06/04/2026
Aquí me permito compartir con ustedes una breve columna sobre la procesión de este domingo en honor al Santo Cristo de las Ruinas de Aké, una manifestación de fe que volvió a reunir a la comunidad en torno a sus tradiciones más profundas.
En una escena que mezcla tradición, fe y un profundo simbolismo, Cacalchén vivió una noche memorable al recibir a su Santo Cristo, una imagen crucificada, justo en el marco del Domingo de Resurrección.
Mientras en muchos lugares se celebra la vida y la resurrección, en este rincón de Yucatán el pueblo abre su corazón a un Cristo en la cruz, recordando que la fe también se construye desde el sacrificio, el dolor y la esperanza.
Desde la capilla del Santo Cristo, la imagen emprendió su recorrido hacia la parroquia de San Pedro y San Pablo, acompañada por cientos de fieles. Al unísono, el trayecto se llenaba de identidad y contraste: por un lado, el ritmo alegre de la charanga; por el otro, el sonido firme y solemne de la banda de guerra, cuyos redobles marcaban el paso de la procesión.
A su paso, la escena se repetía una y otra vez: familias enteras salían a las puertas de sus hogares para venerar la imagen. Los hombres, en señal de respeto, se quitaban la gorra o el sombrero al verla pasar, mientras que las mujeres se persignaban con profunda devoción, en una muestra viva de la fe que se transmite de generación en generación.
Al llegar a la parroquia, la imagen fue recibida con mariachis, dando paso a una misa solemne oficiada por el padre Benigno Cupul. El templo, lleno, guardaba un silencio respetuoso que hablaba por sí solo.
Pero sería al concluir la celebración cuando la fe del pueblo se manifestó de manera más cercana. Ancianos, jóvenes y niños —en su mayoría mujeres— formaron una larga fila para acercarse a la imagen. Uno a uno, tocaron la cruz, inclinaron la cabeza y besaron al Santo Cristo, en un gesto íntimo de amor y agradecimiento.
Entre la multitud, destacaba la figura de la abuelita creyente, símbolo vivo de la tradición: pausada, firme, con una fe que no necesita palabras.
Y entonces, el cielo habló.
Las bombas pirotécnicas, conocidas popularmente como giladas, comenzaron a retumbar en el cielo, anunciando con fuerza la presencia del Santo Cristo en la comunidad. Acto seguido, los fuegos pirotécnicos se soltaron e iluminaron la noche en un espectáculo que se prolongó por más de 10 minutos, no como simple entretenimiento, sino como un homenaje directo a la venerada imagen. Cada estallido parecía acompañar la fe de un pueblo entero que miraba al cielo con emoción.
Así, entre música, tradición y un firmamento encendido, Cacalchén reafirma que su fe no solo se recuerda: se vive, se honra y se celebra.
Porque en tiempos donde muchas cosas cambian y se olvidan, hay algo que permanece intacto: la fe de su gente. Esa fe que camina, que reza, que canta y que, año con año, encuentra en el Santo Cristo un motivo para seguir creyendo.