17/08/2026
Hace exactamente cinco años, me encontré ante la imponente silueta del Peñón de Ifach, en Calpe. Un gigante de piedra que emerge del mar como un recordatorio de lo monumental que puede ser la naturaleza y, a veces, la vida misma.
Recuerdo iniciar la subida con entusiasmo, pero la piedra caliza pronto se volvió resbaladiza y la pendiente, implacable. Hubo varios momentos, a mitad de la ascensión, en los que el aire empezó a faltar y las fuerzas flaquearon. Miré hacia arriba y la cima parecía un imposible. Sentí ese vértigo interno que te intenta convencer de que des la vuelta, que no estás lista, que es mejor conformarse con la vista desde abajo.
A veces la vida se siente exactamente así. Hay momentos en los que el camino se vuelve puramente cuesta arriba, donde cada pequeño avance requiere un esfuerzo inmenso y la incertidumbre empaña el horizonte.
En esos días en que todo se complica, el verdadero desafío no es la montaña externa, sino el diálogo que sostenemos con nosotros mismos en el silencio de la duda.
No me rendí. Decidí no escuchar el cansancio, respirar hondo y confiar en el ritmo de mis propios pasos, por muy lentos que fueran. Puse la voluntad por delante del miedo.
Cuando finalmente llegué a la cima, el esfuerzo se transformó en una calma infinita. El mar se abría ante mí en toda su inmensidad y entendí que la recompensa no era solo la belleza del paisaje, sino la certeza de saber de qué estoy hecha.
A veces, solo se trata de eso: de seguir, de confiar y de recordar que ninguna pendiente dura para siempre si mantienes los ojos fijos en la cumbre.
¿Qué montaña estás subiendo tú hoy? Te leo.