Jeda Clavo Novelas

Jeda Clavo Novelas Creadora de novelas románticas y relatos cortos.

—Mamá… ¿por qué papá está en una revista besando a otra mujer?Ese fue el momento exactoen el que dejé de ser solo una mu...
27/12/2025

—Mamá… ¿por qué papá está en una revista besando a otra mujer?

Ese fue el momento exacto
en el que dejé de ser solo una mujer traicionada…
y me convertí en una madre en guerra.

Nadie toca a mi hija.
Nadie me vuelve a humillar.

📖 Mentiras Cruzadas
Amor, traición y una venganza que no pide permiso.

Disponible solo en Buenovela.

Adrián eligió la fama y me desechó con nuestra hija. Maximiliano Delacroix me eligió a mí... pero para destruir a Adrián...
21/12/2025

Adrián eligió la fama y me desechó con nuestra hija. Maximiliano Delacroix me eligió a mí... pero para destruir a Adrián. Max es oscuro, posesivo y letalmente atractivo con ese traje negro que grita poder. Él prometió protegerme, pero ¿quién me protege de enamorarme de él? Cuando la farsa se vuelve real, los secretos del pasado amenazan con destruir nuestra nueva familia.

📖 Descubre cómo Amy pasa de ser la víctima a la dueña del imperio Delacroix. 🔗

Se casó con otra en televisión nacional y me pidió que fuera su amante —dijo Amy llorando. Maximiliano ajustó su traje oscuro y sonrió con frialdad: —Sécate esas lágrimas. Vamos a arruinarlo. Y cuando termine contigo, él deseará nunca haberte conocido.

¿Venganza o Amor Verdadero? ❤️‍🔥 La historia de Amy y Max te dejará sin aliento.

Mentiras Cruzadas. Novela completa. Disponible en Buenovela.

Gracias infinitas a todos 🙏
18/12/2025

Gracias infinitas a todos 🙏

La esposa equivocada del CEO Capítulo 1.Lyanna Harrison apretó el cuello raído de su chaqueta. La lluvia fina empapaba s...
18/12/2025

La esposa equivocada del CEO
Capítulo 1.

Lyanna Harrison apretó el cuello raído de su chaqueta. La lluvia fina empapaba su ropa y se le metía hasta los huesos. Para ella el mundo era frío, húmedo y gris.

Llevaba tres días sin comer nada decente. Su maleta, vieja y desgastada, pesaba como una losa.

Se le había vencido la renta, y el casero no quiso darle oportunidad de pagar después, sobre todo al enterarse de que había quedado desempleada hace unos días. Así que terminó echándola sin compasión.

Un claxon estridente la sacó de sus pensamientos. Giró la cabeza.

Las luces de un coche negro la cegaron. Un golpe seco. El sonido de un cristal rompiéndose. Luego, nada.

Sensaciones confusas la atravesaron. Voces lejanas. El olor a desinfectante. Una luz blanca y dolorosa.

—Señora Valerián —dijo una voz nítida—. ¿Puede oírme?

Lyanna parpadeó. Una enfermera de sonrisa profesional le tomaba el pulso.

—Hay… un error —logró decir. Su garganta estaba áspera.

—El golpe fue leve, pero la conmoción es seria —continuó la enfermera, ignorándola—. Su esposo está en camino.

—¿Esposo? Yo no tengo esposo —Lyanna intentó sentarse. Un dolor punzante en la cabeza se lo impidió.

No tuvo tiempo de protestar más. La puerta de la suite hospitalaria se abrió de par en par.

Y el aire se heló.

El hombre que entró no parecía un esposo preocupado. Parecía un verdugo.

Alto, con un traje oscuro que gritaba dinero y poder, avanzó con una calma aterradora. Su mirada, de un gris glacial, escaneó la habitación y se clavó en ella como un dardo.

Lyanna se sintió desnuda. Expuesta.

—Así que este es tu nuevo juego —dijo él. Su voz era baja, plana, y cortaba como cuchillo—. Fingir amnesia. Es original, lo admito.

—No… no sé quién es usted —susurró Lyanna, con un hilo de voz.

Él soltó una risa breve y seca. Un sonido sin alegría.

—Claro que no. Después de desaparecer tres meses sin dar explicaciones, ahora no recuerdas nada. ¡Qué oportuno!

Se acercó a la cama. Lyanna instintivamente retrocedió contra las almohadas. Él despedía un aroma a madera cara y algo peligroso.

—Escúchame bien, Lena —susurró, inclinándose hasta que su aliento rozó su mejilla—. No me importa qué tramas. Pero Harry te ha llorado cada noche. Si piensas usarlo como moneda de cambio, te arrepentirás.

—Harry —repitió Lyanna. El nombre le sonó extraño en la boca, pero despertó algo en su pecho. Una punzada de protección.

—Mi hijo —aclaró él, con un deje de amargura—. El niño al que abandonaste por… ¿Qué fue esta vez? ¿Dinero? ¿Libertad? ¿Un hombre nuevo?

Lyanna negó con la cabeza, abrumada. Todo era demasiado. El lujo, la acusación, el odio en sus ojos.

—No soy Lena —insistió, con más fuerza—. Me llamo Lyanna… —Pero antes de que pudiera terminar, él la calló, mirándola con desprecio puro.

—Lyanna —repitió, saboreando el nombre con sarcasmo—. Bonito toque. Suena casi creíble. Pero tus documentos dicen Lena Valerián. Y yo me casé con documentos, no con cuentos de hadas.

Se irguió, mirándola desde la altura.

—Te dan el alta mañana. Un coche te recogerá. Vendrás a casa, te comportarás como una madre decente frente a Harry y asistirás a la cena benéfica conmigo el viernes. No es una petición.

—No puedo ir con usted —protestó ella, sintiendo cómo el pánico crecía en su garganta—. ¡No la conozco!

Él ya estaba en la puerta. Se volvió por última vez.

—Mañana. A las ocho. No me obligues a enviar a alguien a… persuadirte. No te gustarán mis métodos.

La puerta se cerró con un golpe sordo.

Lyanna se quedó temblando. Miró sus manos vacías. No tenía cartera. No tenía identificación. No tenía un solo peso.

La enfermera entró con un vaso de agua y una pastilla.

—Tómeselo. Le ayudará a descansar.

—Él se equivoca —dijo Lyanna, desesperada—. ¡No soy su esposa!

La enfermera le ofreció una sonrisa compasiva.

—Lo sé, cariño. Es muy duro. La amnesia debe ser aterradora. Pero no se preocupe, con el tiempo todo volverá.

Lyanna cerró los ojos. La frustración era un n**o en el estómago. Nadie la escuchaba. Nadie la creía.

Al día siguiente, un chofer impecable la esperaba. La llevó en silencio hasta un coche tan negro y brillante que parecía un ataúd con ruedas.

El viaje fue un borrón de calles elegantes que se transformaban en avenidas arboladas, hasta llegar a una verja de hierro imponente que se abrió sola.

La casa no era una casa. Era una fortaleza de mármol y cristal. Un monumento a la riqueza y la frialdad.

El chofer abrió su puerta.

—Bienvenida a casa, señora Valerián.

Cada paso que daba sobre el mármol pulido resonaba como un latigazo en el silencio. Una empleada joven le tomó la maleta con una reverencia nerviosa.

—El señor Valerián la espera en el estudio, señora.

—¿Dónde queda? —preguntó.

La mujer rodó los ojos, pero la guio. El estudio olía a cuero viejo y whisky caro. Ares estaba de espaldas, mirando por la ventana.

—Pensé que huirías —dijo sin volverse.

—Lo intenté —mintió Lyanna, con la voz más firme que pudo—. El chofer era muy grande.

Él se dio la vuelta. Una ceja ligeramente arqueada.

—Un atisbo de humor. Interesante evolución.

Cruzó la habitación hasta quedar peligrosamente cerca. Su mirada recorrió su rostro, buscando grietas.

—Aquí tienes las reglas —dijo su voz, un susurro de hielo—. No hables con la prensa. No cuestiones mis órdenes. Y no le hagas daño a mi hijo. Si tocas un pelo de Harry, lo que viene hará que tu "accidente" parezca un paseo por el parque.

—No le haría daño a un niño —replicó ella, con genuina ofensa.

—No confío en ti —él sonrió, un gesto frío y torcido—. Pero tu hijo sí te quiere, a pesar de no ser buena madre. Por eso estás aquí.

De repente, un ruido. Pequeños pasos corriendo por el pasillo.

La puerta del estudio se abrió de golpe.

Un niño de unos cinco años, con el pelo oscuro despeinado y unos ojos grandes y brillantes, se quedó paralizado en el umbral. Miró a Lyanna. Su pequeña boca se abrió ligeramente.

—¿Mamá?

El corazón de Lyanna se detuvo.

El niño, Harry, no esperó una respuesta. Corrió hacia ella y se aferró a sus piernas con una fuerza sorprendente.

—¡Sabía que volverías! Papá dijo que no, pero yo sabía que volverías por mí.

Lyanna miró por encima de la cabeza del niño hacia Ares. Su rostro era una máscara de piedra, pero sus nudillos, apoyados en la mesa, estaban blancos.

Ella bajó la vista. Harry la miraba con una fe tan absoluta, tan vulnerable, que le partió el alma en dos.

No lo pensó.

Se arrodilló, envolviéndolo en un abrazo. El niño olía a champú para niños y a galletas. Era el olor más honesto que había olido en su vida.

—Sí, cariño —susurró, y su voz sonó ronca—. Ya estoy aquí.

Por encima del hombro del niño, sus ojos se encontraron con los de Ares. No era una súplica. Era un desafío.

Esto es por él, dijo su mirada. No por ti.

Ares sostuvo su mirada por un instante eterno. Algo indescifrable cruzó sus ojos grises. No era suavidad. Era… confusión. Una grieta en su armadura de hielo.

Luego, asintió, una vez, bruscamente.

—Harry, tu madre está cansada —dijo, su voz menos cortante que antes—. Deja que descanse.

El niño se aferró a la mano de Lyanna.

—¿Vendrás a leerme un cuento más tarde? —preguntó, con los ojos llenos de esperanza.

Lyanna sintió una sonrisa genuina, la primera en mucho tiempo, tocando sus labios.

—Claro que sí.

Ares observó cómo su hijo arrastraba a esa mujer, que decía ser extraña, pero que tenía el rostro de su esposa, fuera del estudio. La puerta se cerró.

Quedó solo en el silencio cargado de la habitación. Durante esos meses la ausencia de su esposa lo había atormentado. Y de pronto aparecía tan distinta. ¿Podía ser posible que la falta de memoria le provocaba eso? Todo era un misterio.

Disponible en Buenovela.

Juego de errores prohibidos.El calor de Los Cabos no era nada comparado con el incendio que Renata llevaba por dentro.Do...
16/12/2025

Juego de errores prohibidos.

El calor de Los Cabos no era nada comparado con el incendio que Renata llevaba por dentro.

Dos margaritas y un shot de tequila. Esa había sido su dosis de valor para cruzar el pasillo de mármol de la Suite Imperial.

Aunque sabía que lo que haría estaba mal, estaba un poco achispada y eso no la dejaba pensar con claridad. Pese a que una parte de ella sabía que era una locura. También sabía que la relación entre Bruno Ávalos y su esposa no estaba bien y que en ese momento él estaba solo en la terraza, porque su esposa y Camila, su mejor amiga, la hija de él, no regresarían hasta dentro de tres horas.

Renata empujó la puerta corrediza de cristal. El aire acondicionado de la sala chocó con la brisa salada del exterior. Allí estaba él. Bruno.

El "Tiburón de Reforma". El hombre que construía rascacielos en Ciudad de México pero que no lograba construir un hogar feliz.

Estaba de espaldas, con una camisa de lino blanca arremangada hasta los codos, sosteniendo un vaso de whisky como si quisiera romperlo.

Renata se aclaró la garganta. El sonido salió pastoso.

Bruno giró la cabeza. Sus ojos oscuros, habitualmente fríos y calculadores, la escanearon de arriba abajo. Renata llevaba solo una salida de baño de encaje sobre el bikini. No dejaba nada a la imaginación.

—Renata —dijo él. Su voz era grave, autoritaria—. Pensé que estabas con las chicas.

—Me dolía la cabeza —mintió ella, acercándose. Sus pies descalzos no hacían ruido—. Preferí quedarme.

—Deberías ir a recostarte, entonces.

Bruno volvió a mirar al mar, dándole la espalda. Un gesto de desdén que a Renata le dolió más que una bofetada.

El alcohol en su sangre le gritó que no se rindiera. Llevaba dos años enamorada de él en silencio, viéndolo sufrir en un matrimonio de apariencias, donde era evidente que ninguno se amaba y notando cómo él la miraba cuando creía que nadie se daba cuenta.

—No quiero recostarme sola, Bruno.

El silencio que siguió fue denso.

Bruno dejó el vaso sobre la baranda con un golpe seco y se giró lentamente.

—¿Qué dijiste?

Renata acortó la distancia. El corazón le martillaba contra las costillas.

—Dije que sé que no eres feliz con Lourdes. Que ese matrimonio está roto y que quieres divorciarte. Y Veo que me deseas Bruno. Que te estás ahogando en esa relación... y yo puedo ser tu aire. Yo puedo ocupar su lugar. Ella no va a estorbarnos.

Ella estiró la mano y tocó su pecho. La piel de él ardía bajo el lino.

Por un segundo, solo un ma***to segundo, Bruno no se movió. De hecho, luchó con el deseo que se agitaba en su interior. Porque lo peor es que ella tenia razón en cada palabra que había pronunciado.

Renata vio cómo sus pupilas se dilataban. Vio el deseo crudo, animal, peleando con la razón. Envalentonada, se alzó de puntillas e intentó besarlo.

Fue un error.

Bruno la sujetó por las muñecas con una fuerza que casi le hizo daño y la apartó de un empujón violento.

Renata tropezó, cayendo sobre uno de los sofás de mimbre de la terraza.

—¡¿Qué demonios te pasa?! ¡¿Te volviste loca?! —bramó él.

—Bruno, yo... —Renata sintió que las lágrimas picaban en sus ojos.

La vergüenza empezaba a ganarle al alcohol.

—¡Eres una niña, Renata! —le gritó, señalándola con un dedo acusador—. ¡Eres la mejor amiga de mi hija! ¡Podría ser tu padre, por Dios! ¿Tienes idea del asco que me da que te insinúes así?

—¡MENTIRA! ¡No te doy asco! —gritó ella, poniéndose de pie, tambaleándose—. ¡Sé cómo me miras!

—Te miro con lástima —mintió él, implacable, buscando herirla para alejarla, porque por más que su matrimonio estuviera a punto de romperse, él no podía hacer eso —. Ahora, lárgate de mi vista. Vete a tu habitación y no salgas hasta que se te pase la borrachera. Y ni se te ocurra, ni por un segundo, pensar que esto volverá a pasar.

Bruno pasó por su lado, entrando a la suite y azotando la puerta principal de la suite.

Renata se quedó sola en la terraza, humillada, con el maquillaje corrido y el orgullo hecho pedazos.

No quería ver a nadie. No podía enfrentar a Camila después de esto.

Corrió hacia la tercera habitación de la suite, donde ella se estaba quedando. Se lanzó a la cama y enterró la cara en la almohada para ahogar los sollozos. El llanto y el tequila hicieron su efecto rápido. En menos de veinte minutos, cayó en un sueño profundo y negro.

No escuchó cuando la puerta principal de la suite se abrió una hora después. No escuchó el tarareo alegre de Lourdes entrando con bolsas de compras.

Tampoco escuchó los pasos sigilosos de la sombra que entró después de ella.

*****

Renata despertó de golpe. No supo qué hora era. La habitación estaba en penumbra.

Tenía la boca seca y la cabeza le palpitaba.

Algo la había despertado. ¿Un grito?

Se sentó en la cama, desorientada.

—¿Bruno? —llamó en voz baja.

Nadie respondió, pero escuchó algo más. Un rugido. Un aullido desgarrador que venía de la sala. No parecía humano.

Renata se levantó, mareada, y abrió la puerta de su cuarto.

La suite estaba vacía, pero las cortinas del balcón volaban violentamente por el viento de la noche.

Caminó hacia allá, con un mal presentimiento helándole la sangre.

Al llegar al umbral de la terraza, vio a Bruno.

Estaba de rodillas, aferrado a los barrotes del barandal, mirando hacia abajo. Su cuerpo entero temblaba como si tuviera convulsiones.

—¿Bruno? —preguntó ella, asustada.

Él se giró.

Renata retrocedió un paso. Nunca había visto una cara así. Estaba pálido, cadavérico, con los ojos inyectados en sangre y la boca abierta en una mueca de horror absoluto.

—Ella... —susurró Bruno, con la voz rota—. Lourdes...

Renata corrió al barandal y miró hacia abajo.

El mundo se detuvo.

Siete pisos abajo, sobre las rocas decorativas de la piscina vacía que estaban remodelando, yacía el cuerpo de Lourdes. Estaba en una posición antinatural, como una muñeca rota. Un charco oscuro comenzaba a expandirse bajo su cabeza, brillando bajo las luces del jardín.

—¡No! —El grito se le escapó a Renata, llevándose las manos a la boca.

Bruno se puso de pie lentamente. No miraba el cuerpo. Miraba a Renata.

Su expresión cambió. El dolor se transformó en algo mucho más peligroso. Una frialdad letal.

—Tú... —dijo él.

—Bruno, yo... me quedé dormida... no escuché nada... —balbuceó Renata, temblando.

Bruno avanzó hacia ella como un depredador. La acorraló contra el vidrio.

—¿Dormida? —escupió la palabra—. Hace unas horas me dijiste que ella estorbaba. Me dijiste que querías su lugar.

—¡No! ¡Yo no quise decir eso! —Renata lloraba histéricamente—. ¡Fue el alcohol!

—¡Mientes! —Bruno la agarró por los hombros y la sacudió con violencia—. ¡Estabas aquí! ¡Eras la única que estaba aquí! ¿Qué hiciste, Renata? ¿La empujaste? ¿La esperaste para matarla?

—¡Te juro que no! ¡Yo estaba en mi cuarto!

—¡La mataste para quedarte conmigo! —gritó él, fuera de sí, mezclando su propia culpa con una acusación delirante—. ¡Me distrajiste con tu juego sucio de seducción para esto! ¡Es tu culpa!

Golpes en la puerta principal.

—¡Seguridad! ¡Abran la puerta!

Bruno no la soltó. Sus dedos se clavaron en la piel de ella, marcándola.

—Escúchame bien, niña —susurró, con un tono que prometía el in****no—. Si fuiste tú, te voy a destruir. Voy a hacer que desees haberte lanzado tú también por ese balcón.

La puerta de la suite se abrió de golpe. Entraron dos guardias de seguridad y, detrás de ellos, una Camila pálida que venía corriendo desde el lobby.

—¡Mamá! —gritó Camila.

Bruno soltó a Renata como si quemara. La chica cayó al suelo, sollozando, mientras veía cómo la vida que conocía se desmoronaba. Lourdes estaba mu**ta. Y a los ojos del único hombre que amaba, ella era la asesina.

Pero la noche apenas empezaba. Y el dolor, a veces, es el afrodisíaco más retorcido de todos.

Disponible en Buenovela. Actualizaciones diarias.

Cuando abrió los ojos, alguien dijo: "Su esposo está en camino."Ella no tenía esposo.Pero el mundo entero aseguraba lo c...
30/11/2025

Cuando abrió los ojos, alguien dijo: "Su esposo está en camino."

Ella no tenía esposo.
Pero el mundo entero aseguraba lo contrario.

El problema no era que la confundieran con otra mujer…
El problema era que no tenía forma de demostrarlo.

Y cuando quiso escapar, él la advirtió con voz baja y peligrosa:

—Si te vas, te quito hasta el derecho de respirar.

💍 La Esposa Equivocada del CEO
La mentira que se volvió destino.
El enemigo que se volvió deseo.

Disponible en Buenovela.

Mi padre me despreció… y ahora que soy famoso me busca. Jeda Clavo No sé en qué momento mi vida cambió.Tal vez fue el dí...
24/11/2025

Mi padre me despreció… y ahora que soy famoso me busca.

Jeda Clavo

No sé en qué momento mi vida cambió.

Tal vez fue el día en que toqué por primera vez una pelota y sentí que era lo único que me hacía libre. O a lo mejor fue mucho antes, cuando mi madre decidió no rendirse, aunque todos le dieron la espalda.

Me llamo Diego Ramírez, tengo dieciséis años, y hoy juego en el “Fútbol Club Barcelona”.

Cuando entro a la cancha y escucho el rugido del estadio, siempre pienso en ella: en mi madre, Fátima.

Porque si alguien merece los aplausos, es ella, no yo.

Mi madre tenía apenas 18 años cuando él apareció.

Ese “él” que después sabría que fue mi padre.

Ella siempre me contó su historia sin odio, pero con una tristeza que dolía más que cualquier insulto.

Me decía que era joven, ingenua, que creía en el amor y que él, “‘Pedro” así se llamaba mi progenitor, sabía exactamente qué palabras usar para calentarle la oreja.

Era un hombre mayor que ella por 10 años experimentados, de esos que saben envolver a una mujer con halagos.

Le decía palabras que destilaban dulzura, le llevaba flores, la buscaba todos los días al salir de sus clases y la llenaba de promesas.

Y ella, con el corazón abierto, terminó creyendo que había encontrado al hombre de su vida.

Salieron juntos por semanas. Y una noche, esa noche que mi madre recuerda como el principio y el fin de su inocencia, él le dijo que la amaba.

Ella, con la mirada brillante, le creyó.

Y al día siguiente, ya no volvió a buscarla.

Pasaron los días, luego las semanas, y la ausencia se hizo costumbre.

Hasta que una mañana, con náuseas y mareada, con el corazón acelerado, mi madre comprendió que algo crecía dentro de ella.

Era yo.

Me contó que temblaba mientras sostenía la prueba en sus manos, que lloró de miedo y esperanza al mismo tiempo. Y lo llamó.

Y cuando al fin él respondió, solo le dijo:

—Eso no es problema mío. Yo no tengo nada que ver contigo.

Y cortó.

Ella se quedó en silencio, mirando el teléfono.

No la buscó, no supo nada de él y desapareció.

Después vino el verdadero golpe: sus padres.

Le contó la verdad. Les dijo que estaba embarazada.

Y en lugar de apoyo, encontró rechazo.

Su padre, mi abuelo, le gritó que había deshonrado a la familia, que no podían cargar con su vergüenza.

Y aunque su madre lloró, pero no hizo nada por detenerlo.

Esa noche, mamá salió de la que había sido su casa con una maleta, un vientre pequeño y un corazón destrozado.

Tenía 18 años y ninguna certeza.

Pero me tuvo a mí.

Trabajó lavando ropa, limpiando casas, fregando pisos de día. Después encontró trabajo de mesera en un restaurante y de noche, seguía estudiando.

Dormía poco, comía menos.

A veces, me contaba, se acostaba con el estómago vacío, pero con la mano sobre su vientre, prometiéndome que todo iba a estar bien.

Y cumplió.

Cuando nací, me llamó Diego, “porque significaba fuerza y destino”, decía.

Y desde ese día, su vida giró en torno a mí.

Crecí viéndola luchar.

Nunca la escuché quejarse.

Ella es de esas mujeres que se rompen por dentro pero sonríen igual, como si nada doliera.

A los seis años, le pedí una pelota.

No podía comprarla.

Así que me trajo una hecha con medias viejas.

“Empieza con eso, campeón”, me dijo.

Y yo lo hice.

Jugaba en el patio, en la calle, en el lodo, en cualquier parte.

Los vecinos me apodaron “el rayo”, porque no paraba ni un segundo.

Ella me miraba desde la ventana, con una mezcla de miedo y orgullo.

Cuando cumplí diez años, una tarde cualquiera, un hombre que pasaba me vio jugar.

Era entrenador de una escuela local. Le pidió a mi madre permiso para inscribirme.

Ella no tenía dinero, pero el hombre le respondió.

—Este chico no necesita pagar. Solo necesita jugar.

Así empezó todo.

Entrenaba hasta el anochecer.

Corría descalzo a veces, pero con el alma encendida.

A los doce años, gané mi primer campeonato escolar.

Mi madre lloró tanto ese día que creí que no le quedaban lágrimas.

A los trece, un cazatalentos del Barcelona, me vio en un torneo juvenil. Y nos llamó.

Dijo que quería llevarme a España para probarme.

Mi madre pensó que era una broma.

Pero no lo era.

Cuando llegamos, lo recuerdo todo: el olor del césped, el peso de los tacos nuevos, el estadio gigante. Y el miedo.

El miedo de fallar. De fallarle a mi mamá.

Pero cada vez que me sentía pequeño, recordaba a mi madre con sus manos agrietadas por el jabón y el frío, doblando ropa hasta tarde para que yo pudiera estudiar y seguir adelante.

Ese pensamiento me daba alas.

A los quince años, tuve mi primer contrato profesional.

El más joven en hacerlo en mi categoría.

Cuando se lo conté, ella lloró en silencio, como mi madre, porque yo era menor de edad, firmó el contrato. Ese día apretó el documento entre los dedos.

—Sabía que lo ibas a lograr, hijo —me dijo.

Y yo le respondí.

—Esto es por y para ti, mamá. Todo.

Desde entonces, nuestra vida cambió.

De la habitación con goteras en nuestro país, pasamos a un apartamento pequeño, pero luminoso en Barcelona.

Podía llevarla a comer afuera, comprarle flores, y ella todavía se sonrojaba como una adolescente.

Y entonces, él volvió.

Una tarde, después de un entrenamiento, mi representante me dijo:

—Hay alguien esperándote afuera. Dice que es tu padre.

El corazón me dio un vuelco. Lo había escuchado nombrar tantas veces, pero nunca lo había visto.

Salí. Ahí estaba.

Cabello castaño tan parecido al mío, con algunas canas, mirada cansada, una sonrisa forzada.

—Hola, Diego —dijo con una voz que sonó extrañamente vacía—. Soy Pedro… tu padre.

Esa palabra me quemó. “Padre”. Qué fácil era decirla, y qué difícil ganársela.

Me contó que había sabido de mí por las noticias, por los programas deportivos.

Que se sentía orgulloso, que quería conocerme, recuperar el tiempo perdido.

Dijo que había cometido errores, que la vida le había enseñado.

Yo lo escuché en silencio. Y cuando terminó, le pregunté:

—¿Y dónde estabas cuando mi madre lloraba de hambre? ¿Cuándo decía que ya había comido solo para darme el pan completo a mi?

—Era joven, hijo, tenía miedo…

—¿Joven? Ella era mucho más joven que tú —reí amargamente—. ¿Miedo? ¿Crees que ella no lo tenía?

Él bajó la cabeza.

—Quiero pedirte perdón. Quiero ser parte de tu vida.

Me levanté despacio. Tenía dieciséis años, pero la rabia me hacía sentir más viejo.

—Tarde llegaste —le dije—. Cuando era niño, solo tuve una persona a mi lado, y no fuiste tú.

Él quiso decir algo, pero no lo dejé.

—No necesito un padre. Ya tengo todo lo que necesito.

Y lo señalé con el corazón.

—Tengo a la mujer que me dio la vida, que se ensució las manos para darme pan, que se partió el alma para que yo llegara hasta aquí. Ella fue madre y padre. Y tú… solo un desconocido.

El silencio se hizo largo.

Sus ojos se llenaron de lágrimas, pero ya era tarde. Porque el amor, cuando se abandona, no vuelve igual.

Me di la vuelta y entré al coche que me llevaría a casa. No miré atrás.

Cuando llegué a casa, mi madre estaba viendo un partido mío grabado en la televisión.

Al verme entrar, sonrió.

—¿Cómo te fue, campeón? —preguntó.

La abracé.

Sentí su olor a hogar, su calor, su amor infinito.

—Bien, mamá. Gané otra vez.

Ella rió sin entender el doble sentido.

Pero yo sí lo sabía.

Había ganado la batalla más grande: demostrar que no se necesita de quien te abandona para triunfar.

Esa noche, antes de dormir, la miré.

La vi sonriente, con la misma ternura de siempre.

Y me sentí orgulloso. Porque ella me enseñó que la sangre no hace familia.

Que la valentía no siempre se grita, a veces se cocina en silencio, entre lágrimas y esperanza.

Y que el amor más puro es el de una madre que elige quedarse, aunque todo la empuje a irse.

Hoy, cada vez que marco un gol, miro al cielo y pienso en eso.

En cómo de un rechazo nació una promesa.

En cómo de la soledad, nació mi fuerza.

Porque yo no tengo padre. Tengo a una mujer que fue capaz de levantarme del polvo con las manos vacías.

Y eso, para mí, vale más que cualquier apellido.


Si te gustó el relato, comenta, dale me gusta y comparte. Si aún no me sigues en mis perfiles aquí se los dejo Novelas Románticas Jeda Clavo Jeda Clavo Novelas

 destacados
22/11/2025

destacados

"Ella es la tentación que puede destruir su apellido. Él es el peligro que puede destruir su mundo. Y aun así… no se sueltan.”

Los herederos de la mafia.
Disponible en Buenovela, Dreame, Novelago, PATREON y Wattpad.

No pueden perderse este estreno.
19/11/2025

No pueden perderse este estreno.

Próximamente

Sinopsis

Daliah Al-Badawi creía saber lo que era el amor.

El poderoso y enigmático Khalid Al-Sayeed, la había elegido a ella: la hija mayor, la tranquila, la elegante, la que nunca buscó llamar la atención.

Pero el amor no es suficiente cuando la envidia crece dentro de casa.

Su hermana menor, Amina, hermosa a primera vista y venenosa en el fondo, no soporta que Daliah tenga lo que siempre quiso.

Con ayuda de su madre, trama un engaño que termina destruyendo la noche de bodas, la confianza de Khalid y, finalmente, todo el futuro que Daliah soñaba.

Cuando Amina provoca la pérdida del hijo que Daliah esperaba… el mundo se derrumba.

Khalid, dominado por el dolor, la furia y la mentira, la repudia.

Rota y sin lugar donde ir, Daliah es salvada por Zaid Al-Fahim, el amigo más leal de Khalid, quien acepta casarse con ella para protegerla.

Un matrimonio sin caricias.
Sin exigencias.
Sin consumación.
Solo respeto.

Pero Zaid no esperaba enamorarse de la mujer que debía devolver.

Ni Khalid imaginó que perderla sería más doloroso que haberla repudiado.

Ahora ambos hombres luchan por ella.
Ambos la aman.

Ambos están dispuestos a destruirse por su corazón.

Y mientras la guerra entre ellos crece,
Amina continúa acechando en las sombras, decidida a impedir que su hermana sea amada por cualquiera de los dos.

En un mundo donde el honor pesa más que la verdad, donde un error puede condenar a una mujer para siempre,solo una decisión podrá cambiar el destino de todos.

¿Con quién se quedará Daliah?
Khalid, el amor ardiente que la marcó o
Zaid, la calma profunda que la sanó.

Registrada en Safe creative.

Cuando el silencio grita Jeda Clavo. Parte 3.Vivir con Doña Elvira fue como aprender a respirar otra vez. A existir desd...
16/11/2025

Cuando el silencio grita
Jeda Clavo. Parte 3.

Vivir con Doña Elvira fue como aprender a respirar otra vez. A existir desde cero.

Yo tenía diez años cuando crucé la puerta de su casa temblando, con miedo hasta de mi sombra.

Ella me cuidó, me enseñó. Me dio un lugar en el mundo, pero nunca intentó reemplazar a nadie.

Nunca me dijo “hija”. Nunca me exigió nada, solo me dio algo que yo no nunca tuve: paz.

El proceso no fue rápido, ni fácil, porque las heridas viejas no sanan solo porque te vas de donde te hicieron daño, pero ella tenía una paciencia que yo no conocía. Y yo… yo tenía un miedo que ella tampoco conocía.

Los primeros meses la observaba como si fuera un animal acorralado.

No la dejaba acercarse demasiado, ni tocarme, ni hablarme en voz muy alta.

Si abría la puerta del cuarto sin avisar, yo saltaba.

Si tocaba mi hombro, me tensaba como una piedra.

—Aquí nadie va a hacerte daño —me repetía.

Yo quería creerle, pero creer es un acto de fe… y a mí hacía tiempo que me la habían roto.

Aun así, poco a poco, fui soltando los puños cerrados, la espalda rígida, las noches sin dormir.

Los años pasaron sin que me diera cuenta. Creí que nunca tendría algo parecido a una familia, pero ahí estaba: un techo, comida caliente, una cama, una mujer que me trataba como si yo sí importara.

Doña Elvira me enseñó a cocinar, a lavar, a planchar, a ahorrar monedas pequeñas “por si acaso”, a distinguir a la gente buena de la gente que huele a peligro.

Me enseñó cosas simples: cómo se tiende una sábana sin que se arrugue, cómo se corta una cebolla sin llorar demasiado, cómo se mira a los ojos sin bajar la cabeza.

A veces, cuando estaba muy concentrada enseñándome, yo la miraba y pensaba: “¿Esto será tener madre?” Pero me daba miedo decirlo en voz alta.

Yo tenía 15 años cuando su hijo regresó, había vivido esos años con su padre. Edgar, se llamaba, y ese fue el segundo cambio más grande de mi vida.

Lo recuerdo entrando con una sonrisa que parecía luz, una mochila al hombro, una maleta en la mano y una risa que llenó toda la casa.

Tenía ojos oscuros, vivos, y una voz cálida.

El primer día me miró como si yo fuera alguien interesante.

—¿Tú eres Brisa? —me preguntó.

Asentí.

No pude decir nada.

Él sonrió más.

—Mi mamá habla mucho de ti. Dice que la salvaste de la soledad.

Me quedé congelada. Nadie había dicho algo tan bonito sobre mí.

Desde entonces, Edgar empezó a buscarme.

A veces solo para conversar.

Otras veces, para ayudarme con algo que yo perfectamente podía hacer sola, pero que él insistía en hacer conmigo.

—No deberías cargar eso sola —decía, quitándome bolsas de la mano.

—No deberías andar descalza —me decía, dejándome unas sandalias nuevas.

—No deberías vivir sin música —río un día mientras me regalaba una pequeña radio.

Me dedicaba canciones. Canciones suaves, románticas, de esas que una niña de mi edad no entendía del todo… pero que hacen que el corazón le galope raro.

Y luego vinieron las cartas.

Cartas, con su letra fina, diciendo cosas como:

"Eres la sorpresa más bonita que encontré al volver."

"Me gusta cómo sonríes cuando no te das cuenta."

"No sé por qué, pero cuando hablo contigo, siento que el mundo se acomoda."

Yo nunca había recibido una carta.

Nunca me habían dicho cosas así, jamás había sido importante para nadie. Tampoco sabía cómo reaccionar a un hombre joven. No sabía qué parte de mí debía esconder. No sabía si debía correr o quedarme quieta.

Pero no corrí. Él me hablaba tan dulce, como si yo fuera su centro, como si tuviera derecho a ser algo más que una niña huérfana de madre viva. Me encantaban sus halagos, sus atenciones.

Además, estaba el esfuerzo de doña Elvira por unirnos, acrecentando más mi atracción por él.

— Edgar es buen muchacho. Él es trabajador.

Yo asentía en silencio. Pero diariamente eran constantes los elogios hacia su hijo.

—Brisa, yo no voy a durar para siempre. Tú no puedes quedarte sola. Tú necesitas a alguien que te quiera.

Así seguían pasando los días. Yo no buscaba un novio. No sabía lo que era eso.

Solo sabía que quería que Doña Elvira siguiera sintiéndose orgullosa de mí.

Y Edgar… Edgar sabía cómo llenar huecos.

—Tú mereces que te cuiden —me decía, acariciándome el pelo con ternura, acelerando los latidos de mi corazón.

Me decía palabras que me hacían sentir querida, especial.

Un día me trajo flores, flores de verdad, no recogidas del jardín. Flores compradas.

Para mí.

—Son para que sepas —me dijo— que alguien piensa en ti cuando no estás cerca.

Yo sentí ese temblor en el pecho que te dice que algo está cambiando.

Y cambió. Cuando cumplí 16, ya estábamos juntos.

O lo que yo entendía cómo estar juntos. Me tomaba de la mano. Me llevaba al parque. Me contaba sus sueños, me hablaba de un futuro donde yo no estuviera sola.

Y yo… yo me dejé querer. Porque no sabía que el amor podía tener dos caras.

Porque no sabía que la dulzura también puede esconder veneno.

Porque no sabía que las flores, a veces, terminan siendo la antesala de la espina.

Quedé embarazada de él antes de cumplir diecisiete.

Recuerdo el día exacto en que se lo dije. Estábamos sentados en el porche, él tocando una canción en la guitarra que decía que el amor todo lo puede.

Yo temblaba.

—Edgar —susurré—. Estoy embarazada.

Él dejó de tocar.

Me miró, primero sorprendido, luego confundido. Después… asustado, aunque no peligroso.

Se llevó las manos a la cabeza y dijo con voz cargada de emoción.

—Dios mío… Vamos a ser papás.

Y me abrazó, lloró, me prometió que me iba a cuidar. Que iba a trabajar más. Que tendríamos una casa y que mi hijo, nuestro hijo, nunca pasaría hambre.

Ese fue el día más feliz de mi vida.

Y también el principio del fin.

Doña Elvira lloró de emoción, me abrazó y me tocó la barriga contenta por su primer nieto.

Por unos meses, viví una ilusión, la ilusión más bonita y más cruel de todas cuando desperté a la realidad.

Edgar me traía comida que yo antojaba.

Me daba masajes en los pies cuando se me hinchaban.

Me llevaba al doctor cuando podía.

Me regalaba cartitas para “cuando el bebé naciera”.

Me decía cada noche.

—Voy a ser mejor que tu padrastro. No quiero ser tú, Rogelio. Solo quiero que seas feliz conmigo.

Yo le creí.

Porque necesitaba creerle.

Pero cuando nació la bebé… todo cambió.

Todo.

La noche en que la trajimos del hospital, Edgar estaba raro. Tenso.

Enojado sin razón. Como si la bebé le hubiera quitado algo.

A las pocas semanas empezó a gritar.

—¿Por qué llora tanto?

Yo me quedaba sorprendida por su reacción, parecía otro.

—¡Haz que se calle, Brisa! Tú no sabes hacer nada bien.

Luego vinieron los reproches.

—Me arruinaste la vida. Si no hubieras salido embarazada…

Quería refutarle, decirle que él fue quien estuvo detrás de mí, sonsacándome, pero me quedé callada y él siguió atacándome.

—Tú tienes la culpa de todo.

Y después de eso, los pleitos escalaron y llegó lo inevitable.

Los golpes.

Su mano grande dura, donde antes había flores.

Sus gritos, donde antes había canciones.

Sus insultos, donde antes había cartas.

La primera vez que golpeó la mesa, la bebé lloró tanto que se puso morada.

Yo me puse de rodillas rogando que no despertara a Doña Elvira.

La segunda vez, me empujó contra una pared mientras yo tenía la bebé en brazos.

Ahí empezó el verdadero in****no.

Y la tercera vez… la tercera vez, cuando le dije que si me seguía lastimando me iría, me amenazó.

—Si te vas, te quito a tu hija. Porque no tienes nada, y mi familia es conocida en esta ciudad, ningún juez te dará la custodia a ti.

—Edgar…

—¡TE LA QUITO! Y no la vuelves a ver. ¿Oíste? No sirves para ser madre.

—No… por favor…

—Inténtalo, Brisa. Intenta huir. Yo sé dónde encontrarte. Y tú sabes que no tienes a nadie.

Me quedé muda.

Porque era cierto.

No tenía a nadie.

Solo a ella. A mi bebé, sin embargo, sus palabras me dieron la fuerza, porque por ella… Tenía que irme.

Aunque doliera, aunque me matara el miedo.

Esa misma noche comencé a planear mi huida y meses después, empaqué mi valor y las cosas de mi hija. Solo eso.

Ni ropa, poco dinero, ni recuerdos. Tomé a mi hija en brazos. La envolví en una cobijita. Y salí, temblando, sangrando por dentro.

Huyendo otra vez. Como cuando tenía nueve.

Pero esta vez… con alguien a quien proteger.

Esta vez, no corría por mí.

Corría por ella, por mi hija. Por la única persona que me miraba sin miedo.

Por la única vida que dependía de mí.

Y aunque no tenía nada… Tenía algo que Rogelio no me pudo quitar, algo que Edgar tampoco me arrancaría. La fuerza de seguir viva y de luchar sin dejarme vencer.

Registrado en Safe creative.

Si te gusta mi relato. No olvides comentar, darle me gusta y compartir. Si aún no sigues mi perfil te invito a hacerlo.

Dirección

Valencia

Página web

https://www.patreon.com/JedaClavo?utm_campaign=creatorshare_creator

Notificaciones

Sé el primero en enterarse y déjanos enviarle un correo electrónico cuando Jeda Clavo Novelas publique noticias y promociones. Su dirección de correo electrónico no se utilizará para ningún otro fin, y puede darse de baja en cualquier momento.

Contacto La Empresa

Enviar un mensaje a Jeda Clavo Novelas:

Compartir

Categoría