16/05/2026
¡No estoy loco! He dicho mil veces, y sostendré ante el mismísimo tribunal de los cielos, que la enfermedad no debilitó mis facultades; antes bien, las aguzó, las revistió de una lucidez tan espantosa que el común de los hombres llamaría demencia. El mal, aquel azote invisible, no atacaba la carne. No se manifestaba en pústulas, ni en fiebres que consumieran la sangre. Su nido era el espíritu; su síntoma, una certeza absoluta y devastadora.
Todo comenzó a bordo del Leviathan, un coloso de hierro y opulencia destinado a cruzar el Atlántico. Los primeros días transcurrieron bajo el velo de una alegría artificial: risas en la cubierta, música que flotaba sobre las olas y el vaivén hipnótico de un mar negro como la tinta de un tintero ma***to. Pero yo no podía unirme al júbilo. Desde el momento en que zarpamos, un presentimiento, una pesadez en el pecho, me advertía que viajábamos hacia el abismo.
Fue a la tercera noche cuando divisé al primer infectado.
"Hay sombras que no nacen de la ausencia de luz, sino de la putrefacción del pensamiento."
Observé al capitán desde la barandilla de la cubierta superior. Miraba fijamente el horizonte, inmóvil, con los ojos abiertos de par en par, devorando la negrura marina. Me acerqué con cautela. No parpadeaba. Sus pupilas estaban dilatadas, fijas en un punto inexistente del océano. Al notar mi presencia, no giró la cabeza; solo emitió un susurro, un siseo apenas perceptible que se confundía con el romper de las olas:
—El fondo... está subiendo.
A partir de esa noche, la epidemia se propagó con la velocidad del rayo, aunque nadie más parecía notar el contagio. ¡Oh, la ceguera de los necios! Los pasajeros seguían cenando, bailando y conversando, pero yo podía ver la sutil metamorfosis. El mal de la mente los despojaba de su humanidad. Una dama de la alta sociedad, mientras sostenía una copa de cristal, comenzó a mover los dedos de forma rítmica, imitando el ondular de las algas en las profundidades. Un caballero en la sala de lectura pasaba las páginas de un libro en blanco, devorando con la mirada una literatura invisible.
La claustrofobia del barco se volvió insoportable. Las paredes de mi camarote parecían estrecharse, exudando una humedad salobre que apestaba a naufragio y a olvido. Sentía el peso de las millas de agua debajo de mis pies, un abismo líquido que presionaba el casco del navío y, al mismo tiempo, las paredes de mi cráneo. ¿Por qué nadie gritaba? ¿Por qué nadie buscaba los botes salvavidas?
La paranoia me consumía. Comprendí que la enfermedad silenciaba a sus víctimas antes de devorarlas por completo. El barco entero era un manicomio flotante, una necrópolis sobre el agua donde los mu***os aún caminaban y sonreían. Intenté advertir al médico de a bordo, pero al mirarlo a los ojos, descubrí el mismo vacío líquido, la misma quietud de pozo abandonado. Él también estaba infectado. Todos lo estaban.
Anoche, la tensión alcanzó su cénit. El silencio en el transatlántico se volvió absoluto; los motores se habían detenido o quizás mi mente había clausurado el sentido del oído para no escuchar el lamento del hierro. Salí a la cubierta bajo una luna pálida y espectral. Allí estaban todos. Cientos de pasajeros, de pie, arrimados a las barandillas, mirando inmóviles hacia el mar. No hablaban. No respiraban. Eran estatuas de sal esperando ser devueltas al océano.
Sentí un frío atroz correr por mi espina dorsal. Una sospecha, más terrible que la muerte misma, germinó en mi cerebro. Me acerqué a pasos trémulos hacia un gran espejo dorado en el salón de baile principal, desierto y bañado por la luz cenicienta del satélite.
Miré mi reflejo. Mi rostro estaba pálido, mis ojos inyectados en sangre, fijos, desprovistos de toda chispa de razón humana. Y entonces, desde el fondo de mi propia garganta, sin que mi voluntad lo ordenara, brotó el siseo espantoso, el veredicto de mi propia condena:
—El fondo... está subiendo.
Nunca hubo peste en el agua, ni maldecido virus en el aire del Leviathan. La enfermedad, la terrible criatura de desesperación y locura, había nacido, florecido y triunfado únicamente dentro de las paredes de mi propia y destrozada psique. Y ahora, mientras el barco flota a la deriva en un océano sin fin, sé que formo parte de la tripulación de los ma***tos, esperando que el agua reclame lo que siempre le perteneció.