30/07/2026
En la estación subterránea, a las 2:13 siempre pasaba lo mismo: el altavoz chasqueaba, la luz parpadeaba y alguien, desde el andén de enfrente, decía tu nombre como si lo conociera.
Aquel martes, el altavoz no chasqueó. Solo se oyó un susurro, pegado a mi oído:
“No mires atrás.”
Me quedé congelado. Frente a mí, el tren llegó con puertas abiertas, y dentro… no había pasajeros. Había espejos. Muchos espejos. Cada uno reflejaba una versión distinta de mi vida: una donde nunca vine aquí, otra donde perdí a alguien, otra donde sí miré atrás.
Quise apartar la vista, pero el último espejo—el que estaba justo a mi altura—mostró algo imposible: yo caminando hacia la salida, con los ojos vendados.
Entonces entendí la trampa.
El que decía mi nombre no quería detenerme… quería que yo hiciera el cambio. El altavoz volvió a funcionar, y con una voz cansada, como si hablara desde hace años, anunció:
“Próxima estación: Atrasado.”
Y el tren, sin moverse, tiró de mí hacia adentro como si ya estuviera en marcha.