Parálisis Nocturno

Parálisis Nocturno Parálisis Nocturno es un espacio dedicado al terror psicológico y al horror profundo.
(1)

Aquí, cada historia explora miedos reales, oscuridad humana y relatos inquietantes que buscan erizar la piel y dejar huella en la mente.

20/09/2026
Por la Voluntad de Dios.Autor: Mr. Obscurus.La iglesia llevaba un tiempo cerrada, pero aquella fría noche las campanas c...
16/09/2026

Por la Voluntad de Dios.

Autor: Mr. Obscurus.

La iglesia llevaba un tiempo cerrada, pero aquella fría noche las campanas comenzaron a sonar. Nadie tiraba de las cuerdas. El viento tampoco era suficiente para moverlas. El sonido se extendió por el pueblo como un lamento, atravesando las casas dormidas y entrando por las ventanas como si alguien estuviera llamando a los vivos desde el otro lado de la muerte.

Dentro de la iglesia, el padre Esteban permanecía de rodillas frente al altar. Tenía las manos juntas y los ojos cerrados, aunque hacía mucho tiempo que había dejado de rezar por fe. Rezaba por miedo. El templo estaba oscuro. Solo unas cuantas velas iluminaban las imágenes de los santos, dejando sus rostros cubiertos por sombras que parecían moverse lentamente sobre las paredes.

El padre Esteban respiraba con dificultad. Había envejecido demasiado en los últimos meses.

Su cabello era completamente blanco, sus manos temblaban y una profunda marca atravesaba su rostro desde la sien hasta la mejilla, una cicatriz que nadie sabía cómo había aparecido. Él sí lo sabía.

Todas las noches soñaba con aquella mujer. La veía de pie en medio de la plaza. Descalza. Con el cabello cubriéndole parte del rostro y siempre le preguntaba lo mismo.

—¿Por qué dijiste que Dios quería mi muerte?

El padre Esteban había intentado olvidar aquella voz. Había intentado convencer a su propia conciencia de que aquella mujer había sido una pecadora. Una hereje, una amenaza para la fe. Había convencido al pueblo de que sus creencias eran una ofensa contra Dios. Había permitido que la señalaran, había permitido que la golpearan y finalmente había dado la orden que terminó con su vida.

Todo en nombre de Dios. Eso era lo que se repetía. Todo había sido por Dios. Todo. El padre Esteban abrió los ojos cuando escuchó un ruido detrás de él. Un golpe seco. Como si alguien hubiera cerrado las puertas de la iglesia. Se levantó lentamente.

—¿Hay alguien ahí?

No recibió respuesta, miró hacia las puertas, estaban cerradas. Las velas comenzaron a apagarse una por una. Primero la del altar, después las de los santos, luego las que estaban junto a los bancos. El sacerdote retrocedió.

—¿Quién está ahí?

Una voz respondió desde el fondo.

—Alguien que viene por ti anciano.

El padre Esteban sintió que el corazón le golpeaba el pecho. La voz era ronca, masculina, tranquila y profunda. Una figura apareció lentamente entre las sombras. Era un hombre alto, vestido completamente de negro. Su rostro parecía humano. Demasiado humano. Tenía cabello oscuro, piel pálida y una sonrisa tranquila que no correspondía con sus ojos. Caminó por el pasillo central sin hacer ruido.

—¿Quién eres?

El desconocido se detuvo frente a él.

—Eso ya lo sabes.

—No— Respondió el sacerdote con un miedo profundo.

—Claro que lo sabes.

La sonrisa se hizo más grande.

—Solo que llevas tantos años pronunciando mi nombre con miedo que ahora te cuesta reconocerme cuando estoy frente a ti.

El padre Esteban retrocedió.

—Demonio.

—Exactamente.

El silencio cayó sobre la iglesia. El sacerdote levantó un crucifijo.

—En el nombre de Dios, te ordeno que abandones este lugar.

El demonio miró el crucifijo y soltó una pequeña carcajada.

—¿En serio?

—¡Te ordeno que te marches!

—¿Y quién te dijo que vine por la iglesia?

El padre Esteban quedó inmóvil. El demonio dio otro paso.

—No vine por este lugar, sacerdote.

—Vine por ti.

El sacerdote apretó el crucifijo.

—No puedes tocarme.

—¿Por qué?

—Porque soy un servidor de Dios.

El demonio inclinó ligeramente la cabeza.

—Eso es lo que dices.

—He dedicado mi vida a Él.

—No.

El demonio sonrió.

—Has dedicado tu vida a tener razón.

El sacerdote comenzó a respirar más rápido.

—No sabes nada de mí.

—Lo sé todo.

—¡Mientes!

—Sé lo que hiciste en aquella plaza.

El padre Esteban quedó en silencio.

—Sé lo que dijiste.

El demonio continuó caminando.

—Sé cómo levantaste la Biblia frente a aquella gente y dijiste que Dios había hablado.

El sacerdote bajó lentamente el crucifijo.

—Ella era una hereje.

—¿Eso te dijo Dios?

—Sus creencias eran peligrosas.

—¿Eso te dijo Dios?

—Estaba alejando a la gente de la verdadera fe.

—¿Eso te dijo Dios?

—¡Sí!

El grito del sacerdote retumbó por toda la iglesia. El demonio soltó una carcajada.

—Ahí está.

—¿Qué?

—La frase que has utilizado durante toda tu vida.

Se acercó hasta quedar frente a él.

—"Dios lo quiso".

El padre Esteban lo miró con rabia.

—Todo lo que hice fue por la voluntad de Dios.

—Claro.

—La castigué porque era necesario.

—Claro.

—La condené porque debía proteger a mi comunidad.

—Claro.

—La gente necesitaba una guía.

—Claro.

El demonio sonrió.

—Qué cómodo debe ser vivir creyendo que el cielo firma tus crímenes.

El sacerdote levantó nuevamente el crucifijo.

—¡Cállate!

—¿Por qué?

—¡Porque Dios me perdonará!

El demonio dejó de sonreír. Por primera vez su rostro mostró algo diferente. Una expresión fría. Vacía.

—¿Estás seguro?

El sacerdote no respondió.

—Dime, Esteban.

El demonio miró hacia el altar.

—¿Dónde está tu Dios?

El sacerdote miró la cruz.

—Aquí.

—No.

—Esta es su casa.

—Tampoco.

—En mi corazón.

El demonio volvió a reír.

—Eso es lo más triste que has dicho esta noche.

Las llamas de las velas volvieron a encenderse de golpe. El sacerdote vio algo escrito sobre las paredes. Al principio parecían simples manchas oscuras. Después las letras comenzaron a formarse.

"NO MATARÁS."

El padre Esteban retrocedió.

—Eso no significa nada.

La frase cambió.

"NO DARÁS FALSO TESTIMONIO."

—No.

Otra frase apareció.

"NO JUZGARÁS."

—¡Basta!

El demonio caminó alrededor de él.

—Dices que Dios te ordenó condenarla.

—Así fue.

—Entonces explícame algo.

Se detuvo detrás del sacerdote.

—¿Por qué lloró cuando la llevaste a la plaza?

El sacerdote cerró los ojos.

—Porque estaba poseída por el mal.

—¿Por qué pidió perdón?

—Porque sabía que había pecado.

—¿Por qué dijo que creía en Dios?

—Era una mentira.

—¿Por qué gritó tu nombre?

El sacerdote comenzó a temblar.

—No lo recuerdo.

El demonio se acercó a su oído.

—Porque tú eras la única persona que podía detenerlo.

El padre Esteban abrió los ojos.

—No.

—Podías detenerlo.

—No.

—Podías decirle al pueblo que se equivocaba.

—No.

—Podías dejarla vivir.

—¡Dios así lo quiso!

La iglesia quedó completamente en silencio. El demonio se apartó lentamente.

—Ahí está otra vez.

El sacerdote cayó de rodillas.

—Dios sabe que hice lo correcto.

—Entonces mírame.

El padre Esteban levantó la cabeza.

—Si realmente estás seguro de que hiciste lo correcto, mírame.

El sacerdote lo hizo. Los ojos del demonio habían cambiado. Ya no parecían ojos humanos. Dentro de ellos había imágenes, recuerdos, la plaza, la multitud, la mujer, el sacerdote frente a todos y aquella voz que había pronunciado la sentencia. El padre Esteban intentó apartar la mirada. No pudo.

—Míralo.

La imagen cambió. Apareció otra persona. Un hombre que había confesado un crimen que no había cometido. El sacerdote lo había entregado a las autoridades porque necesitaba demostrar que su comunidad estaba libre de pecado. Después apareció otra mujer. Una anciana. El sacerdote había destruido su reputación porque se negaba a seguir sus órdenes. Después un niño. Un niño al que había golpeado durante una ceremonia porque había cuestionado sus palabras.

Después aparecieron decenas. Decenas de rostros. Personas que habían sufrido, personas que habían perdido familias, personas que habían sido expulsadas, personas que habían sido castigadas. Todas por la misma razón. Porque el padre Esteban había decidido que hablaba en nombre de Dios.

—No...

—Sí.

—Yo no hice eso.

—Lo hiciste.

—Ellos eran pecadores.

—Eran personas.

—¡Dios me dio autoridad!

—No.

La voz del demonio se volvió más profunda.

—Tú te la diste.

El sacerdote comenzó a llorar.

—Yo solo hice lo que debía.

—No.

—Yo protegí la fe.

—No.

—Yo serví a Dios.

—No.

El demonio se inclinó frente a él.

—Serviste a tu orgullo.

El padre Esteban apretó el crucifijo hasta que sus dedos comenzaron a sangrar.

—¡Dios me juzgará!

El demonio sonrió.

—Eso espero.

El sacerdote lo miró confundido.

—¿Qué?

—Porque si Dios es realmente justo, yo no tendré que hacer nada.

Las campanas comenzaron a sonar nuevamente. La cruz detrás del altar comenzó a crujir. El padre Esteban se giro lentamente y entonces la vio. La mujer. Estaba parada debajo de la cruz. La misma mujer que había condenado años atrás. Pero ahora su rostro no mostraba odio. Solo tristeza. El sacerdote dejó caer el crucifijo.

—No...

Ella comenzó a caminar hacia él.

—No te acerques.

La mujer siguió caminando.

—¡No!

El demonio permaneció detrás. Observando.

—Haz algo —susurró el sacerdote—. ¡Haz algo!

—¿Yo?

El demonio sonrió.

—Pensé que Dios te protegería.

La mujer extendió una mano. El padre Esteban intentó levantarse. Sus piernas no respondieron. Entonces escuchó nuevamente aquella pregunta.

—¿Por qué dijiste que Dios quería mi muerte?

El sacerdote lloró.

—Perdóname.

La mujer no respondió.

—¡Perdóname!

La iglesia comenzó a transformarse, los bancos desaparecieron, las paredes se volvieron negras, el suelo se cubrió de tierra y la iglesia se convirtió en aquella plaza. El padre Esteban volvió a estar de pie frente a la multitud. Pero esta vez no era el sacerdote quien observaba. Era él quien estaba en el centro. La gente comenzó a señalarlo.

—Hereje.

—Pecador.

—Maldito.

—¡No! —gritó.

El demonio apareció frente a él.

—Ahora entenderás algo que nunca quisiste comprender.

—¿Qué?

—El miedo que utilizaste para gobernar a los demás.

Un hombre se acercó. Después otro. Después cientos. Todos los rostros que había condenado estaban allí. Todos. Y cada uno repetía las mismas palabras.

"Es la voluntad de Dios."

El padre Esteban comenzó a gritar.

—¡No!

Pero nadie lo escuchaba. Las mismas palabras que él había usado para justificar cada castigo ahora salían de los labios de quienes lo rodeaban.

"Es la voluntad de Dios."

"Es la voluntad de Dios."

"Es la voluntad de Dios."

El sacerdote intentó escapar. No podía. Entonces sintió una mano sobre su hombro.Se giro. Era la mujer.

—Ahora sabes cómo se siente.

El padre Esteban cayó al suelo.

—No quería hacerte daño.

Ella lo miró.

—Lo hiciste.

—Pensé que era lo correcto.

—Lo hiciste.

—Pensé que Dios me lo había pedido.

La mujer negó lentamente con la cabeza.

—No fue Dios quien habló aquella noche.

El sacerdote levantó la mirada.

—¿Entonces quién?

La mujer señaló su pecho.

—Tú.

El padre Esteban comenzó a llorar. Y por primera vez comprendió algo que había pasado toda su vida evitando. No había sido un instrumento de Dios. Había utilizado a Dios como instrumento. La plaza desapareció. Volvió a estar dentro de la iglesia. Pero el demonio ya estaba junto a la puerta. El sacerdote levantó la cabeza.

—¿Eso es todo?

El demonio se detuvo.

—No.

—¿Entonces qué quieres?

El demonio abrió las puertas. Al otro lado no había ninguna calle. Solo oscuridad. Una oscuridad tan profunda que parecía tener peso.

—Quiero que recuerdes.

El padre Esteban tembló.

—¿Por cuánto tiempo?

El demonio sonrió.

—Para siempre.

—¿Infierno?

—No.

La sonrisa desapareció.

—El in****no sería demasiado sencillo.

El sacerdote gritó. El demonio se acercó una última vez.

—Tu castigo será escuchar eternamente todas las veces que dijiste "Dios lo quiso".

Las puertas comenzaron a cerrarse.

—Y cada vez que lo escuches...

La oscuridad empezó a envolver al sacerdote.

—...recordarás que no fue Dios quien habló.

Las puertas se cerraron. La iglesia quedó en silencio.

A la mañana siguiente, los habitantes del pueblo encontraron las puertas abiertas. Dentro no había nadie. Solo encontraron el crucifijo del padre Esteban frente al altar y sobre el suelo, escrito con algo que parecía sangre seca, había una frase:

"El hombre que usa a Dios para justificar su crueldad termina adorando a su propio demonio."

Desde aquella noche, nadie volvió a entrar en aquella iglesia. Sin embargo, algunas personas aseguran que cuando pasan cerca después de medianoche pueden escuchar una voz detrás de las paredes. Una voz desesperada. Una voz que suplica perdón. Y después otra voz, mucho más tranquila, que siempre responde lo mismo:

—No me pidas perdón a mí.

—Pídeselo a todos los que condenaste.

Entonces suenan las campanas. Como si alguien, desde algún lugar que ningún hombre debería conocer, siguiera esperando que el sacerdote terminara de confesar todos sus pecados.

Autor: Mr. Obscurus.
©️ 2026. Todos los derechos reservados, Ninguna parte de esta historia puede reproducirse, almacenarse o transmitirse en cualquier forma sin permiso escrito del autor.

12/09/2026

Por qué nunca me dejan ser feliz jajaja🤣🤣

Iztaccíhuatl y Popocatépetl - La Promesa que Despertó a los Dioses.Autor: Mr. Obscurus.Mucho antes de que las grandes ci...
09/09/2026

Iztaccíhuatl y Popocatépetl - La Promesa que Despertó a los Dioses.

Autor: Mr. Obscurus.

Mucho antes de que las grandes ciudades cubrieran los valles y antes de que los caminos fueran marcados por piedra y fuego, cuando los dioses todavía caminaban entre los hombres y las montañas guardaban secretos que ningún mortal debía conocer, existía un reino rodeado por bosques oscuros, lagos inmensos y volcanes que parecían vigilar el mundo desde las alturas.

Allí, en una tierra donde la noche parecía más larga que en cualquier otro lugar, vivía una joven princesa llamada Iztaccíhuatl, hija del gobernante de un poderoso pueblo. Su belleza era conocida en todos los rincones del valle, pero no era su rostro lo que hacía que la gente la admirara, sino la tranquilidad que llevaba consigo, como si incluso las criaturas de la oscuridad fueran capaces de encontrar paz cuando ella estaba cerca.

Iztaccíhuatl había crecido entre templos, jardines y enormes patios de piedra, pero nunca se sintió completamente parte de aquel mundo. Desde niña tenía sueños extraños en los que caminaba por montañas cubiertas de nieve mientras una voz lejana pronunciaba su nombre.

Algunas noches despertaba con el corazón acelerado y encontraba pequeñas marcas de escarcha sobre las ventanas de su habitación, aunque fuera verano y el aire estuviera caliente. Su madre decía que eran simples sueños y que los dioses tenían muchas formas de hablar con los mortales, pero los sacerdotes del reino pensaban algo diferente. Ellos sabían que aquella niña había nacido bajo una señal que aparecía solamente una vez cada muchas generaciones.

La señal estaba en sus ojos.

Eran oscuros, pero cuando la luna llena iluminaba su rostro, parecían adquirir un brillo plateado, como si dentro de ellos existiera un pequeño reflejo de las estrellas.

Por aquellos mismos años vivía en el reino un joven guerrero llamado Popocatépetl. No pertenecía a la nobleza, aunque muchos nobles lo respetaban más que a los hijos de los gobernantes. Había crecido entre soldados y había aprendido desde muy joven a usar la lanza, el arco y la espada. Era fuerte, silencioso y tenía una mirada que podía intimidar incluso a hombres mucho mayores que él, pero detrás de aquella apariencia había un joven que no deseaba convertirse en una máquina de guerra.

Popocatépetl quería conocer el mundo que existía más allá de las murallas. Quería caminar por los bosques donde nadie se atrevía a entrar, conocer los lugares donde nacían los ríos y subir algún día hasta las cumbres de las montañas para descubrir qué había detrás de las nubes.

Pero sobre todas esas cosas, quería estar junto a Iztaccíhuatl. Se conocían desde niños. Al principio habían sido solamente dos jóvenes que coincidían durante las celebraciones del reino, pero con el paso de los años comenzaron a buscarse entre la multitud. Ella encontraba cualquier excusa para salir al jardín cuando sabía que él estaba entrenando en los patios y él siempre encontraba una razón para pasar cerca de los jardines donde ella acostumbraba leer.

No necesitaban decir demasiado. A veces simplemente permanecían sentados bajo un árbol observando el cielo.

—¿Alguna vez te has preguntado qué hay detrás de las montañas? —preguntó Iztaccíhuatl una tarde.

Popocatépetl sonrió.

—Todos los días me lo preguntó.

—¿Y por qué nunca has ido?

—Porque siempre encuentro una razón para quedarme.

Ella lo miró.

—¿Cuál es esa razón?

El joven guardó silencio unos segundos. Después señaló hacia ella.

—Tu eres esa razón.

Iztaccíhuatl bajó la mirada y sonrió. Aquella fue la primera vez que ambos comprendieron que lo que sentían ya no era solamente amistad, si no algo más profundo.

Con el tiempo su amor creció en secreto. Se encontraban junto al lago cuando el sol comenzaba a desaparecer y caminaban por senderos alejados del palacio. Popocatépetl le contaba historias de soldados, de criaturas que supuestamente habitaban los bosques y de viajeros que habían desaparecido en las montañas. Iztaccíhuatl, por su parte, le hablaba de sus sueños y de aquella voz que algunas noches la llamaba desde la oscuridad.

Nunca le había contado aquello a nadie. Hasta que una noche se lo contó a él.

—Siempre escucho la misma voz —dijo ella mientras observaban las estrellas—. Me llama desde la montaña.

Popocatépetl frunció el ceño.

—¿Qué te dice?

—Mi nombre.

El guerrero miró hacia las montañas. Las cumbres estaban cubiertas por nubes negras.

—Tal vez solo sea un sueño.

Iztaccíhuatl negó lentamente con la cabeza.

—No lo creo.

En ese momento un sonido profundo recorrió el valle. No fue un trueno. Fue un rugido. Las aguas del lago comenzaron a moverse y las aves huyeron de los árboles. Incluso los animales del bosque guardaron silencio.

Popocatépetl tomó la mano de Iztaccíhuatl. Ambos miraron hacia la montaña. Durante unos segundos, una figura apareció entre las nubes. Era demasiado grande para ser humana. Tenía la forma de una mujer cubierta por un manto oscuro y sus ojos brillaban como dos lunas rojas. Iztaccíhuatl sintió que la sangre se le congelaba. La figura desapareció.

—¿La viste? —preguntó ella.

Popocatépetl no respondió. La había visto, pero no quiso que Iztaccíhuatl sintiera miedo por qué siempre estaría a su lado. Y desde aquella noche comenzó a sospechar que el amor entre ambos había despertado algo que llevaba siglos dormido.

Poco después llegó la guerra. Un pueblo enemigo avanzó hacia el valle y el gobernante reunió a todos sus guerreros. Popocatépetl fue llamado para formar parte del ejército y antes de partir buscó a Iztaccíhuatl. La encontró en el mismo jardín donde habían pasado tantas tardes.

—Tengo que irme —dijo.

Ella intentó mantener la calma.

—¿Cuánto tiempo?

—No lo sé.

Iztaccíhuatl se acercó y tomó su rostro entre las manos.

—Prométeme que regresarás.

Popocatépetl apoyó su frente contra la de ella.

—Regresaré.

Ella lo miró sus ojos se volvían cristalinos al contener las lágrimas.

—Aunque tardes años.

—Aunque tenga que atravesar el mundo entero.

—Aunque los dioses se opongan.

El joven la miró fijamente.

—Aunque los dioses se opongan.

Entonces se besaron. Fue un beso sencillo, pero aquella noche las montañas volvieron a rugir. Popocatépetl marchó a la guerra. Pasaron los meses. Después pasó un año. Y después otro año mas. Los mensajes que llegaban al reino hablaban de grandes batallas, de pueblos conquistados y de guerreros que habían mu**to lejos de sus hogares.

Iztaccíhuatl esperaba todos los días. Hasta que una tarde llegó un mensajero. Traía la armadura de Popocatépetl. No traía su cuerpo. Solo su armadura. El mensajero dijo que el guerrero había mu**to durante una batalla y que sus enemigos habían ocultado su cuerpo en algún lugar de las montañas.

Iztaccíhuatl no lloró. Simplemente se quedó inmóvil. Durante tres días no habló con nadie. Al cuarto día caminó hasta las montañas. Su padre intentó detenerla, pero ella no escuchó. La princesa llegó hasta un lugar donde la nieve cubría las piedras y allí cayó de rodillas.

—Popocatépetl.

El viento no respondió.

—Popocatépetl.

Nada. Entonces una voz habló detrás de ella.

—Él no murió.

Iztaccíhuatl se giro. La misma mujer que había visto años atrás estaba allí. Su cuerpo parecía estar formado por humo y sombras, pero su rostro era hermoso.

—¿Quién eres?

La criatura sonrió.

—Alguien que conoce el final de las historias.

—¿Dónde está?

—Luchando.

—Me dijeron que murió.

—Los hombres mienten.

Iztaccíhuatl se levantó.

—Llévame con él.

La criatura se acercó.

—Puedo hacerlo.

—Entonces hazlo.

—Pero todo tiene un precio.

—No me importa.

La mujer extendió una mano.

—Cuando vuelvas a verlo, él ya no será el mismo.

Iztaccíhuatl dudó.

—No me importa.

La criatura sonrió.

—Entonces espera y entrega todo tu ser para que tú amado esté de regreso.

Muy lejos de allí, Popocatépetl seguía vivo. Había sido herido y capturado por sus enemigos, pero consiguió escapar después de varios meses. Caminó solo durante días hasta encontrar refugio en una cueva situada en las montañas.

Allí descubrió algo terrible. En las paredes había pinturas antiguas que mostraban a dos amantes, un hombre, una mujer y detrás de ellos, una enorme criatura negra. Debajo de las figuras existían símbolos que el guerrero no podía comprender. Pero una palabra estaba escrita en una lengua antigua que, de alguna manera, logró entender.

Iztaccíhuatl.

Popocatépetl sintió un escalofrío recorrer todo su cuerpo. Entonces a lo lejos escuchó una voz.

—Ella te espera.

El guerrero levantó su macuahuitl, una espada de madera con filos de obsidiana.

—¿Quién eres?— Dijo alzando la voz.

La oscuridad con una voz espectral y delicada respondió.

—El que espera desde antes de que ustedes nacieran.

Las sombras comenzaron a moverse por toda la cueva.

—Tu amor ha abierto una puerta.

Popocatépetl sintió que algo frío entraba en su pecho.

—¿Qué puerta?

—La puerta que separa a los vivos de los mu**tos.

Entonces la montaña tembló. Popocatépetl salió de la cueva y vio algo que jamás olvidaría. En el cielo había una enorme grieta. No era una nube. Era una abertura. Del otro lado se veía un lugar oscuro lleno de estrellas muertas. El guerrero comprendió que la guerra nunca había sido la verdadera amenaza.

Alguien había utilizado el conflicto para mantenerlo lejos de Iztaccíhuatl. Alguien había querido que ambos creyeran que el otro había mu**to. Corrió y corrió durante días. Cuando finalmente llegó al valle, encontró el reino en silencio. Las antorchas estaban apagadas. Los templos estaban cubiertos de ceniza y en el centro de la ciudad había un grupo de sacerdotes.

Frente a ellos estaba Iztaccíhuatl. Ella parecía dormida. Su piel estaba pálida y su cabello cubría parte de su rostro. Popocatépetl corrió hacia ella.

—¡Iztaccíhuatl!

Ella no abrió los ojos. Durante unos segundos el silencio pesaba al rededor de ellos. Después de sus ojos comenzaron a caer lágrimas, Iztaccíhuatl abrió poco a poco sus labios y dejó escapar apenas un hilo de voz.

—Pensé que habías mu**to— dijo con dificultad.

Él la abrazó.

—Y yo pensé lo mismo de ti.

Los sacerdotes comenzaron a gritar.

—¡Aléjate de ella!

Popocatépetl se giro hacia ellos.

—¿Qué hicieron?— Su voz resono como un estruendo por todo el valle.

Nadie respondió. Entonces el sacerdote principal habló.

—La princesa entregó todo su ser para traerlo de regreso.

Popocatépetl sintió que el mundo desaparecía bajo sus pies.

—¿Qué significa eso?

Iztaccíhuatl tomó su mano con dificultad.

—No tengo mucho tiempo.

—No.

—Escúchame.

—No.

—Popocatépetl...

—No voy a perderte otra vez.

Ella sonrió entre lágrimas.

—Nunca me perdiste.

Y entonces Iztaccíhuatl cayó en un sueño muy profundo, Popocatépetl tomo a su amada contra el pecho y alzó un grito al cielo.

—¡IZTACCÌHUATL!

El cielo comenzó a oscurecerse, decenas de rayos comenzaron a dibujarse en el cielo. La grieta sobre las montañas volvió a abrirse. Una figura gigantesca descendió lentamente desde ella. Era la criatura que había hablado con ambos. Los sacerdotes cayeron de rodillas.

—El dios oscuro ha despertado —susurró uno.

La criatura observó a los amantes.

—El amor siempre ha sido la llave.

Popocatépetl levantó su macuahuitl.

—Entonces tendrás que pasar sobre mí.

La criatura soltó una carcajada.

—Eso es exactamente lo que necesito.

La batalla comenzó, el cielo se volvió rojo, los árboles se quemaron, las piedras comenzaron a flotar. Popocatépetl luchó contra criaturas nacidas de la oscuridad, cada golpe que daba el feroz guerrero la tierra temblaba y el cielo respondía con fuego. Pero la criatura era demasiado poderosa. Finalmente lanzó a Popocatépetl contra una montaña. Entonces escucho una voz cálida y dulce.

—¡Levántate!

Era Iztaccíhuatl, levanto la mirada hacia donde estaba su cuerpo, Él apenas podía respirar.

—No puedo.

Popocatépetl sintió un aire cálido recorrer su cuerpo y volvió a escuchar su voz.

—Entonces me quedaré a tu lado.

El guerrero recordó aquellas palabras que le dijo a Iztaccíhuatl.

—Te prometí que estaríamos juntos.

La criatura comenzó a acercarse.

—Qué hermoso —dijo—. Dos mortales creyendo que pueden desafiar al destino, uno sin fuerza para el combate y la otra cruzando el umbral de los mu**tos.

De nuevo la voz de Iztaccihuatl se escuchó.

—¿Recuerdas nuestra promesa?

Él asintió.

—Aunque los dioses se opongan.

El guerrero levantó la mirada hacia la criatura, la diosa oscura por primera vez sintió un miedo terrible al ver la mirada del guerrero. Popocatépetl se levantó y se avalanzo contra la diosa, el choque entre ambos hizo que las montañas explotarán. Una luz blanca cubrió el valle. La criatura gritó. Los sacerdotes huyeron. El cielo se partió. Y durante un instante, todo quedó completamente en silencio.

Cuando la luz desapareció, ya no estaban. En su lugar había dos enormes montañas. Una cubierta de nieve, tranquila y blanca, como si una mujer dormida descansara eternamente sobre la tierra. La otra permanecía frente a ella, oscura y enorme, con humo saliendo constantemente de su interior.

Los antiguos sacerdotes comprendieron entonces lo que había ocurrido. Iztaccíhuatl había elegido dormir junto al hombre que amaba y Popocatépetl había elegido permanecer despierto para protegerla.

Desde entonces, cuando la noche cubre el valle y la luna ilumina las montañas, algunos aseguran que el humo que sale de Popocatépetl no es solamente fuego. Dicen que es el aliento de un guerrero que todavía vigila a su amada.

Y cuando la nieve cubre lentamente a Iztaccíhuatl, dicen que ella sigue soñando con el día en que volverán a caminar juntos. Pero la leyenda tiene una parte que pocos conocen.

Durante ciertas noches, cuando el viento sopla desde las montañas y el cielo está completamente despejado, puede escucharse una voz entre los árboles. Una voz de mujer. Pronuncia un nombre. Popocatépetl. Y desde la montaña llega otra respuesta. Iztaccíhuatl. Entonces el volcán despierta, el fuego ilumina el cielo, la tierra tiembla y por unos breves instantes parece que las dos montañas vuelven a encontrarse.

Los ancianos dicen que eso ocurre porque su amor nunca terminó. Otros creen que es algo más oscuro. Creen que la criatura que intentó abrir la puerta entre los vivos y los mu**tos no fue destruida. Solo quedó atrapada debajo de las montañas. Y que cada vez que Popocatépetl despierta, lucha contra ella para impedir que regrese.

Por eso permanece vigilante, por eso nunca descansa. Porque la promesa que hizo aquella noche todavía permanece. Protegería a Iztaccíhuatl incluso después de la muerte, incluso después del fin del mundo, incluso si los dioses regresaran para reclamarla.

Y quizá esa sea la verdadera razón por la que ambos permanecen frente a frente desde hace tantos siglos. No como monumentos de una tragedia. Sino como dos amantes condenados a permanecer juntos para siempre.

Ella duerme, ėl vigila, ella sueña, ėl arde y entre ambos permanece una promesa que ni siquiera la muerte pudo romper. Porque hay amores que terminan cuando el corazón deja de latir y existen otros que, al morir, se vuelven montañas.

Eternos, oscuros, imposibles de olvidar.

Autor: Mr. Obscurus.
©️ 2026. Todos los derechos reservados, Ninguna parte de esta historia puede reproducirse, almacenarse o transmitirse en cualquier forma sin permiso escrito del autor.

Tim Curry.Hoy la oscuridad se siente un poco más grande.Tim Curry ha mu**to a los 80 años. El actor británico falleció e...
26/08/2026

Tim Curry.

Hoy la oscuridad se siente un poco más grande.

Tim Curry ha mu**to a los 80 años. El actor británico falleció el 25 de agosto de 2026 en su casa de Los Ángeles, dejando detrás una carrera de casi seis décadas y personajes que, para muchos de nosotros, jamás podrán ser olvidados.

Para quienes amamos el terror, su nombre tiene un significado especial.

Tim Curry no necesitaba gritar para provocar miedo. Bastaba su voz, una mirada, una sonrisa o esa manera tan particular de hablar.

En 1975 apareció como el inolvidable Dr. Frank-N-Furter en “The Rocky Horror Picture Show”, un personaje que se convirtió en uno de los grandes símbolos del cine de culto. Curry no interpretó simplemente a Frank-N-Furter... lo convirtió en una presencia imposible de olvidar.

Pero entonces llegó Pennywise.

En 1990, Tim Curry se puso el maquillaje de un payaso que parecía salido de una pesadilla.

Pennywise.

Para toda una generación, aquel rostro blanco, aquella sonrisa y aquella voz se convirtieron en una de las imágenes más aterradoras de la televisión. No necesitaba grandes efectos especiales. Su presencia era suficiente para hacer que una habitación pareciera mucho más oscura.

Y aunque muchos lo recordamos principalmente por Pennywise, su carrera fue muchísimo más grande.

Fue Rooster Hannigan en “Annie”.
Fue Wadsworth en “Clue”.
Fue Darkness en “Legend”.
Fue el despiadado Cardenal Richelieu en “The Three Musketeers”.
Fue Long John Silver en “Muppet Treasure Island”.
Fue el peculiar conserje del Hotel Plaza en “Home Alone 2”.
Y también prestó su extraordinaria voz a personajes como Nigel Thornberry y el Capitán Garfio.

Y eso es precisamente lo que hacía especial a Tim Curry.

Podía ser divertido, elegante, extraño, cruel, extravagante o aterrador.

Podía hacerte reír en una escena y, minutos después, hacerte sentir incómodo con solamente una mirada.

Su carrera también estuvo profundamente ligada al teatro. Recibió tres nominaciones al Tony y ganó un Emmy por su trabajo como actor de voz. Incluso después del derrame cerebral que sufrió en 2012, continuó trabajando y manteniendo contacto con sus seguidores. En 2025 publicó sus memorias, “Vagabond”, donde repasó su extraordinaria vida.

Quizá por eso su partida duele tanto.

Porque Tim Curry no fue solamente un actor.

Fue una de esas figuras que aparecieron en nuestras pantallas cuando éramos niños y que, sin saberlo, dejaron una pequeña sombra detrás de nosotros.

Una sombra que regresaba cada vez que escuchábamos una risa extraña en la oscuridad.

Cada vez que veíamos un payaso.

Cada vez que alguien pronunciaba el nombre de Pennywise.

Hoy, desde este pequeño rincón de oscuridad llamado Parálisis Nocturno, quiero despedir a uno de los grandes.

Gracias, Tim Curry.

Gracias por los personajes.

Gracias por las pesadillas.

Gracias por las risas.

Gracias por haber demostrado que un actor puede convertirse en algo más que un rostro en una pantalla.

Algunos personajes mueren cuando termina una película.

Otros permanecen para siempre.

Y Pennywise...

Bueno.

Pennywise probablemente seguirá esperando en las alcantarillas.

Porque algunas criaturas nunca desaparecen.

Solo esperan a que volvamos a tener miedo.

Descansa en paz, Tim Curry. 🖤🎭🎈

— Mr. Obscurus

Dirección

1
Cuautitlán Izcalli
54710

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