24/04/2019
‘LE OFRECÍ A DIOS LA SALUD DE MI MADRE’
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Por Ángel Iván Mancera
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CELAYA, Gto. Su nombre es Arturo Reyes López y tiene 17 años. Es vecino del populoso Barrio de San Miguel y, a su corta edad, suma tres años consecutivos interpretando el papel de “Jesús” en su tradicional Vía Crucis.
En 2017, su madre sufría un problema de salud que se agravó, al tiempo en el que Arturo Reyes aún siendo niño, se perfilaba para vestirse con la túnica, cargar la enorme cruz de 95 kilos de peso y enfrentar un verdadero vía crucis, con los latigazos de parte de los soldados romanos y sobre todo, caer en tres ocasiones, lo que no le importó, con tal de realizar su papel, amén de haberle hecho el ofrecimiento de la salud de su creadora.
Así daba principio una historia, que a la fecha, ha escrito tres años de tradición y los que aún le faltan, seguramente.
Consciente de que es uno de los papeles más importantes en la representación del Vía Crucis del Barrio de San Miguel, Arturo ya había sido parte de esta tradición, pues desde los tres años de edad participaba como soldado, después de apóstol; lo hacía en distintos papeles.
Fue así como de manera repentina, la nació el gusto por tratar de interpretar a “Jesús”, con todo y lo que eso le representaba.
“En 2017 mi mamá se encontraba mal de salud. Entonces, a mis 14 años le prometí a Dios que iba a representar dignamente su papel, ofreciéndole la salud de mi mamá, digo, era muy chico, el papel sobre entendía que sería maltratado, golpeado. Gracias a Dios todo salió bien, mi mamá recobró su salud, eso fue lo que me motivó. Padecía de anemia y se le complicó un poco”, contó el estudiante del sexto semestre, en el Cecyteg.
La decisión estaba tomada. No había marca atrás, así que en cuánto se lo comunicó a la persona que tenía a su cargo dicho papel, le brindó todo el apoyo, a sus 14 años de edad.
Vino la preparación, sobre todo espiritual, asistiendo a un par de retiros), además de trabajar un poco en el físico e, incluso, hacer algún régimen alimenticio, para tratar de ganar volumen de cuerpo.
“Interpretar a “Jesús” es algo muy hermoso. Es un recuerdo muy grato. La corta edad mía, es lo que destacó. Ese valor que tuve en base a mi, la fe, lo es todo”, matizó Arturo, quien se perfila a estudiar ingeniería automotríz en el Cedva.
Cuenta que recibir los golpes, cargar la cruz de 95 kilos durante una hora. El soportar los azotes es algo cansado, pero lo hace siempre pensando en Dios.
“Claro que se sufre. Pero todo se vuelca a tu entorno, si fallas les afecta a todos, es estrés, aprenderte los diálogos, hacer una árdua preparación física para poder soportar el recorrido, las caídas. Hay dieta, incluso”.
“Las espinas de la corona son de verdad. Llegas a sentirlas. Muchas de las ocasiones ya con el cansancio, lo resientes físicamente, a veces se les pasa la mano a los compañeros, pero lastimarse es poco”.
Su vestimenta le es confeccionada por una tía, mientras que su familia le ayuda a caracterizarse, realizando la peluca de pelo largo que porta, pintándole la barba y teniendo todo lo que ocupe a la mano.
Llegado el Viernes Santo, Arturo se levanta. Hace oración. Se encomienda a Dios y ayuna.
Durante el recorrido, confiesa que siente la mirada de toda la gente hacía él. Dice que es cuando sabe que debe de dar lo mejor de sí en este papel. Es resistir la cruz, los azotes, el sol, el calor.
“Las caídas son como salgan, vaya, no se ensayan (…). Pero debemos acercarnos a la realidad, incluso con la posibilidad de lastimarnos.
“Ver llorara a la gente es algo muy conmovedor. Somos muchos los que tenemos la fe y creencias muy presentes. Es al mismo tiempo, toda la responsabilidad de hacerlo bien”.
En su primera representación de “Jesús”, cargando la cruz, apretando la quijada y soportando de todo, le ocurrió un sucedo que le marcó.
“El primer año me sucedió algo muy raro. En los azotes me dieron un golpe en la espalda que me dolió demasiado, no sabes cuanto. Posteriormente cuando me descubrieron, notaron que mi tono de piel se puso blanco, incluso, se me bajo la presión”, lo que le marcaría a la postre.
Tras su calvario con tres caídas, golpes, azotes, escupitajos y demás, le preparan para “crucificarlo”, mientras su cuerpo está desecho, deshidratado, con lágrimas pero la fe, intacta.
En el atrio le preparan. Lo atan a la cruz y, así, de poco a poco le vayan subiendo.
“Influye demasiado el cuanta gente está ahí, sobre el atrio, más el estar de frente al sol. Arriba estoy alrededor de entre 15 a 20 minutos, dependiendo del diálogo que falte y lo que tarden en decirlos. Pero tengo que aguantar. Es de lo más complicado, pero con fe, todo es posible”, arguye.
Después es bajado con cautela y cuidado, en la parte final de la representación, antes de ser llevado al templo, donde la gente tiene la oportunidad de verle.
“Agradezco a Dios por la oportunidad de permitirme un año más, estar en la representación. Esta es mi tercera (representación). Es una experiencia muy bonita, que si de verdad se les llega a presentar la oportunidad, hay gente que lo anhela, lo pelea y que a nadie se le va a olvidar nunca en su vida. Es simplemente, amor”, enunció.