26/09/2026
Tras publicar sobre cachemira y lana merino, una mujer me escribió con respeto: no cree posible vestir conscientemente con el resultado de la explotación animal.
Podría haberme defendido en dos frases. Pero su mensaje merecía otra cosa: investigar, nombrar lo que está mal y no meter toda la lana en el mismo s**o.
No creo que esquilar sea maltratar por sí mismo. Muchas razas laneras necesitan una esquila periódica porque el vellón crece continuamente. Bien hecha, mantiene al animal cómodo; con prisas o mal manejo puede causarle estrés y lesiones.
También hay prácticas que causan un sufrimiento real. El mulesing consiste en retirar piel de la parte trasera de corderos para intentar evitar la miasis. Es doloroso, existen alternativas y RWS lo prohíbe. Esa parte no necesita palabras bonitas.
No toda la lana procede del mismo país, explotación o sistema. Por eso importa la trazabilidad. RWS establece criterios de bienestar animal, prohíbe el mulesing y sigue la lana a través de la cadena.
Cuando una marca dice “100 % lana”, ya sé qué fibra compro. También quiero conocer su origen, si está libre de mulesing, quién lo verifica y cómo se controla la esquila.
A veces el debate termina sustituyendo lana por poliéster. Para mí, ahí no acaba nada: procede de recursos fósiles y libera microplásticos durante su fabricación, uso, lavado y gestión como residuo. Evitar un problema no debería ocultar el siguiente.
Seguiré eligiendo lana. Pero quiero lana con origen conocido, animales bien tratados y prendas pensadas para acompañarnos durante años.
Quizá no todas las personas lleguemos a la misma conclusión. Lo importante es no dejar de preguntar solo porque una etiqueta suene bien.
📚 Fuentes consultadas: RSPCA, Textile Exchange, FOUR PAWS y Agencia Europea de Medio Ambiente.