21/06/2026
Los niños se tragaron todas mis amarguras. Eso dijo Paquita la del barrio, 40 años después de lo que pasó, llorando sin poder contenerse. Mis hijos se tragaron todo eso. Ella cree que los mató, no con sus manos, no con violencia, con su dolor, con la angustia que cargaba, con las lágrimas que no pudo llorar, con el duelo que tuvo que tragarse para seguir funcionando.
El 11 de diciembre de 1977, su madre murió. El 26 de diciembre nacieron sus gemelos. El 29 de diciembre los dos estaban mu***os. 18 días. Su madre y sus dos hijos, todo en diciembre, todo en Navidad. Y Paquita cargó con esa culpa durante 50 años. Nunca la soltó. Cada diciembre la recordaba, cada Navidad la revivía. Cada vez que veía a una madre con gemelos.
Algo se le rompía por dentro y cada vez que cantaba, algo de ese dolor salía en su voz y nadie lo sabía. Nadie sabía que detrás de esa furia había una culpa que la consumía. Nadie sabía que la reina del despecho, la mujer que gritaba en los escenarios, la que cantaba rata de dos patas con una furia que hacía temblar cargaba por dentro con la idea de que ella había matado a sus propios hijos.
Hoy vas a entender por qué vas a conocer qué pasó exactamente en ese diciembre de 1977, día por día, hora por hora, vas a escuchar las palabras que ella usó para describirlo. 40 años después, sin poder dejar de llorar, vas a entender qué dolor cargaba antes de ese diciembre. El dolor que, según ella, sus hijos absorbieron.
Y vas a ver cómo esa culpa se convirtió en la voz que millones de mujeres han usado para gritar lo que no podían decir solas. También vas a descubrir algo que muy poca gente sabe. Rata de dos patas. La canción más famosa de Paquita. No fue escrita para ningún hombre que la lastimó. Fue escrita para el presidente de México. Pero eso viene después.
Primero necesitas entender de dónde venía el dolor que, según Paquita, mató a sus hijos. Porque este dolor no empezó con ella, empezó una generación antes con su madre y se repitió una y otra vez como una maldición que no podía romperse. Francisca Viveros Barradas nació el 2 de abril de 1947 en Alto Lucero, Veracruz.
Su padre estaba casado con otra mujer. Lee eso otra vez antes de dar su primer respiro. Paquita ya vivía en el dolor desde antes de nacer. Ya conocía el patrón que la perseguiría toda su vida. Hombres que pertenecen a otras, mujeres que aguantan, dolor que se hereda de madre a hija, su madre. Aurora había enviudado muy joven en tiempos de la Revolución Mexicana, con tres hijos pequeños, sola en un país destrozado por la guerra.
¿Qué opciones tenía una mujer viuda con tres hijos en el México de los años 20? Ninguna buena. Años después conoció al padre de Paquita, y él también era de otra, otra mujer, otra familia, otros hijos. Pero Aurora no tenía opciones, o eso sentía. Y así nació Paquita, hija de un amor prohibido, hija de un hombre que nunca fue suyo.
Paquita creció sabiendo que era la hija de la otra, la que no debería existir, la que cargaba con una vergüenza que no era suya, pero que todos le recordaban. En los pueblos pequeños todos saben todo, y todos sabían quién era el padre de Paquita y con quién estaba casado y que no era con Aurora las miradas, los susurros, las puertas que se cierran, una niña cargando una culpa que no era suya.
Ese fue el primer dolor que Paquita acumuló. La pobreza en esa casa era del tipo que marca el cuerpo y el alma para siempre. No tenían para zapatos. Paquita iba descalza por los caminos de tierra de Veracruz, con los pies agrietados, con el sol quemándole la piel, vendió pan en las calles, cortó mangos bajo el sol, cosechó café con las manos agrietadas, lavó ropa ajena.
Hizo lo que había que hacer para sobrevivir, todo antes de cumplir 15 años. No terminó la primaria a tiempo, empezó a los 10 cuando otros ya iban en quinto. La terminó a los 15 o 16 porque antes de estudiar había que comer, antes de leer había que trabajar, antes de soñar había que sobrevivir.
Pero había algo en esa niña descalza que nadie podía quitarle, algo que la pobreza no había podido destruir, algo que la vergüenza de ser hija de la otra no había podido apagar. montaba a caballo por los campos de Veracruz, sola, sin destino, sin nadie que le dijera a dónde ir. Y mientras cabalgaba, cantaba a todo pulmón, sin público, sin micrófono, sin nadie que la escuchara, excepto el caballo y el cielo abierto.
Cantaba las canciones de la radio, las rancheras de las fiestas del pueblo, los boleros que su madre tarareaba un día en la escuela. El maestro organizó un festival, preguntó quién sabía cantar y uno de los chamacos gritó, "Chica sabe", así le decían, "¡Chica!" La subieron a cantar frente a todos y algo cambió, no en ella, en cómo la miraban los demás.
De pronto, la niña descalza, la hija del hombre casado, tenía algo que los otros no tenían. Una voz, una voz que nadie le había enseñado a usar, una voz que había nacido sola entre caballos y soledad. No sabía que esa voz, décadas después cargaría el dolor de millones de mujeres.
Ni sabía el precio que iba a pagar por usarla. A los 15 años, Paquita terminó la primaria y consiguió trabajo en el registro civil de Alto Lucero. Ahí conoció al tesorero de la presidencia municipal, Miguel Gerardo Martínez, 44 años. Hombre importante, con dinero, con posición, con respeto en el pueblo. Paquita tenía 16, 28 años de diferencia.