11/08/2026
Cuando a mi cuñada le diagnosticaron cáncer tenía apenas 30 años. Lo que más recuerdo de esa época es a mi sobrinita preguntándome si su mamá se iba a morir. Fue tan impactante verla con ese miedo siendo tan pequeña que me propuse estar siempre para ella, apoyar a mi hermano y quererla como si fuera mi propia hija.
Desafortunadamente, mi cuñada no lo soportó y la perdimos.
Mi hermano quedó completamente destruido. Durante el duelo empezó a tomar demasiado y yo no sabía cómo hacerle entender que ese no era el camino. Le decía que su hija lo necesitaba más que nunca, pero él estaba tan hundido en su dolor que una vez solamente me respondió: “Llévate a la niña un tiempo, necesito procesar todo esto”.
Mi sobrina apenas tenía once años. Mi mamá y yo notamos que poco a poco se estaba apagando. No le daba hambre, casi no hablaba y pasaba mucho tiempo encerrada. De por sí perder a su mamá era algo demasiado doloroso y, por mucho que estuviera acompañada de nosotras, no era lo mismo.
Una noche llegó a mi cuarto llorando. Trataba de hablar, pero no podía porque se ahogaba en el llanto. La abracé y esperé hasta que se calmara. Cuando finalmente pudimos sentarnos en la cama, tenía la mirada perdida.
Yo no quería presionarla. Pensé que lo mejor era dejarla hablar y sacar todo lo que traía atorado.
Después de un rato me dijo: “Cuando murió mi mamá, mi papá se fue con ella. Me quedé sin los dos en un solo día”.
Eso me rompió.
No encontraba las palabras correctas. Es muy fácil hablar cuando no eres tú quien está viviendo algo así. Mi hermano estaba tan dolido que solo podía pensar en su propio dolor, pero la niña también había perdido a su mamá y además sentía que estaba perdiendo a su papá.
Yo me quedé pensando qué podía hacer por ella. Ya se acercaban las vacaciones y me preocupaba que pasara todavía más tiempo encerrada y se decayera.
Hasta que un jueves fui al mercado de Canto Rey. Al pasar por la comisaría, una muchacha se me acercó y me entregó un volante. Me dijo: “Si tienes niños, tráelos a los talleres de verano. Son de manualidades, los vamos a hacer aquí mismo en la comisaría y son gratis”.
Cuando llegué a la casa le comenté a mi mamá, pero ella inmediatamente se preocupó. Me dijo que no sabía si era buena idea llevar a la niña a un lugar donde podía pasarle algo. Yo le respondí: “Ay, ¿qué le puede pasar? Hay policías ahí y van a estar cuidando a los niños”.
Mi sobrina escuchó la conversación y se emocionó porque siempre le habían gustado las manualidades. Mi mamá terminó aceptando, más que nada porque no quería quitarle esa ilusión.
El primer día fui por ella en la tarde y desde que salió venía emocionadísima. Me dijo que se había hecho amiga de una niña que tenía una trenza muy bonita.
Me llamó la atención que la identificara así y le pregunté: “¿Quién es?”. Entonces me señaló a una niña que estaba saliendo de la comisaría con su papá y me dijo: “Mira, es ella”.
Nos acercamos para presentarnos. La niña era muy linda, tenía el cabello largo y llevaba una trenza que realmente llamaba la atención. Su papá también fue muy amable. De hecho, yo lo reconocí porque era el panadero de la zona.
En pocos días empecé a notar un cambio en mi sobrina. Volvió a tener ilusión, quería jugar, platicar y hasta esperaba con ganas que llegara la hora del taller. Eso me tranquilizaba porque sentía que, aunque no había olvidado a su mamá, por lo menos estaba encontrando algo que la ayudaba a salir un poco de ese aislamiento.
Pero todo eso duraría muy poco.
Yo siempre iba por ella en las tardes. La comisaría estaba como a diez minutos caminando de la casa, pero no quería que se le hiciera fácil regresar sola, así que prefería acompañarla.
Un día se me hizo tarde y tomé un mototaxi. Cuando estaba llegando a la comisaría vi que mi sobrina ya había salido y estaba sentada en una de las jardineras, platicando con un señor que yo no conocía. Era un hombre de gorra.
Me bajé rápido y me acerqué. Le pregunté a mi sobrina: “¿Qué haces aquí? ¿Quién te dejó salir?”. El señor se levantó y me dijo: “No se preocupe, yo le estoy haciendo compañía. Ya vinieron por varios niños, solo faltaba ella”.
Como pensé que simplemente estaba tratando de ayudar, le di las gracias y me llevé a mi sobrina.
Al día siguiente estuve muy pendiente de la hora y fui por ella temprano. Mientras caminábamos de regreso me dijo que se había aburrido porque su amiga no había ido.
Eso se me hizo raro porque por la mañana yo había visto al papá de la niña llevándola al taller. Incluso nos habíamos saludado.
Le pregunté: “¿Cómo que no fue? Si yo vi a su papá esta mañana”.
Entonces mi sobrina me explicó: “No sé, tía. En la mañana ella se salió y a lo mejor sus papás la recogieron. Yo no me llevo muy bien con los otros niños”.
Se me hizo extraño, pero no le di la importancia que debía.
Al día siguiente llegamos a la comisaría y nos informaron que los talleres habían sido suspendidos porque una niña había desaparecido la mañana anterior.
En ese momento vi salir a los padres de la niña de la trenza. Estaban desesperados, llorando y reclamando: “¿Por qué la dejaron salir? ¡Ustedes son los culpables! ¡Encuentren a nuestra hija!”.
Me espanté.
Mi sobrina empezó a llorar muy fuerte, así que llamé a mi mamá para que fuera por ella. Yo decidí quedarme porque quería ayudar a los padres de la niña.
Más tarde llegó también mi hermano y se quedó conmigo. Varios familiares llevaban toda la noche buscándola por diferentes lugares. Nos contaron que la policía les había mostrado los videos de seguridad y que se veía a la niña salir de la comisaría acompañada de un hombre que iba en bicicleta.
No sabían hacia dónde se habían ido.
También nos dijeron que en la comisaría inicialmente estaban negando que la niña hubiera estado ahí esa mañana, aunque eso no era cierto porque varias personas la habían visto entrar al taller.
El ambiente estaba muy tenso. Había padres de familia ayudando, personas entrando y saliendo y policías de investigación preguntándonos si habíamos visto algo.
Yo conté que había visto a la niña salir y que después había visto a un hombre de gorra hablando con mi sobrina, pero en ese momento no relacioné a ese señor con la desaparición porque pensé que simplemente estaba esperando a alguien.
Mi hermano estaba muy pensativo. En un momento me dijo: “No sé qué haría si fuera mi hija”.
Pasaron varias horas hasta que llegó una patrulla. Nosotros estábamos afuera de la casa de los padres cuando los policías les pidieron que los acompañaran a la comisaría porque tenían noticias de la niña.
Yo sentí alivio. Pensé que por fin la habían encontrado y que todo iba a terminar bien.
Para no dejarlos solos, nos fuimos con ellos y nos quedamos afuera de la comisaría. Yo entré junto con los padres como si fuera parte de la familia, porque quería acompañarlos.
Entonces salió el comandante. Su expresión era muy seria y pidió hablar directamente con los padres.
Nosotros nos quedamos cerca y alcanzamos a escuchar cuando les dijo: “Tenemos noticias. Recibimos el reporte de un bulto a un costado de la carretera. Ya confirmamos que se trata de su hija”.
Fue el peor momento.
Los padres comenzaron a gritar y a llorar. Aunque la niña no era mi familia, sentí una presión horrible en el pecho. Nos pidieron que saliéramos y solamente dejaron entrar a los padres.
Afuera todos comenzamos a exigir justicia. Nadie entendía cómo una niña podía haber salido de un lugar donde supuestamente estaba bajo vigilancia.
Yo no sabía cómo darle la noticia a mi sobrina. Al final tuvimos que hablar con ella, prepararnos para el funeral y tratar de acompañarla en todo lo que estaba viviendo.
Mi hermano quedó muy impactado. Después de eso dejó de tomar como antes y comenzó a estar mucho más presente con su hija. Incluso un día me dijo: “Me siento culpable de no haber apoyado a mi hija cuando más me necesitó”.
En esos días nos enteramos de que habían detenido al hombre señalado como responsable, pero nosotros ya no quisimos involucrarnos más en el caso.
Días después del funeral, estaba viendo la televisión cuando comenzaron a transmitir las noticias locales. Explicaron que la niña había sido raptada por un hombre que se la llevó en una bicicleta y que después la había asesinado. También dijeron que el cuerpo había sido localizado a un costado de la carretera y que un motociclista había sido quien dio aviso a las autoridades.
Entonces mostraron una imagen de la niña.
Sentí un escalofrío cuando mencionaron que una de las características que ayudó a reconocerla fue la trenza que llevaba en el cabello.
Me quedé mirando la televisión sin poder reaccionar. Porque en ese momento recordé algo que había olvidado por completo. El señor de gorra.
El mismo hombre que había visto afuera de la comisaría, sentado junto a las jardineras y hablando tranquilamente con mi sobrina. El mismo hombre al que yo le había dado las gracias por estar cuidándola. Y entonces entendí que probablemente ese día no estaba haciendo compañía a mi sobrina.
Estaba esperando a que saliera la niña de la trenza.
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Esta historia está inspirada en el caso de César Augusto Alva Mendoza, conocido como ‘El Monstruo de la Bicicleta" de May Anécdotas. La foto es una restauración del video real.