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19/05/2026

Entró a la joyería más lujosa de la ciudad vistiendo un suéter viejo, sin imaginar la humillación que le esperaba. El aroma a perfume costoso inundaba el aire frío del local. El brillo del oro macizo encandilaba sus ojos completamente descubiertos. De pronto, unos pasos apresurados rompieron la calma. Un hombre de apariencia ostentosa se paró frente a él con una mirada cargada de malicia. El sujeto lo barrió de arriba abajo con desprecio absoluto. Pensó que el muchacho no pertenecía a ese mundo de opulencia. Entonces, el millonario lanzó un ataque verbal despiadado para pisotear su dignidad frente a todos. Pero la fría respuesta del joven congeló la sonrisa de su agresor por completo. Continuación en los comentarios

17/05/2026

La esposa de mi jefe lo dejó pudriéndose en el sofá el mismo día que lo perdió todo.
El olor a aceite quemado y sudor de mi uniforme manchaba el aire puro del garaje de lujo. Elena me miraba con asco absoluto. Sus ojos descubiertos y llenos de furia me juzgaban bajo ese vestido de seda roja. Exigió mi despido inmediato. Roberto, siempre con su traje azul marino impecable y el rostro totalmente afeitado al ras, se negó a echarme a la calle.
Semanas después, el imperio se derrumbó. Roberto enfermó de gravedad y quedó en la ruina total. Elena no dudó un segundo. Empacó sus maletas de diseñador y abandonó a un hombre agonizante a su suerte.
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16/05/2026

Mientras yo tragaba arroz frío, mi madre le servía un jugoso filete al futuro doctor de la familia.
El olor a carne asada llenaba nuestro comedor húmedo. Yo llegaba agotado, con mi uniforme naranja manchado de la basura del camión. Al sentarme, mis ojos cansados veían a Mateo comer como un rey. Llevaba su polo blanco impecable y su rostro rasurado al ras, sin un rastro de empatía en su mirada.
"Come tu filete, mi futuro doctor. Tú eres mi orgullo y el único que me sacará de esta pobreza."
Así me pagaba ella los dobles turnos. Yo dejaba sobre la mesa los billetes arrugados para la maestría de Mateo y la luz de la casa. Él ni siquiera me miraba a los ojos. Solo se burlaba de mi olor a basura, exigiendo que me largara porque le quitaba el apetito. Ella, en silencio, agarraba mi dinero con desesperación.
Pero el sacrificio nunca compra el amor verdadero. La tragedia estalló el día que Mateo regresó con su maleta de viaje. No vino a sacarnos de la pobreza. Vino a informarle a nuestra madre que había vendido la casa y que ella tenía 24 horas para largarse a la calle.
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16/05/2026
12/05/2026

Nadie pensaría que el dueño de media ciudad terminaría tirado en la basura, sangrando y llorando como un niño.

Arturo sentía el sabor a sangre en la boca. Su traje de diseñador estaba destrozado. Lo habían asaltado y golpeado sin piedad en el peor barrio de la ciudad. El callejón oscuro olía a humedad, a podrido y a desesperación.

Cerró los ojos, esperando que el dolor en las costillas desapareciera. Quería rendirse.

De pronto, escuchó un crujido. Unos pasitos suaves y torpes se acercaban. Abrió un ojo con esfuerzo y vio una silueta pequeña. Era una niña de la calle. Estaba sucia, descalza y temblaba de frío bajo la garúa nocturna.

En sus manitas mugrientas apretaba un trozo de pan duro. Lentamente, lo partió por la mitad y se lo ofreció.

—Vete. Déjame en paz —gruñó él, lleno de rabia y dolor apartando la cara.

Pero la pequeña no retrocedió.

—¿Por qué llora, señor? —preguntó con una voz tan suave que a Arturo se le erizó la piel.

Él iba a gritarle que se largara. Pero al levantar la vista, el tiempo se detuvo por completo. Miró sus ojos. Eran de un verde clarito con manchitas color miel. Ese pequeño lunar junto a la ceja izquierda. La forma de su mirada. El corazón le empezó a latir a mil por hora.

No podía respirar. Era el mismo rostro.

La niña era la viva imagen de Camila, su esposa desaparecida sin dejar rastro hace exactamente siete años. La misma Camila que estaba embarazada cuando se esfumó.

Y entonces, la luz de la calle iluminó lo que la niña llevaba colgado en su cuello sucio.

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11/05/2026

La dueña de todo el ataud parte 1

09/05/2026

Nunca pensé que el monstruo más despiadado de mi vida llevaría mi propia sangre y mi apellido. Crié a Mateo desde que era un niño pequeño, le di absolutamente todo. Hoy, a sus 39 años, me demostró exactamente cuánto vale mi vida para él.

Todo empezó esta tarde. Me dijo que íbamos a la notaría del centro para arreglar de una vez los papeles de mi testamento.

"Es solo para asegurar tu tranquilidad, abuelo", me juró, mirándome a los ojos con una sonrisa que ahora me da asco recordar.

Me subí al asiento del copiloto confiado. Pero a los veinte minutos, noté que algo no cuadraba para nada. Nos estábamos alejando de la ciudad. La carretera se volvía solitaria, de tierra oscura y sin postes de luz. No había un solo auto a la vista. El silencio dentro de la cabina era asfixiante, pesado. Mateo apretababa el volante con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Sudaba frío.

"Mateo, ¿a dónde vamos? Este no es el camino", le pregunté, sintiendo un n**o en el estómago.

"Relájate, viejo. Es un atajo", murmuró entre dientes, sin atreverse a mirarme.

Fue entonces cuando lo sentí. Ese instinto primitivo que te avisa que la muerte respira en tu nuca. El auto aceleró de un golpe violento. Ochenta, noventa, cien kilómetros por hora. De repente, Mateo soltó el volante con una mano, se inclinó bruscamente sobre mí y desabrochó mi cinturón de seguridad.

"Tu tiempo ya pasó. Disfruta el viaje", me escupió con un odio que me congeló la sangre.

Abrió mi puerta de una patada y me dio un empujón brutal. El viento me robó el aliento. Salí volando hacia el asfalto. El golpe fue ensordecedor. Sentí la tierra, el sabor a sangre y un dolor que me partió el cuerpo en dos.

Mientras rodaba como un muñeco roto por la banquina, alcancé a abrir los ojos. Vi las luces traseras del auto alejándose. Vi a la novia de Mateo asomarse por la ventana, riendo a carcajadas y agitando una botella de champaña en el aire. Estaban celebrando mi muerte. Brindaban por mis millones.

Creyeron que el viejo no iba a sobrevivir a semejante caída. Creyeron que habían cometido el crimen perfecto y que mañana cobrarían la herencia.

Pero se equivocaron. No morí. Y lo que hice apenas logré ponerme de pie en esa carretera vacía, es algo que no van a olvidar jamás.

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07/05/2026

El sonido de la olla de peltre chocando violentamente contra el asfalto es algo que no me puedo sacar de la cabeza.

Era martes por la noche. Don Tomás, un abuelo de 70 años, intentaba vender sus tamales en la esquina de siempre para poder llevar un pan a su casa. Hacía un frío que calaba los huesos.

De pronto, se acercó un tipo de chaqueta negra. Su mirada estaba vacía y no venía a comprar.

"O le pagas la cuota al padrino, o aquí no vendes más, viejo", le soltó el mafioso con asco.

"Pero muchacho... si hoy no he vendido nada", suplicó don Tomás con las manos temblando de miedo.

El tipo no tuvo piedad. De una patada volcó la olla gigante. El olor a masa caliente, salsa verde y hojas de plátano se mezcló con la basura de la calle.

"Esta es solo la advertencia", gritó antes de perderse en la oscuridad.

Días después, vi al pobre señor arrodillado, llorando desconsolado sobre sus tamales pisoteados. Un policía intentaba consolarlo. Parecía que por fin habría justicia. Pero la verdad era mucho más oscura y asquerosa.

Dentro de la estación, el joven oficial, llamado Mateo, descubrió lo impensable. Vio al mismo mafioso de la chaqueta negra dándole un sobre gordo a su propio jefe de policía. La sangre le hirvió en las venas.

"Usted también es un ma***to corrupto", le gritó Mateo en la cara a su comandante, sabiendo que acababa de firmar su sentencia de muerte.

Mateo miró fijamente a la cámara de seguridad, luego me miró a mí y dijo: "Voy a ayudar a ese señor y acabaré con esos mafiosos".

Se dio la vuelta, cargó su arma y salió a la noche.

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18/04/2026

La nuera degracias y la madre descuidado historia completa

18/04/2026

Me negué a creerle a la mujer que me dio la vida, hasta que vi la grabación oculta en la sala de mi propia casa.

Mi esposa siempre quería lo mejor. Cenas, lujos y salidas pagadas para sus amigas usando mis tarjetas. El límite llegó cuando me exigió la camioneta del año.

Le dije que no. Se acabó el relajo.

Ahí empezó el in****no.

Mi mamá vive con nosotros porque ya está mayor. De un día para otro, la noté extraña. Empezó a perder peso. Un jueves llegué del trabajo y la encontré temblando, encogida en un rincón de la cocina. Olía a miedo. Tenía la mirada perdida en el suelo.

"Tu mujer me odia, mijo", me dijo llorando bajito, casi sin voz. "Me hace pagar lo del carro".

Yo fui un ciego. Defendí a mi esposa. "¿Cómo crees, mamá? Ella te cuida cuando yo no estoy".

Pero la espina se me quedó clavada. Ese fin de semana escondí una camarita de seguridad dentro de un adorno viejo frente al sofá.

El lunes llegué a la oficina y abrí la aplicación en mi celular.

La sangre se me fue a los pies. El estómago se me revolvió.

El video mostraba a mi esposa. Ya no era la mujer dulce que yo conocía. Le había servido el almuerzo a mi madre, pero no en la mesa.

El plato de comida estaba tirado en el suelo.

"¡Trágatelo ahí, vieja chismosa!", se escuchaba nítido en el audio de mi celular. "¡Por tu culpa ando a pie!".

Vi en la pantalla cómo empujaba a mi mamá con el pie, tratándola literalmente como si fuera una perra callejera.

Me cegué del coraje. Salí corriendo del trabajo, me subí al carro y manejé hasta mi casa dispuesto a sacarla a la calle con todo y ropa.

Pero cuando abrí la puerta de la entrada de una sola patada, lo que vi me dejó sin respiración...

Continuación en los comentarios.

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Calle Mella 47
Vicente Noble
33191

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