09/07/2024
𝟵 𝗱𝗲 𝗷𝘂𝗹𝗶𝗼 𝗱𝗶́𝗮 𝗱𝗲 𝗹𝗮 𝗜𝗻𝗱𝗲𝗽𝗲𝗻𝗱𝗲𝗻𝗰𝗶𝗮 𝗔𝗿𝗴𝗲𝗻𝘁𝗶𝗻𝗮 (𝟭𝟴𝟭𝟲-𝟮𝟬𝟮𝟰)
El 9 de Julio de 1816 se declaraba 𝙇𝙖 𝙄𝙣𝙙𝙚𝙥𝙚𝙣𝙙𝙚𝙣𝙘𝙞𝙖 𝙙𝙚 𝙀𝙨𝙥𝙖𝙣̃𝙖 𝙮 𝙙𝙚 𝙩𝙤𝙙𝙖 𝙤𝙩𝙧𝙖 𝙙𝙤𝙢𝙞𝙣𝙖𝙘𝙞𝙤́𝙣 𝙚𝙭𝙩𝙧𝙖𝙣𝙟𝙚𝙧𝙖 doscientos años después a contracorriente del espíritu emancipador independentista en el mismo sitio se firmó "El pacto de Mayo" que 𝙚𝙣 𝙟𝙪𝙡𝙞𝙤 pacta la entrega de las riquezas naturales a los capitales extranjeros, pacta la desprotección de derechos laborales para la explotación de los argentinos, pacta empujar al abismo a los más orillados del sistema. Esta entrega la pacta Javier Milei junto a sus socios los gobernadores, sin estos últimos no se pondría firma y sello al peor escarnio y mancillamiento de la memoria histórica del pueblo argentino cuyos referentes hombres y mujeres dignos jamás pensaron en una nación para pocos. Por el contrario, aquella acta de Independencia también se firmó en tres idiomas que no forman parte de las lenguas del rancio continente europeo, se firmó en 𝙦𝙪𝙚𝙘𝙝𝙪𝙖, 𝙖𝙞𝙢𝙖𝙧𝙖, 𝙜𝙪𝙖𝙧𝙖𝙣𝙞́. Hoy es más que necesario recordar por qué se declaró la independencia en 1816, no podemos olvidar aquel hito.
Säso!! Kachariy!! Yaqhaqtayaña!! (Independencia en Guaraní, Quechua y Aymara)
La Declaración de la Independencia fue un hecho extremadamente político y, contrariamente a lo que se cree, no vino a terminar un proceso que ya había concluido sino, en una movida de principios y voluntad políticos, a correr la frontera de lo posible para alcanzar un objetivo que estaba aun lejos de su concreción: emanciparnos del Imperio Español.
Si pudiéramos trasladarnos en el tiempo y medir las condiciones para insistir con la Independencia en la América Latina de 1816, estas no podían ser más adversas: en el norte de las Provincias Unidas (lo que hoy es la república hermana de Bolivia) a fines de 1813, en los campos de Vilcapugio y Ayohuma, se habían terminado las esperanzas de avanzar hacia el Perú.
Durante el año 1814, retorna al trono de España el rey Fernando VII. Una de sus primeras acciones fue la de organizar una enorme fuerza represiva que pensó inicialmente dirigir hacia el Río de la Plata.
El 2 de octubre de 1814, las fuerzas del general O´Higgins en Chile fueron totalmente derrotadas en Rancagua, cayó la Junta de Santiago y el propio O´Higgins se refugió en Mendoza. El imperio español recuperaba Chile.
En 1815, las cosas empeoraron para los patriotas americanos: en septiembre de ese año, se conformó La Santa Alianza, una especie de unión de naciones monárquicas y conservadoras (sus principales impulsoras eran Austria, Prusia y Rusia), cuyos objetivos declarados eran luchar contra los principios de la Revolución Francesa, el republicanismo y el espíritu laico, apoyando aquellos gobiernos y procesos que volvieran al “orden natural”: Dios y el rey.
En diciembre de ese 1815 es fusilado el cura José María Morelos y Pavón en México, y la revolución independentista y campesina iniciada por el otro “cura del pueblo”, Hidalgo, era ahogada en sangre por las fuerzas reaccionarias.
Para completar el cuadro de retrocesos, la Banda Oriental (que de la mano de Artigas había declarado la independencia junto a Entre Ríos, Corrientes, las Misiones, Córdoba y Santa Fe en 1815) es invadida por los portugueses en mayo de 1816 y anexada como Provincia Cisplatina al imperio portugués, obligando a José Gervasio Artigas, el caudillo independentista y federal, a iniciar una lucha desigual con las fuerzas del Imperio.
Así las cosas, el mapa de la emancipación se había vuelto a cubrir con el color del imperio español: Chile, México y Centroamérica, Bolivia, Perú, Colombia, Venezuela y la Banda Oriental en manos portuguesas. Todo parecía perdido. Fuerzas muy poderosas se coaligaban contra los pueblos de América Latina.
¿Cuál era la salida para la élite porteña? ¿Pasar del dominio español al británico? Sin duda para muchos era la respuesta natural, posible, alcanzable, lógica. La respuesta políticamente viable, correcta. En un giro que no será el único en nuestra historia, la élite comerciante porteña pensaba en cambiar de amo en vez de liberarse. Pero, para otros, los San Martín, los Belgrano, los Monteagudo, los Dorrego, los Lavalle, las Macacha Güemes, las Juana Azurduy, la respuesta lógica era romper definitivamente con el orden establecido. Frente al acoso de los imperios, frente a las dudas de algunos criollos y aun a la traición de los que gobernaban, la respuesta fue apurar la Declaración de la Independencia, cortar las amarras definitivamente y dar la batalla por la libertad sin medir dificultades ni costos. Para eso era necesario apoyarse en los pueblos y la unión de los procesos revolucionarios. San Martín, gobernador de Cuyo en ese momento, envía cartas donde apura al Congreso reunido en Tucumán a no dudar y declarar la independencia: Los representantes de San Juan, Salta, Charcas, Buenos Aires, Catamarca, Córdoba, Jujuy, La Rioja, Mendoza, Santiago del Estero, Tucumán, Mizque, Chichas y Tarija firmaron al pié esta declaración que fue definitiva.: “Nos los representantes de las Provincias Unidas en Sud América, reunidos en congreso general, invocando al Eterno que preside el universo, en nombre y por la autoridad de los pueblos que representamos, protestando al Cielo, a las naciones y hombres todos del globo la justicia que regla nuestros votos: declaramos solemnemente a la faz de la tierra, que es voluntad unánime e indubitable de estas Provincias romper los violentos vínculos que los ligaban a los reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirse del alto carácter de una nación libre e independiente del rey Fernando séptimo, sus sucesores y metrópoli”. La independencia era un hecho. Pero , habida cuenta de las dudas y temores de algunos “patriotas” , los representantes le agregaron diez días después a la Declaración “y de toda otra dominación extranjera”. La Independencia no se haría para cambiar de amo sino para emancipar a los pueblos. Tan arraigada estaba esta convicción que la Declaración fue impresa en castellano, quechua, ayamara y guaraní, con la plena convicción de que la emancipación debía ser para todos los pueblos.
A partir de ese momento no hubo vuelta atrás: los nueve años posteriores de larga y dolorosa lucha fueron ampliando el territorio liberado hasta expulsar definitivamente al imperio español.
Si olvidamos este proceso revolucionario, no podremos resistir a la actual situación política que nos imponen, por eso, la declaración de la independencia del 9 de julio de 1816, la tenemos que seguir forjando hasta realmente conquistar la independencia económica y política para los argentinos y América Latina.