Zaira MasDurango

Zaira MasDurango Directora de Revista MásDurango | Psicóloga (Céd. Soy Zaira, psicóloga con maestría, mamá y esposa.

Prof. 12143129)
Posgrado en Terapia Familiar
Esposa y mamá 🌿
En este espacio comparto mi experiencia en psicología, reflexiones de la vida diaria, mi rutina como mamá y temas que nos ayudan a crecer. Mi vida es un balance entre lo profesional y lo personal: trabajo en lo que amo, pero también vivo las emociones, la maternidad y los retos que muchas veces no se cuentan. He pasado por procesos que m

e hacen más humana y cercana; no solo hablo desde los libros, también desde la experiencia, la sensibilidad y la lógica que me han acompañado en cada etapa. En esta página quiero compartir contigo un poquito de todo:
💛 Psicología accesible y real.
💛 Mi vida como mamá y esposa.
💛 Rutinas, reflexiones y motivación diaria. No busco solo pacientes o clientes, sino una comunidad que crea en la autenticidad y en el crecimiento.
🌸 Si llegaste aquí, quédate: no soy solo una cara bonita, soy una mujer que quiere compartir y acompañar.

Zaira González | Zaira MásDurangoMaggieEl cierre de una trilogía que Durango nunca supo contenerEra la época de los cinc...
01/06/2026

Zaira González | Zaira MásDurango
Maggie
El cierre de una trilogía que Durango nunca supo contener
Era la época de los cincuenta.
Durango olía distinto entonces. A tierra mojada después de la lluvia de verano, a pan recién hecho, a leña en las cocinas de los barrios donde las casas todavía tenían patio y las familias todavía comían juntas.
Era una ciudad más pequeña. Más lenta. Más consciente de sí misma.
Todos se conocían.

Y precisamente por eso, todos sabían también quién no debía ser lo que era.
En ese Durango nació Maggie.
Era la menor. La güera del papá. La que preguntaba cuando se suponía que debía callar. La que no entendía por qué las mujeres tenían que quedarse quietas en un mundo que les pedía exactamente eso: quietud.

Crece en un Durango donde el hombre puede desaparecer días o semanas sin explicación ni disculpa, y donde la mujer que queda atrás tiene que resolver sola, en silencio, con una dignidad que nadie le enseñó pero que ella decidió tener.
Su padre era de esos hombres. De los que salen una mañana y regresan cuando quieren, dejando apenas dinero para unos días y la esperanza de que alcance.
Cuando se acaba el gasto, su familia se paraliza. Pedir fiado en una ciudad pequeña como Durango era casi una confesión pública: que el hombre de la casa no estaba, que la despensa se había vaciado, que algo dentro de ese hogar no funcionaba como debía.

En una ciudad donde el qué dirán pesa más que el hambre, caminar hacia la tienda podía sentirse más difícil que la propia necesidad.
Maggie sí iba.
Salía con esa seguridad extraña que tienen algunos niños que, sin darse cuenta todavía, ya entendieron que el miedo sale más caro que la necesidad.
Caminaba hacia la tienda del barrio con la cabeza en alto y una frase lista. Educada. Directa.
No pedía con lástima.
Pedía con la convicción de quien sabe que va a pagar… aunque todavía no sepa cuándo.
Y casi siempre le daban.
No necesariamente por generosidad.
Sino porque había algo en esa pequeña niña que desarmaba.
Una dignidad que no correspondía ni a su edad ni a sus circunstancias. Como si hubiera entendido antes que nadie le explicara que el mundo responde distinto cuando uno no le pide permiso para existir.
Su padre tenía una frase que repetía cuando la vida apretaba:
"El hambre te tira, pero el orgullo te levanta."
No la decía como consuelo.
La decía como código.
Maggie nunca necesitó repetirla.
La vivía.
Regresaba a casa con lo que conseguía. Sin drama. Sin hacer ruido. Como quien resuelve lo que hay que resolver y sigue adelante.
Así se fue formando.
No en un salón de clases ni en un sermón de domingo.
En esas caminatas cortas hacia la tienda, con el estómago apretado y la frente en alto.

I. Lo que Durango no supo hacer con ella
Hay personas que ciertas ciudades nunca terminan de contener.
Maggie era una de ellas.
Le gustaba leer. No como hábito elegante, sino como necesidad. Entendía que un libro podía ser una salida secreta cuando el mundo alrededor se quedaba corto.
Le gustaba la música de verdad. La que se escucha con los ojos cerrados.
Le gustaba el cine. Le gustaba bailar. Le gustaban las conversaciones largas que terminan cuando ya amaneció y nadie se dio cuenta de la hora.
Y le gustaba enamorarse de la vida.
Tenía además una fe muy particular. No una fe de templo ni de discurso. Una fe cotidiana, construida desde pequeños detalles.
Cuando alguien se preocupaba demasiado por el futuro, Maggie respondía siempre igual:
"Si Dios le da de comer a sus pajaritos… qué no hará por sus hijos."
No sonaba a frase hecha.
Sonaba a certeza.
Era elocuente. Educada en el sentido profundo de la palabra. No el que se compra con colegio, sino el que se construye leyendo, observando y negándose a ser menos de lo que uno sabe que puede ser.
Durango nunca supo muy bien qué hacer con mujeres así.
Las ciudades pequeñas rara vez saben qué hacer con mujeres que piensan demasiado y callan muy poco.

II. La letra escarlata
La casan joven.
Lo suficiente para entender que no lo eligió, pero no lo suficiente para poder negarse sin que el mundo entero se le viniera encima.
En el Durango de entonces —y en muchas cosas en el de ahora— una mujer sola era un problema que debía resolverse rápido.
Y los problemas se resolvían casando.
Que ella estuviera de acuerdo era casi irrelevante.
Ese matrimonio termina.
Lo importante aquí no es la historia privada de esa ruptura, sino lo que vino después: quedarse sola, con hijos, en una ciudad que pocas veces perdona a las mujeres que sobreviven sin permiso.
Entonces Durango hace lo que mejor sabe hacer.
La señala.
Con el susurro.
Con la mirada incómoda en misa.
Con la vecina que le cuenta a otra vecina lo que alguien más dijo sin saber si era verdad.
Maggie recibe todo eso.
Y aprende a caminar con esa marca encima sin bajar la mirada.
No porque no doliera.
Sino porque había aprendido desde niña que agachar la cabeza no resuelve nada.
La vida siguió.
Como siempre siguió para ella.
Con decisiones tomadas desde esa misma certeza de quien no espera que el mundo le dé autorización para vivir.

III. Mario Puzo y las mujeres que sostienen el mundo
Mario Puzo escribió alguna vez que la verdadera inspiración detrás de Don Vito Corleone no había sido un mafioso.
Había sido su madre.
Una mujer inmigrante que crió sola a sus hijos con una mezcla de dureza, inteligencia y amor imposible de explicar desde afuera.
Maggie tenía algo de eso.
No era una persona sencilla.
Era un tren acelerando.
De esos que no siempre encuentran el freno a tiempo.
Su frase era simple:
"Lo hecho, pecho."
No buscaba demasiados consejos porque confiaba en su propio criterio con una intensidad que a veces la protegía y a veces la exponía.
Vivía fuerte.
Amaba fuerte.
Sufría fuerte.
Y aunque el mundo alrededor intentó muchas veces reducirla, nunca terminó de lograrlo.
Le tocó una época donde una mujer así tenía pocos espacios para crecer sin incomodar.
Y aun así siguió avanzando.
No desde la comodidad.
Desde la resistencia.

IV. El desfile
Ya está contada en otra parte la historia del militar que llegó a Durango dispuesto a enfrentarlo… y terminó enamorándose de él.
Pero lo que no estaba contado era lo que Maggie vio aquel día.
El desfile avanzando por el centro.
Los caballos.
Los uniformes impecables.
Ese cielo duranguense que a veces parece demasiado perfecto para ser real.
Y entonces lo ve a él.
No como comandante.
No como símbolo.
Como presencia.
Un hombre que no parecía pedir permiso para ocupar el espacio que ocupaba.
Y algo dentro de ella entendió, antes de ponerlo en palabras, que quizá la vida todavía guardaba una sorpresa.
No fue inmediato.
No fue sencillo.
Pero por primera vez en mucho tiempo, Maggie dejó entrar la posibilidad de que el mundo todavía pudiera darle algo distinto.

V. La vida que sí pudo construir
Hay un día que queda guardado para siempre.
Un vestido rojo.
La casa impecable.
La mesa puesta.
La comida lista.
Y Maggie moviéndose por la cocina con una energía distinta. Como quien por fin cree que algo bueno puede quedarse.
Ese día dicen que todo va a cambiar.
Que ahora sí.
Que ahora sí regresa para quedarse.
Y durante unas horas… parece verdad.
Pero al día siguiente algo desaparece.
No físicamente.
Más profundo que eso.
Y quien presencia esa transformación entiende algo doloroso:
las personas más amadas también pueden ser las más rotas.
Y ambas cosas pueden existir al mismo tiempo.
Maggie cargaba heridas que nunca se nombraron.
Nunca se trataron.
Nunca se hablaron.
Porque en Durango, como en muchos lugares, la salud mental durante décadas no fue conversación.
Fue vergüenza.
Y lo que no se nombra… rara vez se cura.

VI. Los pajaritos de Dios
Con el tiempo, Maggie deja Durango.
No de golpe.
Simplemente va entendiendo que esta ciudad no tiene el espacio que ella necesita.
Como muchos duranguenses, termina exportando lo mejor de sí misma a otros lugares.
Y sigue siendo Maggie.
Sigue leyendo.
Sigue creyendo en la música, en el cine y en las conversaciones largas.
Sigue bailándole a la vida.
Y sigue repitiendo la misma frase cuando alguien se preocupa demasiado por el futuro: "Si Dios le da de comer a sus pajaritos… qué no hará por sus hijos."
En diciembre de 2025 entra a una cirugía de corazón abierto.
Ocho horas.
Cae en coma.
Muere sobre la plancha y regresa.
Y cuando vuelve… algo se queda del otro lado.
Hoy vive en un lugar distinto de sí misma. Con una mente más ligera, más transparente. Como si parte del peso que cargó toda la vida finalmente hubiera decidido soltarse.
No se sabe qué vio durante esas horas.
No se sabe si tuvo miedo.
No se sabe si por primera vez descansó.
VII. El gran amor y el orgullo que no cedió
Hay amores que no se eligen con cuidado. Simplemente llegan, como llegó ese comandante a caballo por el centro de Durango un día que Maggie no estaba buscando nada.

Y se quedan. Aunque después todo se complique. Aunque después duela.
Él fue su gran amor. No el primero. No el más sencillo. Pero sí el más verdadero, de esos que uno reconoce precisamente porque duelen diferente.
Procrearon dos hijos. Construyeron algo que en otra vida, con otras circunstancias, podría haber durado para siempre. Pero el soldado cometió una traición que Maggie no pudo absorber. No porque no lo amara. Sino exactamente porque sí.
Hay mujeres que perdonan desde el miedo. Maggie no era de esas. Había aprendido desde niña, en aquellas caminatas hacia la tienda del barrio, que doblar la rodilla tiene un costo que no siempre se recupera. El hambre te tira, pero el orgullo te levanta. La frase de su padre se había convertido en su columna vertebral. Y esa columna no cedió.
Se fue.
No con odio. Con algo más difícil que el odio: con un amor intacto que ya no tenía dónde vivir.

Nunca dejó de amarlo. Eso también es verdad y merece decirse. Los grandes amores no desaparecen porque uno decida alejarse. Se transforman en algo que no tiene nombre exacto, que no es nostalgia ni rencor ni olvido, sino las tres cosas al mismo tiempo.

Él murió joven. A mediados de los noventa, antes de que pudieran cerrar lo que quedó abierto entre los dos. Sin una última conversación. Sin el cierre que a veces la vida concede y a veces simplemente niega.
Y Maggie siguió. Como siempre había seguido. Con su fe. Con sus libros. Con esa certeza tranquila de que el universo no abandona a los que siguen caminando.

Pablo Coelho escribió en El Alquimista que cuando uno quiere algo con el alma, el universo conspira para que pueda realizarlo. Maggie no había leído eso como filosofía abstracta. Lo había vivido como biografía. Había llegado al mundo sin casi nada, en una ciudad que no sabía qué hacer con ella, en una época que no tenía espacio para mujeres como ella. Y aun así había amado, había perdido, había sobrevivido, había cruzado fronteras, había construido una vida entera del otro lado.

Había vivido exactamente las historias que de niña soñaba encontrar en los libros.
Con todo el dolor.
Con toda la belleza.

Con toda la fe de quien sabe que los pajaritos de Dios nunca se quedan sin comer.
Hay un mensaje que resume todo lo que Maggie fue como persona.
No está en ningún libro. No está en ninguna crónica. Está en una pantalla de teléfono, escrito con la ortografía imperfecta de quien escribe desde el corazón y no desde el corrector.

Le decía a su hijo más pequeño. Que lo admiraba. Que le pedía a Dios todos los días que no lo soltara de su mano. Que podría pasarse horas hablando maravillas de él pero que solo quería que supiera que lo quería mucho y que lo extrañaba.
Y al final, como siempre al final con Maggie, la fe.
Que nunca te sueltes de su mano.
No la mano de ella.
La mano de Dios.
Porque Maggie sabía, desde aquellas caminatas de niña hacia la tienda del barrio, que el único que nunca te abandona cuando el gasto se acaba eres tú mismo y el que te puso aquí.
"El hambre te tira, pero el orgullo te levanta."
Eso también es un legado.
Eso también fue Maggie.

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Este texto es original de Revista MásDurango y forma parte de nuestra serie Estilo Neovizcaíno, donde analizamos la cultura, las contradicciones y la realidad social de la ciudad.

Aunque utilizamos herramientas tecnológicas para estructurar, cada entrega implica horas —y muchas veces días— de investigación, análisis de fuentes y múltiples borradores editoriales.
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Zaira González | Zaira MásDurango"Los pueblos débiles y flojos, sin voluntad y sin conciencia, son los que se complacen ...
24/05/2026

Zaira González | Zaira MásDurango
"Los pueblos débiles y flojos, sin voluntad y sin conciencia, son los que se complacen en ser mal gobernados."
— Jacinto Benavente

Por qué Durango abre tarde. Y por qué eso dice más de nosotros de lo que creemos.

Una ciudad que confunde la inercia con la identidad. Y la herencia que Vizcaya nunca nos pudo enseñar.

Esta semana mi hermano me mandó un mensaje desde España. Lleva un tiempo viviendo en la región de Vizcaya, y yo le pregunté algo que me había estado rondando desde que vi el video de la turista regia. Le pregunté cómo eran los horarios allá. Si la gente madrugaba. Si los comercios abrían temprano.
Su respuesta me dio risa primero. Y luego me puso a pensar durante días.
"Aquí también son bien flojos con los horarios", me dijo. "Los domingos todo cerrado. Los sábados en verano cierran al mediodía. Es cosa normal acá."
Guardé el mensaje. Estuve un rato con esa información, porque algo no cuadraba. Si en Vizcaya, la región que le dio el nombre a esta ciudad nuestra, también cierran temprano y también tienen fama de pausados con los horarios, ¿por qué nadie hace videos virales burlándose de ellos? ¿Por qué en diciembre de 2022, cuando el alcalde de Madrid José Luis Martínez-Almeida declaró públicamente en el diario El Correo que le "sorprendió que en Bilbao los comercios estuvieran cerrados en domingo, incluso los sábados por la tarde", la respuesta vasca no fue vergüenza ni disculpa? La respuesta fue: en Bizkaia apostamos por garantizar el derecho al descanso.

Eso. Derecho al descanso. No costumbre. No flojera. Un derecho conquistado.
¿Por qué el cierre de ellos es conquista y el nuestro es vergüenza?
Ahí está la pregunta que nadie hizo esta semana.
I. Dos cierres que no tienen nada que ver
Vizcaya es una de las regiones con mayor ingreso per cápita de España. Bilbao tiene industria real, tecnología, cultura exportable. tiene uno de los sistemas de bienestar más sólidos de Europa. Sus trabajadores tienen sindicatos con dientes, convenios colectivos negociados con décadas de huelgas, prestaciones que no dependen del humor del patrón ni de si el negocio tuvo buena semana. En Bizkaia, la libranza del sábado por la tarde se firmó en convenio colectivo en 2015, después de ir a juicio y ganarlo.

Vizcaya cierra porque ha conquistado el derecho a descansar. Durango cierra porque no ha construido las condiciones para necesitar abrir.
Y hay que decirlo con claridad porque es la diferencia que todo lo cambia: cuando el trabajador vasco cierra el domingo, tiene la cartera llena. Tiene el refrigerador abastecido. Tiene para salir a tomarse un tinto con su familia, para ir a un restaurante, para disfrutar ese tiempo de descanso con algo adentro. Cuando el duranguense cierra temprano, muchas veces no tiene esas condiciones. El descanso no es un lujo conquistado. Es simplemente que no hay suficiente movimiento para justificar seguir abierto. Esa es la diferencia que nadie nombró en todo este debate. Descansar desde la abundancia no es lo mismo que parar desde la precariedad. Y llamar a los dos con el mismo nombre es, quizá, la confusión más costosa que tenemos.

Son dos cierres que desde afuera se parecen. Que en un video de TikTok podrían parecer idénticos. Pero no tienen absolutamente nada que ver por dentro. Uno es una conquista social de décadas. El otro es inercia económica disfrazada de identidad cultural. Y ahí está el núcleo del problema: en Durango llevamos décadas tomando nuestras limitaciones estructurales y convirtiéndolas en rasgos de carácter. "Así somos nosotros, tranquilos, sin las carreras de otras ciudades." No. Así está el ecosistema. Son cosas distintas. Y confundirlas no es inocente. Es el mecanismo exacto del positivismo tóxico: tomar lo que no hemos podido construir y llamarlo virtud.

II. El limbo que nadie quiere nombrar
La semana pasada, una joven de Monterrey grabó un video caminando por el centro de Durango a las 7:30 de la mañana. Buscaba un mango, un pan, un jugo. Nada extraordinario. No encontró nada. Tiendas cerradas, banquetas vacías, una panadería con letrero de apertura a las 9:30.

El video se viralizó. Y Durango respondió como Durango responde cuando algo lo incomoda: "que se adapte", "así somos nosotros", "si no le gusta que no venga." La CANIRAC, con toda la seriedad institucional que le cabe, declaró que si no hay quien consuma no hay necesidad de estar abierto.

Nadie señaló lo más obvio. La turista estaba ahí. Caminando. Con dinero en la bolsa. Buscando comprar. Ella era la demanda. La demanda existía. Lo que no existía era la oferta dispuesta a recibirla. Decir que no hay consumidores mientras uno camina frente a ti buscando dónde gastar no es un argumento económico. Es una contradicción con membrete institucional.

Y entre los miles de comentarios que generó el video, uno lo resumió mejor que cualquier análisis: "Comerciantes: que la raza no viene. Raza: que los comerciantes no abren. Pi**he limbo duranguense." Ese círculo vicioso no es pereza ni filosofía de vida elegida. Es la ausencia de industria real, de empleo formal con turnos que generen flujo matutino, de salarios que hagan del tiempo una mercancía valiosa. En Monterrey la gente sale a las 5 de la mañana porque hay fábricas y plantas que arrancan a esa hora. El taquero que abre al amanecer no lo hace por amor al madrugón. Lo hace porque hay mercado. Y hay mercado porque hay trabajo. Y hay trabajo porque hay industria. Durango no tiene esa cadena. Y en lugar de nombrarlo, lo llama tranquilidad.

III. Cruzar hacia La Laguna y cambiar de mundo
Y si la comparación con España parece lejana, hay una más cercana. Mucho más incómoda porque no admite excusas geográficas ni culturales.
A menos de una hora de Durango capital, cruzando hacia La Laguna, hacia Gómez Palacio y Lerdo, el ritmo es completamente otro. Los mercados arrancan antes. Hay movimiento matutino real. Los comercios del centro tienen otra energía, otra disposición a recibir al que llega temprano con ganas de gastar. El mismo estado en papel. Dos metabolismos económicos radicalmente distintos en la práctica.
No es que la gente de allá tenga diferente sangre ni más amor por el trabajo. Es que La Laguna tiene industria. Tiene empresas que generan turnos, que crean flujo de personas a distintas horas, que hacen del tiempo un recurso que se gasta y se repone. El ecosistema económico lo exige y lo permite al mismo tiempo.
Eso no lo va a decir los canales de televisión local. que a las dos de la tarde construyen la misma historia de siempre: Durango avanza, el gobierno entregó obra, vamos bien. Comparar Durango capital con Gómez Palacio no cabe en ese guion. Incomoda demasiado.

IV. La sabiduría que tiene límites
Hace tiempo, Revista MásDurango publicó una historia sobre un chilango que llegó a Durango para un proyecto y terminó teniendo una conversación que ningún PowerPoint le había preparado. El señor de la miscelánea de barrio donde se hospedaba abría tarde, cerraba a mediodía, volvía un rato y cerraba temprano. El chilango trató de explicarle el potencial de su negocio: más horarios, más personal, más sucursales, más crecimiento, y así eventualmente podría disfrutar a su familia.
El señor lo escuchó con la paciencia característica del neovizcaíno que no tiene prisa pero tampoco tiempo para tonterías. Y respondió: pero si yo ya desayuno con mi familia. Abro después de llevar a mis hijos a la escuela. Cierro a la hora de la comida. Luego vuelvo un rato. Y cierro temprano para cenar con ellos.
Hay algo genuinamente valioso en eso. Un ritmo que prioriza la mesa sobre el dashboard. No todo tiene que medirse en sucursales ni en métricas de crecimiento.
Pero ese modelo funciona en una miscelánea de barrio con renta baja y gastos controlados. No funciona igual para el comerciante del centro histórico que paga renta cara, que tiene empleados, que lleva años viendo cómo el flujo de clientes baja, y que en lugar de preguntarse por qué, se convence de que así es Durango. Hay una diferencia enorme entre elegir la tranquilidad desde la estabilidad y llamar tranquilidad a lo que en realidad es resignación desde la precariedad. En Durango llevamos décadas narrando la segunda como si fuera la primera. Y nos lo hemos creído tan bien que ya casi no distinguimos entre las dos.

V. El mundial, Twitter y el espejo sin filtro
Hace unos meses alguien en una posición de autoridad declaró con toda seriedad que Durango iba a recibir turismo durante el mundial de futbol. Los medios locales lo publicaron con el tono triunfalista de siempre. Una parte de la ciudad se emocionó. Revista MásDurango optó por no decir nada en ese momento, porque en Durango señalar lo ilógico tiene un costo que a veces no vale la pena pagar. Pero hay que nombrarlo: creer que una sede mundialista en otra ciudad va a desviar turistas internacionales hacia Durango, con la conectividad aérea que tenemos, la infraestructura turística que no hemos construido y la visibilidad que no tenemos en ningún mapa mental del viajero, no es optimismo regional. Es el tipo de narrativa que solo puede sostenerse en un ecosistema mediático que lleva tanto tiempo sin hacer preguntas críticas que ya no sabe cómo hacerlas.

La realidad llegó sola desde Twitter. Alguien compartió la nota y los comentarios fueron sin anestesia: que nadie en su sano juicio planea vacaciones en Durango, que Durango aparece junto a Tlaxcala y Campeche en la lista mental de estados invisibles del país, que fuera de broma qué hay en Durango además del pasito y la posibilidad de morir por picadura de alacrán, que es como los Apalaches mexicanos donde pasan cosas bizarras y nadie sabe exactamente dónde queda.
Duele leerlo. Claro que duele. Pero lo que más duele no es que lo digan afuera. Lo que más duele es la secuencia completa: la autoridad lo declaró, los dos canales lo amplificaron sin una sola pregunta, y una parte de Durango se lo creyó y se emocionó. Eso no es optimismo. Es la burbuja rosa funcionando a plena capacidad.
VI. Lo que la psicología dice sobre todo esto
Como psicóloga, he acompañado en consulta a personas que cargan exactamente este patrón en su vida personal: la incapacidad de nombrar una limitación real sin convertirla primero en identidad. Lo que clínicamente identificamos como racionalización defensiva, el mecanismo por el cual la mente transforma una carencia en virtud para no tener que enfrentarla. "No tengo trabajo porque prefiero mi tiempo libre." "No crezco porque valoro la tranquilidad." "No cambio porque así somos nosotros."
A nivel colectivo ese mecanismo se vuelve mucho más poderoso y mucho más difícil de romper, porque ya no es una sola mente protegiéndose. Es toda una comunidad validando la misma narrativa al mismo tiempo. Y cuando eso ocurre durante décadas, cuando los medios locales lo refuerzan, cuando las instituciones lo normalizan y cuando el que pregunta recibe como respuesta "vete si no te gusta", el mecanismo deja de ser defensa y se convierte en cultura.
Lo más preocupante desde la sociología no es que Durango abra tarde. Es que Durango no pueda hablar de eso sin que la conversación se convierta en ataque o en defensa. Esa incapacidad de sostener la incomodidad colectiva sin polarizarse es exactamente lo que impide el cambio. Y sí, puede cambiar. Pero solo si una masa crítica de personas decide que la pregunta incómoda vale más que la narrativa cómoda. Eso no lo hace el gobierno. No lo hacen los medios. Lo hacen las personas que deciden no callarse.

VII. El talento que se rinde. Y el que no.
He visto esto demasiadas veces. Personas con criterio, emprendedores con proyectos reales, duranguenses con iniciativa genuina, intentándolo aquí durante años. No hablo de gente que se fue a otra ciudad. Hablo de duranguenses que se quedaron, que apostaron por esta ciudad, que creyeron que podían mover algo. Y que eventualmente tiraron la toalla. No porque les faltara capacidad. Sino porque el ecosistema neovizcaíno no está construido para recibirlos. El frasco de alacranes opera silenciosamente: el rumor, la mirada, el "yo conozco a alguien mejor", la ausencia de redes que impulsen en lugar de frenar, la indiferencia institucional, los dos canales que no cubren lo que incomoda al poder.
Y llega un punto en que la conclusión es simple y devastadora: ahí les dejo su Durango. No voy a poder cambiarlos. No vale la pena seguir intentando.
Lo entiendo. Lo he sentido. Hay momentos en que rendirse es la decisión más racional disponible.
Pero existe un pequeño porcentaje que no se rinde. Que sigue preguntando aunque el costo sea alto. Que sigue construyendo aunque el ecosistema frene. Que sigue incomodando aunque la respuesta sea "vete si no te gusta." Ese porcentaje es el único que ha generado cambios reales en esta ciudad. No los medios. No las cámaras empresariales. No los dos canales de televisión. Las personas que decidieron que la pregunta valía más que la pertenencia.
Como decía Jacinto Benavente: "Los pueblos débiles y flojos, sin voluntad y sin conciencia, son los que se complacen en ser mal gobernados."
Yo escribo para el porcentaje que no se complace. Y también, con menos esperanza pero con la misma insistencia, para los demás.
Durango tiene cosas reales y hermosas que defender. Sus gorditas, que en Torreón y en Zacatecas intentan imitar sin lograrlo, porque el sabor de una gordita duranguense tiene algo que no se exporta. Sus atardeceres, que detienen a los extraños en mitad de la banqueta sin que nadie se los pida. Sus reservas forestales, que nos convierten en una de las potencias madereras del país aunque Durango casi nunca se cuente esa historia con el orgullo que merece. Su arquitectura colonial que sobrevive al tiempo mejor que muchas ciudades que gastan millones en marketing turístico.
Todo eso es real. Todo eso vale.
Pero ninguna de esas cosas justifica cerrar a las 7:30 de la mañana frente a alguien que quiere comprar. Ninguna justifica llamar demanda inexistente a una turista parada frente a tu puerta con dinero en la bolsa. Y ninguna justifica confundir el subdesarrollo económico con una filosofía de vida.
Mi hermano sigue en Bilbao. Los comercios de Vizcaya seguirán cerrando los domingos con orgullo, porque allá ese cierre representa décadas de industria construida, de derechos laborales conquistados, de bienestar real negociado en convenios colectivos. Nosotros seguiremos abriendo a las 11 y llamándolo costumbre. Hasta que decidamos hacernos la pregunta que las autoridades no se han hecho, y que una turista regia nos hizo sin querer desde su teléfono a las 7:30 de la mañana:
¿Por qué?

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📌 Nota editorial — Revista MásDurango
Este texto es original de Revista MásDurango y forma parte de nuestra serie Estilo Neovizcaíno, donde analizamos la cultura, las contradicciones y la realidad social de la ciudad.

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Es trabajo editorial. Es identidad. Es MásDurango.


Hay lugares que regresan y nadie los espera.Y hay lugares que regresan porque Durango los estaba reclamando.Waffles & Co...
24/05/2026

Hay lugares que regresan y nadie los espera.
Y hay lugares que regresan porque Durango los estaba reclamando.
Waffles & Coffee es de los segundos.

Esta franquicia no nació en una corporación sin rostro. Nació en Zacatecas, de una idea simple y poderosa: que el café bien hecho merece un lugar propio.
Desde ese primer local, la promesa fue clara todo el café es espresso, recién hecho, de la mejor calidad. No hay atajos. No hay café de sobre.
Esa es la garantía que viaja con cada franquicia y que llegó a Durango para quedarse. Nuestra directora Zaira MasDurango fue a comprobarlo.
Y se quedó cliente.

Lo primero que llega es el café. En taza grande, con espuma que se desborda de esa que te avisa desde que te lo ponen enfrente que esto va a estar bien. Hay una pasta bolognesa que llega bien servida, con una salsa que se cocinó — no que se calentó. Luego el panini. Técnicamente es un sándwich prensado. En la práctica es un argumento sólido para volver.
Luego el waffle.
Hay que hablar del waffle.
Son vastos. Generosos de una manera que en Durango no siempre encuentras. Con una salsa chipotle que no pide disculpas, mitad salado y mitad dulce, jamón, nuez y una bola de helado de fresa encima que convierte todo en algo entre desayuno y postre y decisión de vida. Alrededor de $150. Y los viernes hay 2x1 en waffles.
Dos personas. Dos waffles enormes. Por menos de lo que cuesta un café de autor en otros lugares de la ciudad.
El viernes que visitamos el lugar estaba lleno. No por casualidad por razón.
El servicio es profesional sin ser frío, amable sin ser fingido.
Las instalaciones están bien cuidadas. Todo lo que llega a la mesa tiene criterio.
Zaira no fue a reseñar. Fue a conocer.
Salió siendo cliente.
Eso no se escribe. Se gana.

📍 Blvd. Domingo Arrieta 518
🕒 Todos los días: 8am – 10pm
📞 618 327 1287
🧇 Viernes: 2x1 en waffles

Dirección

Durango
34100

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