15/06/2026
𝐋𝐚 𝐞𝐱𝐭𝐫𝐚𝐧̃𝐚 𝐦𝐮𝐣𝐞𝐫 𝐪𝐮𝐞 𝐦𝐞 𝐯𝐢𝐬𝐢𝐭𝐨́ 𝐦𝐢𝐞𝐧𝐭𝐫𝐚𝐬 𝐦𝐞 𝐝𝐞𝐛𝐚𝐭𝐢́𝐚 𝐞𝐧𝐭𝐫𝐞 𝐥𝐚 𝐯𝐢𝐝𝐚 𝐲 𝐥𝐚 𝐦𝐮𝐞𝐫𝐭𝐞
Existen experiencias que dejan una marca imposible de borrar. Situaciones que desafían toda explicación lógica y que cambian para siempre la forma en que vemos la vida… y la muerte. El siguiente testimonio fue enviado por un miembro de nuestra comunidad que, tras una emergencia médica que estuvo a punto de costarle la vida, asegura haber vivido algo que aún hoy lo persigue en sus recuerdos.
Lo que ocurrió durante aquellos días en el hospital lo llevó a alejarse por completo de todo aquello que antes tanto le apasionaba: lo paranormal.
Esta es su historia.
Buenas noches. Lo que les voy a contar es algo muy personal. No diré mi nombre, pero sí compartiré lo que me sucedió y cómo cambió por completo mi perspectiva sobre lo paranormal. Antes era muy fanático de estos temas; hoy ya no me gusta todo lo relacionado con lo paranormal a raíz de lo que me pasó y de la experiencia que viví.
La verdad, dudé mucho antes de contar esta historia. Durante años preferí guardármela para mí, pero sentí la necesidad de compartirla. Por eso decidí contársela a Juan; ya será él quien decida si la publica o no. Lo único que sé es que lo que viví marcó mi vida para siempre y me hizo ver la muerte de una forma muy distinta.
Un día me encontraba en mi casa realizando mis labores como cualquier otro. Todo parecía normal, hasta que de repente un coágulo de sangre se desprendió de una herida que tenía en una de mis manos. Aquel coágulo viajó por mi cuerpo y llegó hasta mi cerebro, provocándome una pérdida total del conocimiento.
Caí al suelo.
No sé cuánto tiempo permanecí ahí tirado, inmóvil, sin reaccionar. De no haber sido por una perrita que teníamos en casa, probablemente hoy no estaría contando esta historia. Ella comenzó a alertar desesperadamente a mi familia de que algo no estaba bien, y gracias a eso pudieron auxiliarme.
Mientras mi cuerpo permanecía inconsciente, viví algo que jamás podré olvidar.
Me vi caminando por un sendero cubierto de flores. Era un lugar extrañamente hermoso. Todo estaba en calma. No había miedo, dolor ni preocupación. Solo una sensación de tranquilidad que nunca había experimentado.
Mientras avanzaba, distinguí una figura a la distancia.
Al principio no pude reconocer quién era. Sin embargo, conforme nos acercábamos, aquella silueta comenzó a tomar forma.
Seguí caminando.
La persona también.
Hasta que finalmente quedamos frente a frente.
Fue entonces cuando sentí un escalofrío.
Era mi padre.
Su expresión era seria. No parecía feliz de verme allí. Más bien parecía preocupado… incluso molesto.
Con una voz firme, que sonó más como una orden que como un consejo, me dijo:
—¿Tú qué haces aquí? Vete. Todavía no es tu tiempo. Devuélvete.
Aquellas palabras me tomaron por sorpresa.
No pregunté nada.
No discutí.
Simplemente obedecí.
Me di la vuelta y regresé por donde había venido.
En ese instante desperté.
Abrí los ojos y me encontré en una cama de hospital, rodeado de máquinas, cables y aparatos médicos. Había sobrevivido, pero el peligro aún estaba lejos de terminar. Mi estado seguía siendo delicado y los médicos no podían asegurar que lograría recuperarme.
Fue entonces cuando comenzaron las visitas.
Cada noche, sin excepción, veía a una mujer.
Aparecía silenciosamente junto a mi cama.
Vestía completamente de blanco. Sobre su cabeza llevaba flores y una especie de resplandor la rodeaba. No sabría explicar cómo era aquella luz. No lastimaba la vista, pero tampoco parecía algo natural.
Lo más extraño era que siempre venía a preguntarme lo mismo.
—¿Qué número de cama tienes?
Yo respondía:
—La 54.
Ella asentía y desaparecía.
La noche siguiente regresaba.
Y volvía a preguntar:
—¿Qué número de cama tienes?
—La 54.
Y así una y otra vez.
Noche tras noche.
La escena comenzó a volverse inquietante. Ya esperaba su llegada. Sabía que aparecería en algún momento de la madrugada para hacer exactamente la misma pregunta.
Hasta que una noche mi estado empeoró.
Los médicos estaban preocupados. Mi familia también.
Y aquella mujer volvió.
Se acercó a mi cama como siempre y preguntó:
—¿Qué número de cama tienes?
Yo ya estaba cansado de escuchar la misma pregunta.
Molesto, le respondí:
—¡La 54! Ya le dije muchas veces. No esté dando lata.
Por primera vez, la mujer pareció reaccionar.
Me observó durante unos segundos y luego respondió:
—Busco la 64. Esa es la cama de enfrente.
Después agregó una sola palabra:
—Gracias.
Y desapareció.
Aquella fue la última vez que la vi.
Días después logré salir de gravedad.
Cuando mi condición mejoró y pude hablar con tranquilidad, le pregunté a mi esposa por el hombre que ocupaba la cama número 64.
Nunca olvidaré su respuesta.
Me dijo que había fallecido justamente la noche en que yo me encontraba más delicado.
Sentí un frío recorrerme el cuerpo al escuchar aquello. Sin embargo, la mujer de blanco no fue lo único extraño que vi durante mi estancia en el hospital.
En varias ocasiones también veía a un niño pequeño sentado sobre mi regazo. Lo observaba con total claridad. Incluso llegué a comentárselo a mi esposa.
—Mira el niño que tengo aquí —le decía.
Ella volteaba de inmediato, pero no veía absolutamente nada.
En ese momento pensé que quizá todo era consecuencia de mi estado de salud, de los medicamentos o de la gravedad de lo que estaba viviendo. Sin embargo, aquella imagen del niño permaneció grabada en mi memoria.
Tiempo después, cuando por fin me dieron de alta y regresé a casa, le conté todo lo ocurrido a una señora que nos ayudaba con el aseo. Escuchó mi historia con mucha atención y, cuando terminé, me hizo una pregunta inesperada.
—¿Tienes un álbum de fotos de cuando eras niño?
—Sí —le respondí.
—Vamos a verlo.
Saqué varios álbumes y comenzamos a revisarlos. Pasábamos una fotografía tras otra cuando de repente señalé una imagen.
—¡Este es el niño que veía en el hospital! Traía un traje azul muy llamativo. ¿Quién es él?
La mujer me observó fijamente durante unos segundos.
—¿Quién es? —volvió a preguntar.
—Pues soy yo —le respondí.
Su expresión cambió por completo.
—Entonces te estabas viendo a ti mismo cuando eras niño.
Aquella respuesta me dejó sin palabras.
—¿Y cómo sabe eso? —le pregunté.
La mujer guardó silencio unos instantes antes de responder.
—Porque algo muy parecido le pasó a mi hija. Ella sufrió un accidente muy grave y durante su recuperación veía constantemente a una niña pequeña. Siempre hablaba de ella y decía que la acompañaba.
Tiempo después, cuando regresó a casa, estaba viendo unas fotografías familiares y de pronto señaló una imagen.
—Mira, mamá. Esa es la niña que veía.
La fotografía era de ella misma cuando era pequeña.
Aquella conversación me hizo recordar al niño que aparecía sobre mi regazo en el hospital. Hasta el día de hoy no sé qué explicación tiene todo eso. No sé si fue algo relacionado con la cercanía de la muerte o si existe algo más allá que no alcanzamos a comprender.
Desde entonces mi vida cambió por completo.
Dejé de buscar explicaciones sobre lo paranormal. Dejé de investigar casos y de interesarme por muchas cosas que antes me apasionaban.
Estoy convencido de que aquella mujer que me visitaba cada noche era la muerte.
Tal vez algunos pensararán que todo fue producto de mi estado de salud. Quizá tengan razón.
O quizá no.
Lo único que sé es que aquella mujer buscaba la cama 64… y por alguna razón, primero llegó a la mía.
Y tampoco puedo olvidar al niño de traje azul que se sentaba sobre mi regazo y que, al final, descubrí que era yo mismo.
Quizá todo tenga una explicación.
Quizá no.
Pero después de vivir algo así, aprendí que existen cosas entre la vida y la muerte que simplemente escapan a nuestra comprensión.
Derechos Reservados © Portal Paranormal.