Jeda Clavo Novelas

Jeda Clavo Novelas Creadora de novelas románticas y relatos cortos.

La venganza de la esposa despreciada.El despertar.Nancy escupió la pastilla en el lavabo. El sabor a tiza le quemó la le...
04/08/2026

La venganza de la esposa despreciada.

El despertar.

Nancy escupió la pastilla en el lavabo. El sabor a tiza le quemó la lengua como si le hubieran echado ácido. Abrió el grifo hasta el máximo y observó cómo el agua arrastraba el polvo blanco por el desagüe, desapareciendo para siempre.
Tenía tres días que no se tomaba la pastilla de las “vitaminas” que su esposo le había dado. Llevaba esos días haciendo exactamente lo mismo: fingir que tragaba las supuestas “vitaminas” que Damien le traía todas las noches con esa sonrisa perfecta de esposo preocupado. Esta noche, por fin, su mente estaba completamente clara.
El cerebro ya no flotaba en esa niebla espesa que la había mantenido dócil y lenta durante cuatro años.
Se secó la boca con el dorso de la mano y miró su reflejo en el espejo. Los ojos que le devolvieron la mirada ya no eran los de la mujer sumisa que todos creían. Eran ojos fríos, despiertos, peligrosos.
Tomó su teléfono y abrió la aplicación que había vinculado esa misma mañana a la cámara oculta que había instalado en el despacho de la oficina de Damien. El pequeño dispositivo, llevado como regalo y colocado en la estantería, enviaba señal en tiempo real a su teléfono. Pulsó el icono y la pantalla se iluminó.
La imagen en alta definición la golpeó como un puñetazo.
Damien tenía a Peonía presionada contra el enorme ventanal de la planta 47. La falda de la asistente yacía arrugada en el suelo. La blusa abierta. Las manos de Damien sujetaban las caderas de la mujer con fuerza mientras la penetraba desde atrás. Cada embestida hacía que el cuerpo de Peonía se estrellara contra el cristal.
—Fóllame más duro, Damien… me gusta —gimió Peonía, la voz entrecortada por el placer—. Quiero que mañana no pueda caminar y me acuerde de ti.
Damien soltó una risa oscura y le tiró del cabello con violencia, obligándola a arquear la espalda.
—Eres una zorra insaciable —gruñó él—. Mucho mejor que… —se detuvo un segundo, como si incluso en la intimidad le costara terminar la frase— ella.
Peonía rio entre jadeos.
—¿Crees que la tonta sospecha algo?
—Se toma la pastilla todas las noches como una buena niña —respondió Damien, acelerando el ritmo—. Duerme como un tronco. Nunca se entera de nada.
Nancy sintió que le faltaba el aire. Apretó los labios hasta que el sabor metálico de su propia sangre inundó su boca. Por un segundo, la imagen del Damien que años atrás le juraba amor eterno se superpuso con la del hombre que ahora estaba follando a otra mujer contra el cristal. La ironía le dolió más de lo que esperaba. Sin embargo, no apartó la mirada. Pulsó el botón rojo que aparecía en la esquina de la pantalla.
Grabando.
El archivo comenzó a guardarse automáticamente en la nube, cifrado, lejos del alcance de Damien. Tenía la prueba. La prueba irrefutable de cuatro años de mentiras, de humillación, de violación química de su propia voluntad.
Siguió mirando, aunque cada segundo le dolía como si le arrancaran pedazos del alma. Vio cómo Damien le daba la vuelta a Peonía, cómo la sentaba sobre el escritorio y volvía a penetrarla con brutalidad. Vio cómo la besaba con una pasión que nunca le había dedicado a ella. Vio cómo le susurraba cosas que jamás le había dicho a ella.
Cuando el video terminó de grabarse, Nancy cerró la aplicación con dedos temblorosos. El archivo ya estaba seguro. Nadie podía borrarlo.
Una hora después, escuchó el sonido de la puerta principal al abrirse, la sacó de su trance. Damien había llegado a casa.
Nancy bloqueó el teléfono de inmediato, lo dejó sobre la mesita de noche y corrió hacia la cama. Se metió bajo las sábanas, se cubrió hasta el cuello y cerró los ojos. Respiró lento, profundo, imitando el ritmo pesado de alguien profundamente sedado.
La puerta de la habitación se abrió con cuidado. El olor a s**o, sudor y perfume dulce de Peonía inundó el aire como una bofetada. Nancy tuvo que hacer un esfuerzo titánico para no abrir los ojos ni contraerse de asco.
Damien se acercó a la cama. Nancy sintió su presencia a centímetros de su cara. Él se inclinó y le acarició la mejilla con los mismos dedos que minutos antes habían estado dentro de otra mujer.
—Estás dormida, mi amor —susurró con voz suave, casi tierna—. Has tenido un día largo… descansa. Tan dócil… tan tranquila.
Nancy sintió que el estómago se le revolvía. Quiso vomitar. Quiso gritar. Quiso clavarle las uñas en la cara. Pero se mantuvo inmóvil, respirando con regularidad, fingiendo la somnolencia que él esperaba.
Damien soltó una risa baja, casi inaudible. Esta vez habló más para sí mismo que para ella:
—Eres perfecta así… exactamente como te necesito.
Sus pasos se alejaron hacia el baño. El sonido del agua de la ducha empezó a correr.
Nancy abrió los ojos de golpe. El corazón le latía tan fuerte que temió que él pudiera oírlo desde el baño. Sacó su segundo teléfono, el encriptado, del doble fondo de la mesita de noche y marcó el número de Nicolás.
Contestó al primer tono.
—Nancy —dijo la voz grave al otro lado—. ¿Qué pasa? ¿Tienes las pruebas en contra de tu marido?
—Sí, tengo el video —respondió ella en un susurro urgente—. Lo grabé todo esta noche. Damien con Peonía en la oficina. Tengo pruebas irrefutables.
Hubo un segundo de silencio.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nicolás.
Nancy cerró los ojos un instante. Cuando los abrió, su voz ya no era la de una mujer que pedía rescate. Era la de alguien que estaba empezando a negociar.
—No solo quiero que me saques de aquí, Nicolás. Quiero proponerte algo más. Tengo información sobre Vidal Group que puede interesarte. Acciones. Movimientos que Damien ha estado haciendo. Si me ayudas a salir y a protegerme mientras ejecuto mi plan… te ofrezco una alianza. Un contrato. Algo que nos beneficie a los dos.
Nicolás tardó en responder.
—Eres más lista de lo que pensaba —dijo finalmente, con un tono que contenía sorpresa y algo más—. Dame cuarenta y ocho horas. Estoy resolviendo unos asuntos en Barcelona, pero puedo adelantar todo. Mientras tanto, no hagas nada que te delate. ¿Me oyes?
—Te oigo —dijo Nancy—. Date prisa. No puedo seguir mucho tiempo más respirando el mismo aire que estos monstruos.
Cortó la llamada y guardó el teléfono bajo el colchón.
El agua de la ducha se había detenido.
Un escalofrío le recorrió la espalda. Nancy se giró lentamente.
Damien estaba de pie en el umbral del baño, con una toalla blanca atada a la cintura, el pelo mojado y los ojos clavados en ella. Había curiosidad en su mirada. Solo curiosidad. Cautelosa.
—¿Con quién hablabas, Nancy? —preguntó con voz baja, casi amable.
Nancy se incorporó despacio, frotándose los ojos como si acabara de despertar de un sueño pesado.
—Estaba soñando… —dijo con voz pastosa—. Creo que hablé dormida. Perdón si te desperté.
Damien la miró en silencio durante varios segundos. Sus ojos recorrieron su rostro buscando grietas. Nancy sostuvo la mirada sin parpadear. Dentro de ella, el hielo se estaba formando alrededor del fuego que ardía cada vez más fuerte.
Damien finalmente sonrió, aunque esa sonrisa no llegó a sus ojos.
—Debes estar teniendo pesadillas otra vez —dijo, acercándose a la cama—. Mañana hablamos con el médico. Necesitamos ajustar la dosis para que descanses mejor. No quiero que sufras, mi amor.
Se inclinó y le dio un beso en la frente. El contacto le quemó la piel.
—Duerme —susurró—. Todo está bajo control.
Se dio la vuelta y regresó al baño, cerrando la puerta detrás de él.
Nancy se quedó sentada en la oscuridad, con las manos apretadas sobre las sábanas. El corazón le latía con furia contenida. El video estaba seguro. Nicolás vendría en cuarenta y ocho horas. Y ella ya no era la mujer que esperaba ser rescatada.
Sonrió en la penumbra. Una sonrisa pequeña, fría, letal. “Imbécil, ya verás lo que te va a pasar, vas a pagar cada cosa que estás haciendo”. Suspiró confiada, porque estaba segura de que esta vez nadie iba a detenerla.

Disponible en Dreame y Sueñovela.

 destacados Él creyó que tenía tiempo para explicarse.Tiempo para regresar.Tiempo para descubrir lo que realmente sentía...
05/07/2026

destacados

Él creyó que tenía tiempo para explicarse.
Tiempo para regresar.
Tiempo para descubrir lo que realmente sentía.

Se equivocó.

Cuando Iker Ferrari volvió después de cuatro años, encontró algo que jamás imaginó:

La niña que lo seguía a todas partes había desaparecido.

En su lugar estaba Marieh Amorim.Hermosa.Exitosa.
Y a punto de casarse con otro hombre.

Lo peor no es que ella ya no lo ame. Lo peor es que ella lo odia.

Ahora es él quien la busca.
Él quien espera una mirada.
Él quien descubre demasiado tarde que siempre estuvo enamorado de la única mujer que debió esperar.

Pero hay amores que sobreviven al tiempo. Y otros que regresan solo para descubrir que ya es demasiado tarde.

💔 Ella lo amó durante años.
🔥 Él está dispuesto a todo para volverla a enamorar.

¿Puede un hombre recuperar el corazón que rompió?

📖 VOLVERTE A ENAMORAR
La historia que te hará sufrir por el hombre equivocado... hasta que se convierta en el único por el que deseas apostar.

Novela parte del Universo Ferrari.

Disponible en Patreon.

Hola mis amores, sé que no he actualizado las historias de Patreon, les pido disculpas por eso, pero les prometo que hoy...
30/06/2026

Hola mis amores, sé que no he actualizado las historias de Patreon, les pido disculpas por eso, pero les prometo que hoy me pondré al día con ustedes.

De la misma manera, las actuaciones de la historia "La venganza de la esposa despreciada", publicada en Dreame, las reanudaré a partir del 01 de julio. Gracias por su consideración.

También invito a las lectoras que estaban esperando que la historia "Solo me perteneces" estuviera terminada para leerla, que la novela ha llegado a su fin. Gracias a todas quienes me acompañaron durante el proceso creativo.

Bueno, ha llegado por quien lloraban. 🤭 La historia de Iker y Marieh. Estreno hoy. Disponible solo en Patreon. En los ni...
20/06/2026

Bueno, ha llegado por quien lloraban. 🤭 La historia de Iker y Marieh. Estreno hoy. Disponible solo en Patreon. En los niveles oro y Premium.

VOLVERTE A ENAMORAR

Sinopsis

Iker Ferrari creyó haber tomado la decisión correcta cuando se casó con su mejor amiga, una mujer enferma que necesitaba su ayuda. Era la única forma de poner distancia entre Marieh Amorim, la impulsiva vecina que estaba enamorada de él y que parecía incapaz de aceptar un no por respuesta.
Cuatro años después, convertido en viudo, regresa dispuesto a empezar de nuevo.
Pero la niña que dejó atrás ya no existe.
Marieh se ha convertido en una mujer hermosa, exitosa y está a punto de casarse con otro hombre.
Y lo peor… Ella lo odia.
Ahora es Iker quien no conoce límites.
Porque ha descubierto demasiado tarde que siempre la amó.
Y está dispuesto a todo para volverla a enamorar.

En la cama del enemigo Novela disponible solo en Dreame.Historia completa.La última noche de soltera.La música en el res...
19/06/2026

En la cama del enemigo

Novela disponible solo en Dreame.
Historia completa.

La última noche de soltera.

La música en el reservado VIP del club Velvet estaba tan alta que hacía vibrar las copas en la mesa.
Gianna se dejó caer en el sofá de terciopelo, riendo, con las mejillas encendidas por la euforia y el champán.
—¡Basta, Dora! —exclamó Gianna, apartando suavemente la botella que su amiga intentaba servirle de nuevo—. Mañana es el gran día. Si bebo una gota más, voy a caminar hacia el altar haciendo zigzag.
Dora soltó una risa aguda, pero sus ojos no sonreían. Brillaban con algo frío bajo las luces.
—¡Por favor, Gianna! —insistió Dora, llenando la copa hasta el borde de todas formas—. Es tu última noche de libertad. Cinco años con Thomas y por fin te atrapó. Tienes que celebrar que te convertiste en la ganadora.
Gianna miró el líquido dorado burbujeando en la copa. Suspiró con una sonrisa tonta, de enamorada.
—No se trata de ganar, tonta. Lo amo. He esperado este día desde que tenía dieciocho años.
—Sí, claro, el amor... —murmuró Dora, tan bajo que la música casi se tragó sus palabras. Luego alzó la voz, fingiendo entusiasmo—. ¡Entonces brinda por eso! Por Thomas. Por el futuro imperio que van a unir. ¡Salud!
Dora le puso la copa en la mano con insistencia. Gianna, contagiada por la energía del momento, chocó el cristal.
—¡Por Thomas!
Gianna bebió de un solo trago. El líquido bajó quemando un poco más de lo habitual, dejando un regusto amargo al final de la garganta. Hizo una mueca.
—Uf, esta botella estaba fuerte.
—Es de la mejor calidad, cariño —dijo Dora, observándola fijamente, sin parpadear—. Solo lo mejor para la novia.
Pasaron apenas cinco minutos cuando el mundo de Gianna se inclinó hacia la izquierda.
Se llevó una mano a la sien. Las luces del club, que antes le parecían divertidas, ahora eran cuchillos clavándose en sus retinas. El calor en su cuerpo subió de golpe, sofocante.
—Dora... —balbuceó Gianna. La lengua se le sentía pesada, como si fuera de trapo—. Creo que... creo que me cayó mal.
Dora se acercó de inmediato, sujetándola por el brazo con un agarre firme, casi doloroso.
—¿Estás mareada? Deben ser los nervios.
—No, no son nervios. —Gianna intentó ponerse de pie, pero las rodillas le fallaron. Se desplomó de nuevo en el sofá—. Todo me da vueltas. Necesito agua. Llévame a casa.
—No puedes ir a casa así, tus padres te verían fatal —dijo Dora rápidamente.
Miró hacia la entrada del reservado y chasqueó los dedos.
Un camarero joven, con uniforme impecable y rostro inexpresivo, apareció de entre las sombras como si hubiera estado esperando la señal.
—Ayúdame —ordenó Dora—. Mi amiga bebió demasiado. Tiene una habitación reservada arriba para descansar.
Gianna intentó protestar, pero de su boca solo salió un gemido ininteligible. Su mente estaba nublada, desconectada de su cuerpo. Sentía que flotaba en una nube espesa y oscura.
El camarero la levantó con facilidad, pasándole un brazo por la cintura. Gianna apoyó la cabeza en el hombro del desconocido, incapaz de mantenerla erguida.
Dora se acercó al camarero. Con un movimiento rápido y discreto, sacó una tarjeta magnética de su bolso y la deslizó en el bolsillo del chaleco del hombre.
—Habitación 808 —susurró Dora al oído del camarero, lo suficientemente cerca para que Gianna, semiinconsciente, no entendiera nada—. Ya sabes qué hacer. Asegúrate de que el regalo esté listo. Que no salga de ahí hasta mañana.
El camarero asintió levemente.
—Entendido, señorita.
Gianna, con los ojos entrecerrados, vio borrosamente el rostro de su mejor amiga. Parecía distorsionado, lejano.
—Dora... —¿Vienes? —preguntó con un hilo de voz.
Dora le acarició la mejilla con una suavidad falsa.
—Descansa, Gianna. Yo me quedo aquí pagando la cuenta. Mañana será un día... inolvidable.
El camarero comenzó a arrastrar a Gianna hacia la salida del reservado. Dora se quedó de pie, observando cómo se llevaban a su "mejor amiga". Tomó su propia copa, dio un sorbo lento y sonrió con malicia.
—Adiós, señora de Thomas. Disfruta tu última noche.
*****
El ascensor se detuvo con un suave tintineo en el piso más alto del hotel.
El camarero se secó el sudor de la frente. Gianna se le resbalaba del hombro. Estaba prácticamente inconsciente, murmurando cosas sin sentido.
—Maldita sea, pesa más de lo que parece —masculló él.
Sacó la tarjeta maestra que llevaba en el bolsillo. Estaba nervioso. La mujer de abajo le había dicho "la 808", pero con los nervios y las prisas, sus ojos bailaron sobre los números dorados de las puertas.
Se detuvo frente a la puerta doble de caoba al final del pasillo. El número 800. La suite presidencial.
—Debe ser esta —susurró, convencido de que una mujer así de elegante iría a la mejor habitación—. Da igual, mi trabajo es dejarla y largarme.
Deslizó la tarjeta. La luz verde parpadeó. La puerta se abrió.
El camarero entró rápido, sin mirar alrededor. Dejó caer a Gianna sobre la inmensa cama king size, tiró la tarjeta sobre la mesita de noche y salió corriendo como si lo persiguiera el diablo. La puerta se cerró con un clic automático.
Gianna gimió, retorciéndose sobre las sábanas de seda fría.
—Agua... —suplicó con la voz pastosa—. Qué calor...
En ese momento, la puerta del baño se abrió. Una nube de v***r salió flotando hacia la habitación.
Luciano salió secándose el pelo con una toalla pequeña. Llevaba solo una bata blanca, abierta en el pecho, dejando ver unos pectorales firmes y bronceados. Estaba agotado. El viaje de negocios y el whisky en la cena lo tenían al límite.
Se detuvo en seco al ver el bulto en su cama.
Frunció el ceño; sus ojos oscuros se entrecerraron con peligro.
—¿Qué demonios...?
Se acercó a la cama con paso depredador. Gianna se movió, y el vestido se le subió un poco, dejando ver sus piernas largas y perfectas. Su rostro estaba sonrojado, la respiración agitada.
Luciano soltó una risa seca, sin humor.
—Increíble —murmuró para sí mismo—. Uno viene a descansar y le envían entretenimiento a la habitación. Estos socios comerciales no tienen límites.
Se inclinó sobre ella, agarrándola del brazo para sacarla.
—Oye. Despierta. Fuera de aquí.
El contacto de su mano fría sobre la piel ardiendo de Gianna fue como una chispa eléctrica.
Ella abrió los ojos. No veía bien, todo era borroso, pero vio a un hombre guapo, increíblemente guapo, inclinado sobre ella. El alcohol y la droga en su sistema confundieron la realidad con el deseo.
—Thomas... —susurró ella, confundida, estirando los brazos hacia su cuello—. Viniste...
Luciano se tensó.
—No soy Thomas. Suéltame.
Intentó apartarse, pero ella fue más rápida. Con una fuerza sorprendente, se impulsó hacia arriba y pegó sus labios a los de él.
Luciano se quedó rígido un segundo. Quería empujarla. Debía echarla. Pero ella olía a vainilla y champán, y sus labios eran suaves, insistentes, desesperados. El alcohol en su propia sangre nubló su juicio racional.
—Maldición —gruñó Luciano contra su boca.
En lugar de apartarla, sus manos bajaron a su cintura, posesivas. La cortesía de sus socios era demasiado tentadora para rechazarla esa noche.
Si ella quería jugar, él no iba a ser quien detuviera el juego.
—Tú te lo buscaste —le advirtió con voz ronca.
Gianna, perdida en la neblina de la droga, sintió que el hombre la correspondía con una intensidad salvaje que nunca había sentido antes.
Luciano la empujó suavemente contra el colchón y se subió encima de ella, apagando la lámpara de un manotazo.
La habitación quedó a oscuras; solo se escuchaban respiraciones agitadas y el sonido de la ropa cayendo al suelo.
******
Un rayo de sol implacable golpeó los párpados de Gianna.
Gimió y se cubrió la cara con el brazo. La cabeza le palpitaba como si tuviera un ma****lo dentro golpeando sus sienes. La boca le sabía a ceniza y alcohol barato.
—Thomas, apaga la luz... —murmuró, girándose en la cama.
Su mano chocó contra una piel caliente y firme. Pero no era la espalda delgada de Thomas. Era una espalda ancha, musculosa y desconocida.
Gianna abrió los ojos de golpe.
El corazón se le detuvo un segundo. El techo no era el de su habitación. Las sábanas eran de seda gris, no de algodón blanco.
Giró la cabeza lentamente, con el terror subiendo por su garganta.
A su lado, un hombre dormía profundamente. Cabello oscuro desordenado, mandíbula fuerte, pestañas largas. Era espectacularmente guapo.
Y era un completo desconocido.
—¡Dios mío! —El grito se ahogó en su garganta.
Se sentó en la cama de un salto, ignorando el mareo que casi la hace caer. La sábana se deslizó, revelando su desnudez y las marcas rojizas en su piel.
Los recuerdos de la noche anterior la golpearon como bofetadas: el calor, la confusión, los besos salvajes, el "tú te lo buscaste".
—No, no, no... —susurró, llevándose las manos a la cabeza—. ¿Qué hice?
Miró el reloj digital en la mesita de noche.
09:30 AM.
La boda.
El pánico la invadió. ¡Se casaba en tres horas!
—¡Mierda!
Saltó de la cama, buscando su ropa con desesperación. Su vestido estaba tirado en el suelo, cerca de la puerta del baño. Un tacón estaba debajo de una silla; el otro, cerca de la ventana.
Se vistió temblando. Las manos le fallaban al subir el cierre del vestido arrugado. Se sentía sucia. Culpable. Una traidora.
Miró al hombre en la cama una última vez. Él se movió un poco entre sueños, murmurando algo ininteligible, pero no despertó.
—Esto no pasó —se dijo a sí misma, conteniendo las lágrimas—. Esto nunca pasó.
Agarró su bolso del suelo. No se molestó en buscar su ropa interior; no tenía tiempo.
Abrió la puerta con cuidado milimétrico para que no hiciera ruido. Echó un vistazo al pasillo. Desierto.
Gianna salió corriendo, descalza, con los tacones en la mano, huyendo de la suite 800 como si hubiera cometido un crimen. Y en cierto modo, sentía que lo había hecho, pero no tenía tiempo para pensar en eso, tenía una boda que celebrar.

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Esposa, déjame recuperarte.Disponible en Buenovela.Capítulo 1.Camelia dejó el tenedor sobre el plato y respiró hondo. Ll...
16/06/2026

Esposa, déjame recuperarte.
Disponible en Buenovela.

Capítulo 1.

Camelia dejó el tenedor sobre el plato y respiró hondo. Llevaba toda la semana dándole vueltas a las palabras, practicándolas en silencio mientras Fernando trabajaba hasta tarde. Esta noche no quería seguir callando.

Estaban en el comedor de la casa, esa mesa enorme que casi nunca usaban los dos juntos. Las luces estaban bajas, solo se escuchaba el ruido suave del aire acondicionado y el tintineo ocasional de los cubiertos. Llevaban tres años casados, pero últimamente parecía que vivían en mundos paralelos.

Fernando revisaba algo en su celular con el ceño fruncido. Como siempre.

—Fernando… —dijo ella con voz baja, casi suave.

Él levantó la vista. Tenía los ojos cansados, pero igual de hermosos que el primer día.

—¿Qué pasa?

Camelia juntó las manos sobre la mesa. Le temblaban un poco, pero se obligó a seguir.

—Quiero tener un hijo.

El silencio que cayó después de sus palabras fue tan pesado que casi se podía tocar. Fernando se quedó mirándola como si no hubiera entendido bien. Luego dejó el celular lentamente sobre la mesa y se recostó en la silla.

—¿Ahora? —preguntó. Su tono no era enojado. Era… frío. Demasiado controlado.

Camelia tragó saliva.

—Llevamos tres años casados. Yo ya tengo veintisiete. No quiero esperar más. Quiero formar una familia contigo.

Fernando bajó la mirada hacia su plato. No lo tocó. Solo lo miró como si la comida le hubiera perdido todo el sentido de repente.

—No es el momento —dijo al fin.

—¿Y cuándo lo será? —preguntó ella, intentando que no le temblara la voz—. Siempre dices lo mismo. “No es el momento”. “Más adelante”. “Ahora no”. Fernando, ¿cuándo?

Él apretó la mandíbula. Ese pequeño gesto que Camelia ya conocía demasiado bien. Significaba que la conversación se estaba cerrando.

—No quiero hablar de esto ahora.

—Pues yo sí quiero hablarlo —insistió ella, sintiendo cómo le subía la rabia—. Soy tu esposa. Tenemos derecho a decidir esto juntos. Yo quiero ser madre. Quiero que tengamos un hijo nuestro.

Fernando levantó la vista. Sus ojos ya no estaban cansados. Estaban duros.

—Y yo te estoy diciendo que no.

Las palabras fueron como un golpe. Camelia sintió que algo se rompía por dentro, algo pequeño pero importante.

—¿Por qué? —preguntó en voz baja—. Dime la verdad. ¿Es porque ya no me quieres? ¿Porque ya no te atraigo? ¿O es que… simplemente no quieres tener hijos conmigo?

Fernando cerró los ojos un segundo. Pareció estar luchando contra algo que no quería dejar salir. Cuando volvió a abrirlos, su voz salió más baja, pero igual de firme.

—No es eso.

—Entonces explícamelo. Porque estoy cansada de sentirme rechazada cada vez que menciono la palabra “hijos”. Estoy cansada de dormir sola aunque estés en la misma cama. Estoy cansada de rogarte por algo que para mí es natural.

Se le quebró la voz en la última parte. No quería llorar, pero las lágrimas ya le picaban en los ojos.

Fernando la miró en silencio. Por un segundo, Camelia creyó ver algo en su mirada. Dolor. Culpa. Miedo. Pero desapareció tan rápido que pensó que se lo había imaginado.

—No puedo dártelo ahora —dijo él finalmente.

—¿No puedes o no quieres?

Fernando se levantó de la mesa. El movimiento fue brusco. Empujó la silla hacia atrás y se pasó una mano por la cara.

—Deja el tema, Camelia. Por favor.

Ella también se levantó. El corazón le latía con fuerza contra las costillas.

—No voy a dejarlo. Porque esto ya no es solo una conversación. Esto es nuestra vida. Y si no quieres tener hijos conmigo, entonces dime qué estamos haciendo juntos. Porque yo no me casé para vivir como dos extraños que comparten casa.

Fernando la miró fijamente. Pareció querer decir algo. Abrió la boca… pero volvió a cerrarla. Dio media vuelta y caminó hacia la salida del comedor.

—Voy a trabajar un rato al estudio —murmuró sin mirarla.

Camelia se quedó parada junto a la mesa, sintiendo cómo el rechazo le pesaba en el pecho como una piedra. Escuchó cómo se cerraba la puerta del estudio al final del pasillo.

Se dejó caer en la silla. Las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a caer sin permiso. Se limpió la cara con rabia.

No entendía. No entendía por qué su marido, el hombre que una vez la miró como si fuera lo más importante del mundo, ahora la rechazaba cada vez que hablaba de tener un hijo. No entendía esa frialdad que había crecido entre ellos como una pared invisible.

En el estudio, Fernando se dejó caer en el sillón de cuero. Apoyó los codos sobre las rodillas y se pasó las manos por el cabello. El pecho le dolía. Le dolía de verdad.

Quería darle todo a Camelia. Quería verla feliz. Quería verla con su hijo en brazos. Pero tenía una verdad, que temía contarle, ninguna mujer toleraría eso, y quizás lo miraría con decepción en el mejor de los casos.

Prefería que lo odiara por ser frío antes de que supiera la verdad que la engañó.

Bajó la cabeza y cerró los ojos con fuerza.

—Perdóname, Camelia… —susurró para sí mismo.

Mientras tanto, en el comedor, Camelia se quedó mirando el plato vacío frente a ella. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano y se levantó.

Ya no iba a rogar.

Si Fernando no quería hablar, ella tampoco iba a seguir insistiendo. Pero algo dentro de ella se había movido. Algo que ya no estaba dispuesta a ignorar.

Se llevó una mano al vientre, aunque sabía que estaba vacío.

—Quiero ser madre —susurró—. Y voy a serlo. Con él… o sin él.

Subió las escaleras hacia su habitación sintiendo que, por primera vez en mucho tiempo, había tomado una decisión.

Jovanka Wells, es una jovencita consentida por cuatro hermanos sobreprotectores. Llega a su fiesta en un carruaje blanco...
06/06/2026

Jovanka Wells, es una jovencita consentida por cuatro hermanos sobreprotectores. Llega a su fiesta en un carruaje blanco, cubierta de diamantes Swarovski.
La regla de su cultura romaní es estricta: esa misma noche debe elegir al hombre con el que se casará.
Pero ella quiere libertad. Ella quiere romper las cadenas.

Mientras Jovanka se devana los sesos buscando una salida, su "mejor amiga" Gypsy la observa desde la primera fila.
Gypsy la odia. Gypsy tiene un plan. Gypsy acaba de jurar que arruinará su vida esta misma noche.

Traición, rebeldía y reglas rotas.
¿Podrá Jovanka sobrevivir al odio de su propia amiga? Descúbrelo Heridas de amor.

Disponible solo en Patreon.

Novelas Románticas Jeda Clavo

¿Te casarías con alguien que no soportas solo por no perder tu empresa? Massimo Carusso sí.Su padre le dio un ultimátum ...
05/06/2026

¿Te casarías con alguien que no soportas solo por no perder tu empresa? Massimo Carusso sí.

Su padre le dio un ultimátum y él tomó la salida más rápida: eligió a la mujer más fría, calculadora y ambiciosa del lugar para un matrimonio falso. Cero amor. Cero emociones. Solo negocios.

Se sentaron. Pactaron las reglas. Ella selló el trato con un beso que él se limpió con repugnancia.

Pero la verdadera tensión estalló por un "accidente".

La futura esposa metió el pie bajo la mesa. Zancadilla directa a la joven mesonera que servía el vino.
La chica perdió el equilibrio. Cayó directo sobre el regazo de Massimo, manchando su camisa impecable.

El salón enmudeció. Todos esperaban los gritos del magnate.
Pero Massimo se quedó inmóvil. El calor de la chica contra su pecho lo golpeó más fuerte que cualquier trato millonario. Y por primera vez en toda la noche... no quiso apartarla.

¿Qué pasa cuando la conveniencia choca de frente con un roce inesperado?

🔥 Descubre El hijo del engaño. ¡El final te dejará sin aliento!
Disponible en Buenovela.

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