11/01/2026
Navacerrada se subió al ‘tren de la Navidad’… y dejó al pueblo en el andén.
Hay pueblos que se preparan todo el año para la Navidad como quien afila un cuchillo con paciencia. Navacerrada, no. Las pasadas Navidades, que finalizaron esta semana, se afrontaron como quien improvisa una paella para doscientas personas con un Campingaz y arroz del chino… y luego se sorprende de que salga apelmazada.
Porque sí: ha venido gente. Mucha gente. Muchísima. Una marea humana digna de un éxodo bíblico, pero sin Moisés, sin tablas y, desde luego, sin nadie que abriera las aguas del sentido común. Una Navidad entendida no como celebración, sino como avalancha. Como si el éxito se midiera en pisotones por metro cuadrado y no en convivencia o sostenibilidad. Autobuses, coches, caravanas. Colas, empujones y móviles en alto como si aquí estuviera ocurriendo algo histórico. Pero entre tanto ‘posturista’, el sentido común se quedó atascado en El Puerto, La Fonda, El Poli, la Cerca del Moro, el Paseo de los Españoles, Villasante, Gargantón… colapso urbanístico y, lo que es peor, colapso cerebral. Porque, Corporación, cantidad no es lo mismo que calidad, y llenar no es lo mismo que cuidar.
¿Y los vecinos?... Esos seres mitológicos que parecen no existir en los planes oficiales han sido desplazados. No invitados, no escuchados: ignorados. El pueblo dejó de ser hogar para convertirse en parque temático bloque bajo, donde todo vale mientras entren autobuses, coches, patinetes y hordas de mochileros. El vecino estorba. Los residentes molestan. El que vive aquí todo el año parece no tener derecho a existir cuando llega diciembre. Los cerrudos observamos el resultado con una mezcla de cansancio, enfado y una tristeza que no sale en las fotos de Instagram. ¿Encabronados o empadronados....? ¡Elegid!
Porque mientras el pueblo se llenaba hasta el desbordamiento, los servicios brillaban por su ausencia. Faltaban manos, faltaban medios, faltaba previsión. Y en este punto es imposible no hablar de la Policía Local de Navacerrada, porque su papel durante estas Navidades ha sido, sencillamente, testimonial… cuando no inexistente. Con el pueblo desbordado, accesos colapsados, tráfico sin control, peatones caminando entre coches y situaciones de riesgo claras —también durante actos oficiales—, la presencia policial brilló por su ausencia. Ni regulación eficaz, ni control de afluencia, ni sensación mínima de seguridad. Nada. Un vacío difícil de justificar en un escenario que clamaba a gritos orden, prevención y autoridad. No se trata de criminalizar a los agentes, nada más lejos de mi intención, sino de señalar una evidente falta de planificación, refuerzos, coordinación y entendimiento. Porque cuando no hay policía en la calle, no hay disuasión, no hay control y el caos se convierte en norma. Y eso, en un evento de esta magnitud, no es un detalle menor: es una irresponsabilidad institucional absoluta.
Y el visitante… ¡ay, ese visitante! Aquel dominguero de siempre, el de botas limpias, café caliente y respeto tranquilo, ha sido sustituido por una masa —aún por definir— de paso rápido, consumo mínimo y huella máxima. Mucho ruido, poco retorno. Mucha bolsa de plástico, poca mesa a la carta. La calidad del visitante ha caído por debajo del nivel de la nieve. Y eso, para un pueblo que vive del equilibrio entre turismo y dignidad, es un serio problema.
Visitantes atraídos por una comunicación institucional en piloto automático. Publicaciones con la certeza absoluta de que las crea una máquina sin haber pisado en su vida nuestro pueblo. Poco Navacerrada real. Da la impresión de que se trabajó más a base de ‘prompts’ que de calle, más copiando y pegando que escuchando. Mensajes intercambiables, válidos para cualquier otro pueblo, como si todos compartieran la misma Navidad, la misma plaza del Doctor Gereda. La inteligencia artificial puede ayudar, claro, pero cuando sustituye al trabajo, al criterio y al conocimiento local, lo que queda es una comunicación fría, impersonal y ligeramente insultante para quien sí vive aquí y reconoce cuándo le están hablando sin saber de qué.
Y en medio de todo este despropósito, los hosteleros del municipio —a los que se les ‘presupone’ los grandes beneficiados de esta Navidad— muchos coinciden en algo que apenas se ha querido contar: esta Navidad ha sido casi imposible comer en Navacerrada. No por falta de oferta ni de voluntad, sino por puro colapso. Trabajadores que no llegaban a tiempo, proveedores bloqueados en accesos imposibles, reservas saltando por los aires y cocinas funcionando a medio gas. Restaurantes llenos de gente… pero no de clientes. Mucho tránsito, poca rotación, consumo mínimo y tensión máxima. El caos convirtió el supuesto éxito turístico en un problema económico real para muchos negocios, que vieron cómo la avalancha no se traducía en ingresos, sino en desgaste. Porque cuando no se puede trabajar con orden, ni atender con dignidad, ni garantizar un servicio básico como sentarse a comer, lo que hay no es prosperidad: es fracaso de planificación compartida.
Navacerrada ha sido —durante esta Navidad recién acabada— un decorado ‘al uso’… para un caos horrible. Todo esto —y aquí está la herida abierta— se ha hecho sin sentar a la mesa a todos los actores del municipio. Sin diálogo real. Sin planificación compartida. Sin escuchar a quienes llevan años levantando persianas con frío gélido o calor extremo, pagando impuestos con fe y sosteniendo la economía local con su esfuerzo diario. La Navidad Cerruda 2025 no se construyó: se lanzó al aire y se cruzaron los dedos. Y no, gobernar no es cruzar los dedos.
Lo que ahora toca no es mirar atrás con excusas, sino mirar hacia delante con responsabilidad. Porque las próximas Navidades no empiezan en diciembre: empiezan ahora (San Antonio y Patronales mediante). Doce meses por delante para preparar, planificar, dialogar y consensuar una Navidad pensada con cabeza y con pueblo. Con vecinos, hosteleros, comerciantes, técnicos, servicios y seguridad sentados en la misma mesa. Con objetivos claros y límites definidos.
Este no es un texto contra la Navidad. Ni contra el turismo. Ni siquiera contra el Ayuntamiento como concepto abstracto. Es un texto contra la ligereza, contra el “ya veremos”, contra el gobernar a base de ocurrencias y ‘reels’. Es una súplica envuelta en sarcasmo: si vais a seguir gobernando, por favor, dejad de ser paternalistas. Dejad de ser ‘parrulistas’. No confundáis mandar con imponer el “porque yo lo digo”, ni éxito con multitud. Involucrad. Escuchad. Planificad. Haced de la Navidad el evento del año, sí, pero del año entero, no de quince días de colapso absoluto, insalubridad e inseguridad total.
Porque un pueblo NO se mide por cuánta gente cabe en la plaza, sino por cuánta gente quiere seguir viviendo en él cuando se apagan las luces. Navacerrada no necesita más masas. Necesita más cabezas pensantes.
Y, si me permiten el romanticismo final, también un poco más de amor por nuestro pueblo… pero bien organizado.
Primero el pueblo.
Siempre Navacerrada.
Fdo.: Óscar Gracia González.