido de uñas arañando el cristal.
Andrés corrió hacia la puerta, pero estaba cerrada con fuerza. Julián golpeó las paredes, gritando por ayuda. Camila, paralizada, no podía apartar la vista de la ventana, donde las figuras ahora se movían como si intentaran salir.
Un crujido resonó. El vidrio comenzó a quebrarse, no hacia afuera, sino hacia adentro, como si lo que estaba atrapado detrás quisiera entrar en este mundo.
El resto es confuso. El video que encontraron semanas después mostraba solo imágenes rápidas: la cámara cayendo al suelo, risas infantiles en el fondo, y una voz femenina susurrando una y otra vez: “Nadie se va…”
Los tres nunca regresaron a casa. Y desde entonces, si caminas de noche cerca de aquella casona, verás nuevos rostros en las ventanas quebradas: tres jóvenes que miran hacia afuera, pidiendo ayuda que jamás llegará.