17/06/2026
Era la cuarta noche que no podía dormir.
El incesante goteo de aquel grifo martillaba mi cabeza como un taladro. Un sonido áspero y grotesco que se anidaba en mi mente, cada vez más fuerte, cada vez más profundo. Ya no sabía si provenía de la tubería o de algún rincón oscuro de mi conciencia.
Me levanté de aquel catre sucio y húmedo.
—¿Cuánto más tendré que sufrir? —murmuré al vacío.
Por un momento pensé que no podía soportarlo más. Tomé la navaja y la acerqué a mi cuello. Podía oler el óxido impregnado en aquel metal desgastado. Observé el filo de cerca, aquella lengua fría y brillante capaz de terminar con mi suplicio.
Intenté hundirla justo debajo de la garganta.
Una vez.
Dos veces.
Tres.
Pero, por más que lo intenté, fui incapaz de completar cobardemente aquella tarea.
Caí de rodillas, derrotado.
Entonces el goteo cesó.
El silencio llenó la habitación de una forma extraña, insoportable. Por primera vez en días ya no escuchaba el agua caer. Sin embargo, algo peor ocupó su lugar.
Una respiración.
Lenta.
Pesada.
Detrás de mí.
Sentí cómo la sangre abandonaba mi rostro. No me atreví a girar la cabeza. Permanecí inmóvil mientras aquella respiración se acercaba poco a poco.
Una gota cayó sobre mi hombro.
No era agua.
Era tibia.
Y espesa.
Levanté la vista hacia el techo.
El grifo seguía cerrado.
El sonido que había escuchado durante cuatro noches jamás había venido de allí.
Cuando reuní el valor suficiente para mirar detrás de mí, comprendí por qué no había podido quitarme la vida.
Porque aquello que compartía la habitación conmigo no estaba dispuesto a dejarme escapar.
Y mientras su respiración rozaba mi nuca, entendí la verdad más terrible de todas:
No llevaba cuatro noches sin dormir.
Llevaba cuatro noches sin despertar.