28/10/2025
Imagina que eres Bob, un cachorro de unos nueve meses en 1883, y acabas de ser capturado junto con varios perros para ser enviado al norte como parte de un programa de control de conejos. Tu futuro parece incierto. Pero entonces, un guardia de tren llamado William Seth Ferry te ve en ese vagón de ganado y algo sucede: intercambia otro perro por ti. Tu vida acaba de cambiar para siempre.
Ferry te lleva a Terowie (cerca de la actual Peterborough), te enseña trucos y te permite acompañarlo en sus viajes. Pero tú descubres algo más grande: una pasión insaciable por los trenes. Pronto, ya no necesitas que Ferry te acompañe. Empiezas a subirte solo a las locomotoras, viajando de ciudad en ciudad, de estado en estado.
Los maquinistas te conocen. Cada noche sigues a uno diferente a su casa, y él te alimenta y cuida. A la mañana siguiente, regresas a la estación y subes a otro tren. Tu lugar favorito es sobre el compartimento de carbón de los motores "Yankee", donde el gran silbato y la chimenea humeante parecen tener una atracción irresistible para ti.
Los trabajadores ferroviarios te hacen un collar especial de cuero con una placa de bronce que dice:
“Stop me not, but let me jog, For I am Bob, the drivers dog.”
(No me detengas, déjame trotar, porque soy Bob, el perro de los maquinistas).
Durante más de una década, viajas miles de kilómetros por toda Australia del Sur, e incluso hay relatos de que llegaste hasta Melbourne y Sydney. Eres bienvenido en cada estación, y los periódicos comienzan a escribir sobre ti, llamándote “el rey de los marginados” y “el perro ferroviario más famoso del mundo”.
En 1895, a los 13 años, cuando falleces. Los trabajadores ferroviarios publican un poema en tu honor en The Advertiser. Tu collar original está hoy exhibido en el National Railway Museum de Port Adelaide, y en 2009, la comunidad de Peterborough erigió una estatua en tu memoria.