04/09/2026
El deporte, un derecho que México debe garantizar.
Por: Pedro Pérez Gómez
Hablar de deporte en México suele llevarnos a pensar en grandes estadios, atletas de alto rendimiento, medallas y competencias internacionales. Sin embargo, existe otra realidad mucho más cercana y menos visible: millones de niños, jóvenes y trabajadores que no cuentan con las condiciones necesarias para practicar una disciplina deportiva de manera constante.
El problema no es menor. De acuerdo con el Módulo de Práctica Deportiva y Ejercicio Físico (MOPRADEF) 2025 del INEGI, el 58 por ciento de la población de 12 años y más no realiza deporte ni ejercicio. Es decir, más de la mitad de los mexicanos de estas edades permanece alejada de una actividad que no debería considerarse un lujo, sino parte de una vida saludable y de una formación integral.
Ante estos datos, resulta necesario preguntarnos por qué tantas personas no practican deporte. No podemos reducir el problema a la falta de voluntad individual, porque detrás de esa ausencia existen condiciones económicas y sociales que limitan las posibilidades de millones de familias.
Para muchas personas, los obstáculos son evidentes: falta de tiempo, instalaciones insuficientes, espacios deteriorados y pocas alternativas gratuitas o accesibles. Una familia que apenas consigue ingresos para cubrir alimentación, transporte, vivienda, educación y servicios básicos difícilmente puede destinar recursos a cuotas deportivas, uniformes, equipo, transporte o entrenadores particulares.
Por eso, hablar de deporte también significa hablar de desigualdad social. Las posibilidades de practicar una disciplina no son las mismas para todos: mientras algunos sectores pueden pagar instalaciones privadas, clases y equipo especializado, en las colonias populares y comunidades muchas veces los niños y jóvenes tienen que conformarse con canchas deterioradas o espacios improvisados.
En numerosas colonias populares existen instalaciones deportivas que permanecen abandonadas, carecen de mantenimiento o resultan insuficientes para atender a la población. En otras comunidades, simplemente no existen espacios adecuados. La contradicción es evidente: se llama a los ciudadanos a combatir el sedentarismo y cuidar su salud, pero no siempre se generan las condiciones materiales para que puedan hacerlo.
Esta situación demuestra que el acceso al deporte no puede depender exclusivamente del esfuerzo individual. Si se quiere que la población practique alguna disciplina de manera constante, se necesitan políticas públicas que acerquen el deporte a las colonias, comunidades, escuelas y centros de trabajo, especialmente a los sectores con menores ingresos.
México necesita, por tanto, una política deportiva que mire más allá del alto rendimiento. Es importante apoyar a quienes representan al país en competencias nacionales e internacionales, pero también debe ser una prioridad garantizar que las mayorías tengan la posibilidad de practicar deporte de manera gratuita o a bajo costo y en instalaciones dignas.
En este sentido, resulta importante la Jornada Nacional de Voleibol 2026 impulsada por la Comisión Deportiva Nacional del Movimiento Antorchista. Este domingo 6 de septiembre se realizará simultáneamente en las capitales de las 32 entidades federativas, con la participación esperada de más de 500 equipos y alrededor de 6 mil deportistas.
La jornada contempla las categorías Infantil, Juvenil A, Juvenil B, Juvenil C y Primera Fuerza, tanto en la rama varonil como femenil. Más allá de los resultados de cada partido, este encuentro representa un esfuerzo por acercar la práctica deportiva a niños, jóvenes y adultos que muchas veces no encuentran suficientes espacios de participación.
Pedro Pérez Gómez, dirigente estatal del Movimiento Antorchista en Aguascalientes, ha señalado que el deporte debe entenderse como una herramienta de formación y no solamente como entretenimiento. Esta concepción resulta importante porque permite comprender que la actividad deportiva puede contribuir al desarrollo de capacidades que van mucho más allá del aspecto físico.
El deporte enseña disciplina, esfuerzo, constancia, coordinación y trabajo en equipo. Un niño que aprende que para alcanzar un objetivo necesita entrenar, respetar reglas, asumir responsabilidades y colaborar con sus compañeros está adquiriendo herramientas que también puede aplicar en la escuela, en su familia y posteriormente en su vida laboral.
Pero existe una enseñanza todavía más profunda: nadie gana un partido trabajando completamente solo. En una sociedad donde constantemente se promueve la idea de que cada persona debe resolver sus problemas de manera individual, el deporte puede enseñar una lección distinta: los objetivos comunes requieren organización, responsabilidad, cooperación y confianza entre quienes participan.
Esto adquiere especial importancia cuando hablamos de las clases trabajadoras. Los problemas que enfrentan las familias no son únicamente individuales. Los bajos salarios, el empleo informal, la falta de vivienda digna, los servicios deficientes y la inseguridad tienen causas sociales y, por lo tanto, requieren también de soluciones colectivas.
Desde esta perspectiva, el deporte puede convertirse en una herramienta educativa y de organización popular. No solamente fortalece el cuerpo, sino que ayuda a desarrollar capacidades mentales y sociales, fomenta la convivencia y enseña a los jóvenes que el esfuerzo individual adquiere mayor fuerza cuando se combina con el trabajo colectivo.
El Movimiento Antorchista ha impulsado distintas disciplinas deportivas, entre ellas voleibol, atletismo, basquetbol, futbol y ajedrez. La intención es que niños y jóvenes encuentren diferentes alternativas de participación y que la actividad deportiva deje de ser algo ocasional para convertirse en una parte permanente de su formación.
Pero estos esfuerzos no pueden sustituir la responsabilidad que corresponde a los gobiernos. El Estado tiene la obligación de construir y mantener instalaciones deportivas en las colonias populares y comunidades, impulsar programas gratuitos o de bajo costo, contratar entrenadores y profesores suficientes, organizar competencias permanentes y garantizar espacios seguros para niñas, niños y jóvenes.
También debe existir una política deportiva vinculada estrechamente con la educación. La escuela no debe limitarse a transmitir conocimientos académicos; también debe contribuir a formar personas sanas, disciplinadas, solidarias y capaces de trabajar con los demás. El deporte, acompañado de una buena educación, puede ser una herramienta poderosa para alcanzar ese objetivo.
Invertir en deporte no debe considerarse un gasto secundario. Es una inversión en salud, educación, convivencia y futuro. Si más de la mitad de la población de 12 años y más no realiza actividad física, el dato debería ser entendido por las autoridades como una llamada de atención que exige acciones concretas y no solamente campañas publicitarias.
No basta con decirle a la población que haga ejercicio. Hay que construir las condiciones para que pueda hacerlo. Una cancha cercana, iluminada, limpia y equipada puede representar para una comunidad mucho más que un espacio para jugar: puede convertirse en un lugar de convivencia, formación y organización.
El deporte popular tampoco debe depender de la capacidad económica de las familias. El hijo de un obrero, de un campesino o de una madre trabajadora debe tener la posibilidad de practicar una disciplina deportiva sin que la falta de dinero se convierta en una barrera. El talento no pertenece a una clase social determinada; lo que cambia son las oportunidades para desarrollarlo.
Por eso adquieren importancia jornadas como la de voleibol que se realizará este 6 de septiembre. Miles de deportistas demostrarán que en las colonias, comunidades y sectores populares existe talento, entusiasmo y disposición para participar. Lo que hace falta es que estas oportunidades se multipliquen y que el acceso al deporte deje de ser una excepción.
El deporte no debe ser privilegio de unos cuantos. Debe ser un derecho efectivo para las mayorías. Para conseguirlo se requiere una política pública que coloque al deporte popular como una prioridad y que destine recursos suficientes para llevarlo a donde viven y estudian los trabajadores, sus hijos y sus familias.
Porque una sociedad que garantiza a sus niños y jóvenes el acceso al deporte está invirtiendo en su futuro. Y un pueblo que aprende desde una cancha a organizarse, respetar reglas, trabajar en equipo y luchar por un objetivo común también adquiere herramientas para enfrentar los problemas que existen fuera de ella.
Ésa es la verdadera dimensión del deporte popular: no solamente formar buenos atletas, sino contribuir a formar mejores seres humanos, fortalecer la convivencia y ayudar a construir una sociedad más consciente, organizada y capaz de luchar colectivamente por mejores condiciones de vida.