07/08/2026
Las tres velas
Valeria encontró el hechizo en el último lugar donde debería haber buscado: el diario de su bisabuela.
El libro estaba escondido detrás de una pared falsa del ático, envuelto en una tela negra y cubierto de polvo. La mayoría de las páginas hablaban de sueños, supersticiones y antiguas leyendas.
Pero una página estaba escrita con tinta roja.
«“Si deseas que alguien te ame, enciende tres velas a medianoche y pronuncia su nombre tres veces.
Pero nunca pronuncies el nombre de quien ya te ama.
Y, sobre todo, nunca apagues las velas.”»
Valeria se rio.
Le pareció una tontería.
Esa noche, sin embargo, colocó las tres velas frente al espejo de su habitación.
A medianoche las encendió.
—Mateo… Mateo… Mateo.
Durante unos segundos no ocurrió nada.
Entonces el espejo se empañó.
Valeria levantó una mano para limpiarlo.
Antes de que pudiera tocarlo, apareció una palabra escrita sobre el cristal desde el otro lado:
ACEPTO.
Las tres velas se apagaron.
Valeria salió corriendo.
A la mañana siguiente, Mateo estaba esperándola frente a la escuela.
—Soñé contigo —le dijo.
Ella sonrió.
—¿En serio?
Mateo no respondió.
Estaba mirando fijamente algo detrás de ella.
—¿Quién es esa señora?
Valeria se giró.
No había nadie.
—¿Qué señora?
Mateo palideció.
—La que está parada detrás de ti.
Desde aquel día, Mateo comenzó a comportarse de una manera extraña.
Sabía cosas que nunca le había contado.
Sabía cuál era su canción favorita.
Sabía qué pesadilla tenía de niña.
Incluso sabía que Valeria había realizado el hechizo.
—¿Cómo sabes eso? —preguntó ella.
Mateo la miró con una expresión vacía.
—Porque ella me lo contó.
—¿Quién?
Mateo señaló el espejo de la habitación.
Valeria sintió que se le helaba la sangre.
En el reflejo, detrás de ambos, estaba la mujer.
Alta.
Vestida de negro.
Con el rostro cubierto por cabello largo.
Pero había algo peor.
La mujer no estaba detrás de ellos.
Solo aparecía en el espejo.
Valeria corrió hacia el cristal y lo cubrió con una manta.
Entonces escuchó una voz susurrando desde debajo de la cama:
—Una vela por su amor.
Valeria retrocedió.
—Una vela por su memoria.
La manta cayó lentamente del espejo.
—Y una vela por la persona que pagarás para conservarlo.
Valeria tomó el diario y comenzó a buscar una forma de romper el hechizo.
Encontró una última página.
Solo había una frase:
“El hechizo no crea amor. Cambia un corazón por otro.”
Debajo había una lista de nombres.
Todos pertenecían a mujeres de su familia.
Su bisabuela.
Su abuela.
Su madre.
Y, al final…
Valeria.
Entonces comprendió.
Su madre nunca había hablado de su padre.
Siempre había dicho que había mu**to cuando Valeria era pequeña.
Pero aquello era mentira.
Su padre no había mu**to.
Había sido el precio.
Valeria recordó algo que su madre le decía cuando era niña:
“Si alguna vez ves a una mujer en el espejo, no le respondas.”
De repente, escuchó pasos detrás de ella.
—Valeria…
Era la voz de Mateo.
Se giró.
Mateo estaba allí, llorando.
—Tienes que terminar el hechizo.
—¿Cómo?
Mateo señaló las tres velas.
—Tienes que darle a alguien el amor que pediste.
Valeria negó con la cabeza.
—No voy a sacrificar a nadie.
Mateo comenzó a sonreír.
Pero aquella sonrisa no era suya.
—No tienes que sacrificar a nadie.
El espejo se volvió completamente negro.
La mujer apareció dentro del cristal.
Y finalmente levantó el rostro.
Valeria dejó escapar un grito.
Era ella.
No una versión parecida.
No un fantasma desconocido.
Era Valeria.
Mucho más vieja.
Con los ojos completamente negros.
La mujer golpeó el cristal.
TOC.
—Yo también dije que no.
TOC.
—Yo también intenté romper el hechizo.
TOC.
—Y yo también creí que podía escapar.
El espejo comenzó a agrietarse.
Valeria corrió hacia la puerta.
Pero Mateo la sujetó del brazo.
—¡No!
Ella lo miró aterrorizada.
—¿Por qué?
Mateo comenzó a llorar.
—Porque si sales…
Miró hacia el espejo.
—…ella entra.
El cristal se rompió.
Las velas se apagaron.
Y todo quedó en silencio.
A la mañana siguiente, la madre de Valeria encontró a Mateo sentado solo en la habitación.
—¿Dónde está mi hija? —preguntó.
Mateo levantó la mirada.
—Nunca estuvo aquí.
La mujer se acercó al espejo roto.
Por un instante vio su propio reflejo.
Luego vio a Valeria detrás de ella.
Valeria estaba golpeando desesperadamente el cristal desde el otro lado.
Su madre retrocedió.
Y entonces escuchó una voz a su espalda:
—Mamá…
Se giró.
Valeria estaba allí.
Sonriendo.
—Funcionó.
Su madre empezó a llorar.
—¿Qué hiciste?
Valeria miró hacia el espejo.
La antigua Valeria seguía atrapada dentro.
Entonces respondió:
—Nada.
Sonrió un poco más.
—Solo descubrí que el hechizo nunca necesitó que alguien muriera. Necesitaba que alguien ocupara mi lugar.
Desde aquella noche, cada vez que alguien de la familia se enamoraba demasiado, aparecían tres velas frente a su espejo.
Y una nueva frase surgía escrita en el cristal:
“¿A quién amas lo suficiente como para convertirte en ella?”