23/05/2026
Hermanos:
Estamos a unos dias de celebrar La Fiesta de Pentecostes.
La iglesia nace con la efusion del espiritu santo.
Cristo se manifiesta, se hace presente y comunica su obra de salvación por medio de los sacramentos.
Así el anuncio de Cristo, mu**to y resucitado, se hace presente, se realiza para nosotros en los sacramentos.
Sin los sacramentos, Cristo se reduciría a un modelo externo a nosotros, que tendríamos que reproducir en la vida con nuestro esfuerzo.
También vale lo contrario:
Los sacramentos sin evangelización previa se convierten en puro ritualismo vacío, que no agrada a Dios ni da vida a los hombres. El comienzo de la vida filial se da en el bautismo,
pero, como dice Orígenes:
Cuanto más entendamos la Palabra de Dios más seremos hijos suyos, siempre y cuando esas palabras caigan en alguien que ha recibido el Espíritu de adopción.
La salvación, como vida del Padre en Cristo, se nos da en el Espíritu Santo.
Y el Espíritu santo nos lleva siempre a Cristo, que nos presenta como hermanos suyos al Padre, que nos acoge como hijos.
La venida de Cristo y sus obras estuvieron acompañadas
siempre por la acción del Espíritu.
Concebido en el seno de María por el Espíritu Santo; se posa sobre El en el bautismo, está sobre El en la predicación, en su lucha contra los demonios, en su entrega a la cruz y en su resurrección.
Jesús es Cristo, el Ungido por el Espíritu.
Ante el pesimismo que vive Israel, por la falta del Espíritu, que en otros tiempos se manifestaba con fuerza en los profetas, Juan Bautista anuncia el inminente derramamiento del Espíritu:
Yo os bautizo con agua, pero El os bautizará con Espíritu y fuego.
Jesucristo posee el Espíritu en tal plenitud que es fuente de
Espíritu:
Lo da como don de Dios a los Apóstoles y lo envía a su
Iglesia:
Convertíos y que cada uno de vosotros se haga bautizar en el nombre de Jesucristo para remisión de vuestros pecados y recibiréis el don del Espíritu Santo, pues la promesa es para vosotros y para vuestros hijos,y para todos los que están lejos: para cuantos llame el Señor Dios nuestro.
Es más, de quienes crean en Cristo brotarán ríos de agua viva. Esto lo decía refiriéndose al Espíritu que iban a recibir los que creyeran en El. Porque aún no había Espíritu, pues todavía Jesús no había sido glorificado,como nos dice San Juan (Jn 7,37-38).
Como Espíritu de Jesús, tiene la misión de traer a la memoria
todo lo que Jesús dijo e hizo, para llevarnos así a la verdad
plena; sólo por el Espíritu lograrán entender los discípulos lo que les había dicho Jesús.
En el lenguaje bíblico, espíritu significa, en primer lugar, viento,
impulso, aliento de vida.
El Espíritu de Dios es, por tanto, el impulso y aliento de la vida: Es el que todo lo crea, cuida y conserva en vida.
Y, por encima de todo, es el que actúa en la historia, recreando la vida.
En el Antiguo Testamento actúa sobre todo por medio de los profetas.
Jesús resucitado sopla sobre sus discípulos para que reciban el
Espíritu Santo.
Este soplo de Jesús simboliza al Espíritu, que El envía, como principio de la nueva creación, su presencia sobre toda carne, sobre grandes y pequeños, jóvenes y viejos, judíos y gentiles es el signo del comienzo del mundo nuevo y de la misión de la
Iglesia.
Esto es vivir en la gracia de Dios, como nueva criatura,
contemplando cómo pasa lo viejo y surge cada día todo nuevo.
La gracia de Dios no es sino la experiencia de que por el Espíritu Santo el amor de Dios se derrama en nuestros corazones (Rom 5,5).
La presencia viva del Espíritu en el creyente crea la presencia y comunión con el Padre y con el Hijo.
Así somos incorporados a la vida y al amor de Dios Trino,
participando de su divinidad.
El Espíritu nos otorga este gozo de la unión con Dios,
haciéndonos experimentar nuestra filiación divina en lo más
íntimo de nuestro espíritu:
El Espíritu y nuestro espíritu en acorde sintonía nos testimonian que somos hijos de Dios (Rom 8,16), suscitando en nosotros el clamor inefable y entrañable:
¡Abba, Padre!»(Rom 8,15):
La prueba de que sois hijos esque Dios ha enviado a nuestros corazones el Espíritu de su Hijo que clama: !Abba, Padre!
(Gál 4,6)
El Espíritu Santo es don de la nueva vida.
Don del Padre y del Hijo.
Por El confesamos a Jesús como Señor y podemos decir Abba, Padre (Rom 8,15; Gál 4,6).
Cuando Dios nos da su Espíritu se nos da a Sí mismo:
El amor de Dios ha sido derramado en nuestros corazones por el Espíritu Santo, que se nos ha dado (Rom 5,5).
Por el don del Espíritu recibimos la unión con Dios, participamos en su vida, somos hijos de Dios, con su misma naturaleza (Rom 8,14).
Esto es posible gracias a que el Espíritu Santo, don del Padre y
del Hijo, es El mismo Dios.
No es sólo don, sino DADOR de vida.
No es sólo fuerza de Dios que nos permite actuar, sino
Dios dándosenos.
No es algo, sino Alguien.
Por ello, distribuye sus dones como quiere; enseña y trae a la
memoria; habla y ora.
Podemos, no sólo perderle, sino también contrastarlo (Ef 4,30).
El Espíritu Santo, Dador de vida, opera una apertura en el
creyente hacia Dios, enseñándole a orar.
una apertura hacia los hombres, pues la libertad que
engendra -donde está el Espíritu hay libertad- es
capacidad de servicio y donación, y una apertura o
dilatación del propio corazón, liberándole del círculo angustioso
del temor a la muerte, con los frutos del Espíritu:
Amor,Alegría, Paz, Comprensión, Servicialidad, Bondad, Fidelidad,Amabilidad, Dominio de sí, ontra los que ya no hay ley
alguna(Gál 5,16-17).
Este se rige por el Espíritu, que le guía con sus siete dones: Espíritu de sabiduría y de inteligencia,
Espíritu de consejo y de fortaleza,
Espíritu de ciencia y de piedad,
y Espíritu de temor de Dios.(Is 11,2-3).
Sólo necesita no contristarlo, pues está escrito: «
No contristéis al Espíritu Santo, con el que fuisteis sellados para el día de la redención» (Ef 4,30).
Pues si el Espíritu que resucitó de entre los mu**tos permanece en vosotros, quien resucitó a Cristo de entre los mu**tos hará vivir también vuestros cuerpos mortales mediante el Espíritu que habita en vosotros»(Rom 8,11).
El es el Don de Dios por ser dado a quienes, por su medio, aman a Dios; es Dios en Sí y don con respecto a nosotros.
Es Don y dador de dones:
Reparte las profecías y el poder de perdonar los pecados, ya que
no se perdonan los pecados sin el Espíritu Santo (Jn 20,22s).
Es llamado también Caridad, por unir a aquellos de quienes
procede y ser uno con ellos, y por obrar en nosotros el que
permanezcamos en Dios y Dios en nosotros.
De aquí que ningún don de Dios supera al de la caridad (1 Cor 12,31, no habiendo mayor don divino que el Espíritu Santo.
El es, propiamente, caridad, aunque también lo son el
Padre y el Hijo.
En el Evangelio es designado también Dedo de Dios, pues si un
Evangelista dice Con el dedo de Dios arrojo los demonios» (Lc
11,20), otro lo expresa, diciendo: Con el Espíritu de Dios arrojo
los demonios (Mt 12,28).
De ahí que cincuenta días después de la muerte del cordero pascual fue dada la Ley escrita por el dedo de Dios (Ex 31,18; Dt 9,10), descendiendo igualmente el Espíritu Santo cincuenta días después de la pasión de nuestro Señor (He1,3; 2,1).
Se le llama dedo para significar la fuerza de sus acciones junto con el Padre y el Hijo; Pablo, en efecto, afirma que todo lo opera el mismo y único Espíritu, distribuyendo sus dones a cada uno según su voluntad. (1 Cor 12,11).
Y como por el bautismo morimos y renacemos con Cristo, también entonces somos sellados por el Espíritu, por ser
el dedo de Dios y el sello espiritual.
Se le llama además paloma, fuego, agua y unción (1 Jn 2,20). Con El fue ungido nuestro Señor de quien se dice que fue ungido con óleo de exultación(Heb 1,9; Sal 44,8), es decir, con el Espíritu Santo.
Ahora recibimos sólo una parte de su Espíritu, que nos
predispone y prepara a la incorrupción, habituándonos poco a
poco a acoger y llevar a Dios.
El Apóstol define al Espíritu como prenda, es decir, parte de aquel honor, que nos ha sido conferido por Dios:
En Cristo también vosotros, después de haber oído las Palabras de la verdad, el Evangelio de nuestra salvación, habéis recibido el sello del Espíritu de la promesa, que es prenda de nuestra herencia (Ef 1,13-14).
Si, pues, esta prenda, que habita en nosotros (Rom 8,9), nos hace espirituales y gritar Abba, Padre,
¿qué sucederá cuando, resucitados, le veamos cara a cara?
Si ya la prenda del Espíritu, abrazando en sí a todo el hombre, le hace gritar Abba, Padre, ¿qué no hará la gracia plena del Espíritu, cuando sea dada a los hombres por Dios?
¡Nos hará semejantes a El y realizará el cumplimiento del
designio de Dios, pues hará realmente «al hombre a imagen y
semejanza de Dios.
Que el señor nos conceda vivir esta Fiesta con el anhelo de que el Espiritu Santo venga y habite en. nosotros.
Midrash y Reflexiones//CNC
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