27/08/2026
Después de que falleció mi esposo, estuve revisando su celular viejo y encontré cientos de llamadas a un número sin nombre. Se me hizo fácil marcar y, del otro lado de la línea, solo se escuchaba a una mujer llorando. Le pregunté quién era y no me contestó; nomás me dijo: "¿De verdad no sabe lo que él le contaba de usted?". Pensé que era la amante de mi esposo, así que le colgué de inmediato. Pero, a los pocos minutos, me llegó una foto. En la imagen, esa mujer aparecía parada junto a mí en un lugar que no recuerdo haber visitado jamás
En una solitaria casa de Guanajuato, rodeada por el imponente altar de ofrendas que levantó tras la trágica muerte de su esposo Diego, Carmen decidió revisar el viejo teléfono celular que él siempre guardaba con celo. Al mirar el registro de llamadas, descubrió cientos de comunicaciones con un número identificado únicamente con el símbolo del infinito. Con el pulso tembloroso, decidió devolver la llamada. Tras unos tonos, una voz joven respondió con un sollozo ahogado.
—¿Quién eres tú? ¿Por qué has estado llamando a mi esposo todo este tiempo? —exigió Carmen con la voz quebrada.
Del otro lado de la línea, la mujer soltó unas palabras que la dejaron petrificada:
—¿De verdad no sabes lo que él te contaba? No tienes idea de con quién estabas casada, Carmen.
Ahogada por los celos y la furia, Carmen colgó de golpe, creyendo que se trataba de la amante. Sin embargo, minutos después, recibió una fotografía por WhatsApp que le heló la sangre. En la imagen, la misma joven aparecía llorando de pie justo a espaldas de Carmen en una plaza bulliciosa, tomada el día anterior, cuando ella creía haber estado rezando sola. Al hacer zoom en su propio rostro, vio una mirada vacía e imperturbable, como si hubiera estado bajo los efectos de un potente hipnotismo. La verdad comenzó a golpear su conciencia: Diego nunca fue el laudero devoto que ella veneraba, sino un criminal internacional, y ella no era una esposa inocente, sino su mula involuntaria.
Transformada por una ira fría, Carmen citó a la joven al amanecer en el monumento a El Pípila. Cuando Elena apareció pálida y temblando de miedo, se arrodilló ante ella suplicando clemencia.
—¡Yo no tenía opción! Diego me amenazó con matar a mi familia si no obedecía. Me obligaba a vigilarte... esa foto fue una trampa para intimidarme.
Carmen abrió una caja de madera oscura que llevaba en las manos, revelando los diarios secretos de Diego y una fortuna en efectivo.
—No creo en fantasmas, pero sí en la justicia de la vida. Diego ya pagó con su muerte —dijo Carmen con firmeza—. Toma estas pruebas y el dinero, quema su legado y huye de Guanajuato para siempre.
Elena aceptó en silencio y huyó rápidamente por los callejones. Carmen se quedó sola en la cima contemplando la ciudad, aliviada por ser libre. Sin embargo, mientras daba media vuelta para descender la colina y dejar atrás las mentiras, una fría sombra emergió de repente entre las columnas del mirador, bloqueándole el paso y pronunciando una última frase que destrozó su efímera paz:
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