14/09/2026
YO QUE SE DE TURISMO.
Lejos de mí la osadía de cuestionar a los expertos de la mercadotecnia turística, pero confieso haber alcanzado una epifanía de primer orden: el autobús repleto de turistas jamás esquivó a Amatitán por culpa de ese adoquinado con más cráteres que la luna. Ni por esa insignificante ausencia de sanitarios públicos en la plaza principal que obligaba al visitante a poner a prueba su aguante biológico. Qué disparate el mío.
El explorador cosmopolita, con toda seguridad, tampoco se sintió disuadido por nuestros accesos que desafían las leyes de la física y la suspensión vehicular, ni por una señalética que parece haber sobrevivido a un asedio medieval. Mucho menos habrá molestado por esas nada sexys lonas publicitarias, noblemente tostadas y desteñidas por el sol de los siglos, que le aportan al cuadro principal un aire de gloriosa decadencia postapocalíptica.
No, caballeros. La fuga del capital extranjero respondía a una tragedia mucho más etérea: la desgarradora falta de letras monumentales.
Porque es un principio elemental del urbanismo moderno que no existe socavón ni pestilencia que un juego de tipografías multicolores no pueda redimir espiritualmente. ¿Para qué invertir en drenajes discretos, calles funcionales o una dignidad básica, si el transeúnte puede ignorar sus urgencias fisiológicas recargado sonriente contra el arco de una letra "M"? Al fin y al cabo, el bienestar público es un capricho mundano y pasajero; la postal para redes sociales posando sobre fibra de vidrio es para la posteridad. Hay que aplaudir la agudeza de la visión municipal: gobernar no consiste en resolver lo urgente, sino en consagrar con impecable elegancia las verdaderas prioridades de la fachada.