Ary Perera

Ary Perera Cada familia tiene una historia
Bienvenidos a la nuestra 🥰

Esposa, mamá, hija. Emprendedora, creativa. Ingeniera en desarrollo de software 👩🏻‍💻.

Pues ya llegaste hasta aqui, picale en seguir 💖.

Más de mis creaciones. “pequeñas piezas, grandes ideas”
10/06/2026

Más de mis creaciones.
“pequeñas piezas, grandes ideas”

Uno nunca se imagina que cuando aprendes algo nuevo llegas a darte cuenta que te apasiona 🫶🏻
09/06/2026

Uno nunca se imagina que cuando aprendes algo nuevo llegas a darte cuenta que te apasiona 🫶🏻

07/06/2026

Mi rey hermoso cuando se soltó a caminar estábamos mi hermano y yo fuimos a buscarlo a la guardería y fue hermoso 🥹

Mati y yo íbamos camino a casita 🏡 pero en un descuido perdió su tenis, me duele perderlo porque hasta el momento no hab...
06/06/2026

Mati y yo íbamos camino a casita 🏡 pero en un descuido perdió su tenis, me duele perderlo porque hasta el momento no había yo extraviado algo de mi bebé, pero siempre hay una primera vez y lo que más me duele que se va esencia de mi bebé pues son los que diario usa para ir a la guardería y en la suela tiene su nombre pues así lo solicitan en la guarde 🫠

Pero bueno espero que donde sea que se encuentre el otro par lo cuiden jaja 🥰😅

05/06/2026

Viví 20 años en Estados Unidos. Allá crecí como mujer, allá conocí a mi esposo, allá nos casamos y nacieron mis dos hijos. Ninguno de los dos tiene papeles, pero siempre trabajamos duro. No éramos ricos, pero teníamos estabilidad. Pagábamos nuestras cuentas, teníamos un techo sobre nuestras cabezas y poco a poco habíamos construido una vida.

Todo empezó a cambiar cuando las redadas comenzaron a escucharse cada vez más cerca.

Al principio eran historias que veía en redes sociales. Después fueron conocidos. Luego amigos. Personas que de un día para otro desaparecieron porque habían sido detenidas. Familias separadas. Padres alejados de sus hijos.

Cada noticia me llenaba de miedo.

Ya no podía dormir tranquila.

Cada vez que salía a la calle sentía ansiedad. Si veía una patrulla, se me aceleraba el corazón. Si sonaba el teléfono, pensaba que algo malo había pasado. Llegó un momento en que vivía más preocupada que feliz.

Mi esposo trataba de tranquilizarme, pero él también tenía miedo.

Después de muchas noches hablando del tema, tomamos una decisión que en ese momento nos pareció la correcta: regresar a México.

Pensamos que acá estaríamos más tranquilos. Que nuestros hijos crecerían cerca de la familia. Que podríamos empezar de nuevo.

En enero de este año nos regresamos.

Fue una de las decisiones más difíciles de nuestra vida.

Hicimos una venta de garaje. Ver cómo la gente se llevaba nuestras cosas fue doloroso. Había objetos que nos habían acompañado durante años, cosas que compramos trabajando largas jornadas.

Aun así, tratamos de rescatar lo más importante.

Nos llevamos la lavadora, la secadora, el refrigerador, la estufa, las camas y varios muebles.

También vendimos la tráila donde vivimos durante años.

Todavía recuerdo el día que entregamos las llaves.

Sentí que estaba cerrando una etapa enorme de mi vida.

Ahí vimos crecer a nuestros hijos.

Ahí celebramos cumpleaños.

Ahí pasamos Navidades.

Ahí lloramos, reímos y luchamos juntos.

Cuando nos fuimos, lloré como una niña.

Llegamos a México llenos de esperanza.

Rentamos una casa y empezamos a acomodar nuestras cosas.

Los primeros días fueron bonitos.

Toda la familia estaba emocionada porque habíamos regresado.

Nos visitaban constantemente.

Mis hermanos llegaban a saludarnos.

Mis tías organizaban comidas.

Hicimos carne asada.

Llegaban primos que tenía años sin ver.

Todos querían convivir con nosotros.

Todos querían escuchar nuestras historias.

Nos preguntaban cómo era la vida en Estados Unidos, cuánto tiempo duramos allá y cómo estaban los niños.

Por momentos pensé que habíamos tomado la mejor decisión.

Me sentía acompañada.

Me sentía querida.

Me sentía en casa.

Pero esa emoción duró muy poco.

Porque después de unas semanas todo volvió a la normalidad.

Las visitas dejaron de llegar.

Las llamadas fueron cada vez menos frecuentes.

Las reuniones desaparecieron.

Y cada quien regresó a su propia vida.

Porque la realidad es que todos están luchando por salir adelante.

Todos tienen sus propias preocupaciones.

Sus propias deudas.

Sus propios problemas.

Y entendí algo que me rompió el corazón.

Yo regresé pensando que estaría rodeada de mi familia.

Pero la mayor parte del tiempo me siento sola.

Muy sola.

Mientras tanto, el dinero que llevábamos ahorrado empezó a acabarse.

Primero fue la renta.

Después los servicios.

Luego los gastos de los niños.

La comida.

Los imprevistos.

Y cuando menos nos dimos cuenta, años de esfuerzo comenzaron a desaparecer.

Mi esposo ha buscado trabajo por todos lados.

A veces consigue algo por unos días.

Otras veces pasan semanas sin que salga nada.

Yo empecé a vender comida para ayudar.

Me levanto temprano a cocinar.

Preparo pedidos.

Entrego lo que puedo.

Trabajo todos los días.

Pero sinceramente no alcanza.

Hay noches en las que s**o cuentas una y otra vez esperando que los números cambien.

Y nunca cambian.

Siempre falta algo.

Siempre hay una preocupación nueva.

Siempre aparece otro gasto.

Lo peor de todo es ver a mis hijos.

Ellos también están sufriendo.

Extrañan a sus amigos.

Extrañan su escuela.

Extrañan los lugares donde crecieron.

Más de una vez me han preguntado:

—Mamá, ¿cuándo vamos a regresar?

Y cada vez que escucho esa pregunta siento que se me rompe el corazón.

Porque no sé qué responder.

Porque la verdad es que tampoco sé qué va a pasar con nosotros.

A veces me encierro en el baño para llorar sin que ellos me vean.

Me siento culpable.

Fui yo quien insistió en regresar.

Fui yo quien creyó que acá estaríamos mejor.

Fui yo quien tenía tanto miedo de quedarme.

Y ahora vivo preguntándome si cometí el peor error de mi vida.

Porque allá vivía con miedo de que un día nos separaran.

Pero acá vivo con el miedo de no saber cómo vamos a pagar el próximo mes.

Y aunque amo a México, aunque esta sea mi tierra, aunque aquí esté mi familia, hoy tengo que ser honesta.

No me siento feliz.

No me siento tranquila.

No me siento donde pensé que iba a estar.

Hace cinco meses estaba mu**ta de miedo por quedarme en Estados Unidos.

Hoy estoy mu**ta de miedo por haberme venido.

Y todas las noches, antes de dormir, me hago la misma pregunta:

¿De verdad regresé a México para estar mejor…

o solamente cambié un miedo por otro todavía más grande?

(Historia Seguidora anónima)

Nos volvimos a tomar fotitos lindas 🌸 en miSesión falta mi rey nada más pero fue una escapadita de novia-posos 🥰❤️💐     ...
04/06/2026

Nos volvimos a tomar fotitos lindas 🌸 en mi
Sesión falta mi rey nada más pero fue una escapadita de novia-posos 🥰❤️💐

04/06/2026

El sobre amarillo que dejaron en mi cocina me partió la vida en dos 😱

Lo encontré junto al café que yo misma le preparaba a mi esposo, con mi nombre escrito en marcador negro.

Adentro venían papeles de divorcio, una foto borrosa de un hotel en Guadalajara y un ultrasonido doblado dentro de su anillo de bodas.

Mi esposo, Adrián, bajó las escaleras abotonándose la camisa como si nada.

Y detrás de él apareció ella.

Daniela.

Mi vecina.

La misma mujer a la que yo le había prestado dinero cuando “no tenía para la renta”.

—Firma, Camila —me dijo Adrián, empujando los papeles sobre la mesa—. No hagas esto más difícil.

Yo miré su mano.

Ya no traía el anillo.

Porque el anillo estaba ahí, encima del ultrasonido, como una burla.

Daniela se tocó el vientre con una sonrisa chiquita, de esas que duelen más que una cachetada.

—No queríamos que te enteraras así —dijo—, pero el bebé no puede nacer en medio de tus dramas.

Sentí que el piso se me iba.

Durante seis años yo había llorado en baños de clínicas porque Adrián me repetía que no podíamos tener hijos por mi culpa.

Me llamó seca.

Me llamó incompleta.

Me llevó con doctores, curanderas, hasta con una señora de Toluca que me hizo tomar tés horribles.

Y ahora estaba ahí, feliz, esperando un hijo con ella.

—¿Desde cuándo? —pregunté.

Adrián ni siquiera me miró.

—Desde antes de que dejaras de ser mujer para mí.

Esa frase me dejó sin aire.

Daniela soltó una risita.

—Ay, Camila, no pongas esa cara. Tú ya sabías que él necesitaba a alguien de verdad.

Me temblaron las manos.

Quise gritar, romperle la cara, arrancarle esa sonrisa.

Pero entonces vi algo raro en el ultrasonido.

Había una mancha azul en la esquina.

Una firma.

Y debajo, una fecha.

La fecha era de ocho meses atrás.

Ocho meses.

Pero Daniela no tenía más de tres meses de embarazo.

Levanté la hoja.

—Esto no cuadra —dije.

Adrián se puso pálido.

Por primera vez, su cara de macho seguro se quebró.

—Dame eso —dijo, extendiendo la mano.

Yo retrocedí.

Daniela dejó de sonreír.

—No seas ridícula, Camila.

Pero yo ya había visto el nombre de la clínica.

Era la misma donde me habían dicho que yo nunca podría embarazarme.

La misma donde Adrián había entrado solo a “recoger unos estudios”.

—¿Qué hiciste? —le pregunté.

Adrián apretó los dientes.

—Firma y cállate.

Me jaló del brazo tan fuerte que tiró mi taza al piso.

El café se regó sobre los papeles de divorcio.

Daniela gritó como si la hubieran quemado.

—¡Mira lo que hiciste, vieja loca!

Entonces la puerta de la cocina se abrió.

Era mi suegra, doña Elvira, con su rosario en la mano y esa cara de santa falsa.

—Ya basta, Camila —dijo—. Mi hijo merece ser feliz. Tú no pudiste darle nada.

Me soltó una bolsa negra sobre la mesa.

Adentro estaban mis vestidos, mis fotos, mis zapatos.

Mi vida entera metida como basura.

—Te vas hoy —ordenó.

Yo la miré.

—Esta casa también es mía.

Doña Elvira se rió.

—Era. Adrián ya arregló eso.

Sentí frío en la espalda.

Corrí al cajón donde guardaba las escrituras.

No estaban.

Tampoco estaba mi acta de matrimonio.

Ni mi INE.

Ni la cajita donde guardaba la pulsera de bebé que compré cuando aún tenía esperanza.

Todo había desaparecido.

Adrián se acercó a mi oído.

—Te lo dije, Camila. Yo siempre voy tres pasos adelante.

Daniela caminó por mi cocina como si ya fuera suya.

Abrió mi refrigerador.

Tomó agua en mi vaso.

Mi vaso.

—Cuando te vayas, deja las llaves —dijo—. Voy a cambiar las cortinas. Ese color de señora abandonada me deprime.

No sé de dónde saqué fuerza.

Agarré el ultrasonido, el anillo y los papeles manchados de café.

Salí sin maleta.

Sin zapatos buenos.

Sin mirar atrás.

Afuera estaba lloviendo.

Caminé hasta la esquina, frente a la tortillería de don Chuy, y ahí me quebré.

Lloré como nunca.

No por Adrián.

Lloré porque entendí que había dormido años junto a un hombre que me estaba borrando viva.

Entonces mi celular vibró.

Era un número desconocido.

Abrí el mensaje con las manos mojadas.

Había una foto.

Yo, dormida en una camilla de hospital.

Adrián parado junto a mí.

Y una enfermera sosteniendo algo pequeño envuelto en una manta rosa.

Debajo venía un audio.

Le puse reproducir.

La voz de una mujer dijo:

—Camila, no eres estéril… y esa niña que te quitaron aquella noche todavía está viva.

Antes de que pudiera respirar, una camioneta negra se frenó frente a mí.

Bajó Daniela, empapada, con los ojos llenos de furia.

Y en sus brazos traía una niña de ojos idénticos a los míos.

03/06/2026

Lucifer tuvo el cielo y no le fue suficiente.
Hay gente así…

Claramente mi comadre & yo jajaja
02/06/2026

Claramente mi comadre & yo jajaja

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