05/10/2026
En los montes de encinas que rodean la ciudad de Ávila el otoño no se deja notar mucho debido al carácter perenne de las hojas de estos árboles. Sin embargo, hay excepciones. En una vaguada fértil, junto a una linde, hemos encontrado este arbusto caducifolio. Se trata de un endrino.
A medida que bajan las temperaturas y disminuye la luz, las hojas de esta planta pasan del verde a una rica gama cromática que incluye el amarillo dorado, el naranja, el pardo, e incluso matices rojizos y púrpura. Esto se debe a la degradación de la clorofila y la acumulación de pigmentos llamados antocianinas, un proceso, que en climas continentales secos como el abulense, ocurre de forma lenta y gradual, ofreciendo un variado y colorido espectáculo.
El hecho de que el arbusto no presentase muchas espinas nos hace pensar que no se trata de un endrino silvestre puro, sino más bien de un híbrido natural de éste con alguna forma de ciruelo silvestre. Lo que resulta inconfundible son sus frutos, las endrinas, con su color azul oscuro y una pátina cerosa que les proporciona un aspecto mate. Macerándolas en anís se elabora el famoso pacharán.