26/10/2025
Hola 👋 me gustarÃa que leyeran el primer capÃtulo de mi libro titulado Quien escribe mi historia si a alguien le interesa leerlo completo les estaré dejando el link directo asta Wattpad en los comentarios espero y les guste los quiero mucho.
El cielo
estaba encapotado, pesado y gris, como una sábana sucia que
amenazaba con caerse sobre
el mundo. Delayla apoyó la cabeza contra el vidrio frÃo del coche,
sus dedos tamborileaban
distraÃdamente sobre la ventanilla. Contó los árboles que
desfilaban hacia atrás, pero
perdió la cuenta antes de llegar al quince. Cada uno era igual al anterior: troncos rÃgidos,
ramas torcidas y hojas marchitas que susurraban con el viento. No habÃa nada más que
mirar. Todo era igual, aburrido, opresivo.
¿Por qué
aqu� pensó, con el corazón pesado. ¿Por qué ahora? ¿Por qué
tenemos que irnos?
Su madre,
Belina, estaba absorta en la pantalla de su portátil, sus dedos
apurando correos y
mensajes de trabajo mientras intentaba mantener una sonrisa que
parecÃa cada vez más
forzada. Sin levantar la vista, dijo:
—Esta casa
será una nueva etapa para todos.
Delayla
frunció el ceño y murmuró apenas audible:
—SÃ, una
etapa donde nadie tiene tiempo para nadie.
Su padre,
Valerio, apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos se
habÃan vuelto blancos. El
silencio en el coche era espeso, como si cada uno de ellos
estuviera atrapado en un
caparazón de pensamientos y miedos.
HabÃan
dejado la ciudad, la escuela, los amigos, la casa con ventanas de
colores y una terraza
llena de flores para llegar a este lugar frÃo, distante, donde la
tierra parecÃa querer
tragarlos y los árboles guardaban secretos que no estaban
dispuestos a compartir.
​Delayla
deseaba gritar, pedir que todo volviera a ser como antes, pero
sabÃa que nadie escucharÃa.
Cuando el
coche finalmente se detuvo, una casa vieja de madera apareció ante
ellos, imponente y
silenciosa. Tres pisos, techos empinados, paredes cubiertas de
hiedra marchita que parecÃan
arañar el cielo gris. Un cuervo negro posado en el tejado los
observaba con ojos
penetrantes.
—Ahà está
—dijo Belina, cerrando el portátil con un clic seco—. Hogar, dulce
hogar.
Delayla
apretó los dientes, sin poder articular palabra.
Entraron
en la casa, que olÃa a madera vieja, polvo y recuerdos olvidados.
Las ventanas eran
angostas, dejando pasar poca luz incluso al mediodÃa. Cada paso
hacÃa crujir el suelo,
como si la casa protestara por la presencia de intrusos.
—Vamos,
ayúdanos con las cajas —ordenó Valerio.
—¿Por qué
no contratamos una mudanza, como hacen las personas normales? —se
quejó Delayla.
—Porque
las personas normales también tienen que ahorrar —respondió Belina,
sin mirarla.
Subió las
escaleras, que rechinaban con cada paso, hasta el cuarto asignado.
Era grande, pero frÃo y
desordenado, con muebles cubiertos por sábanas polvorientas. La
ventana daba al bosque,
donde las sombras danzaban bajo la bruma.
Al fondo
del jardÃn, vio algo que no habÃa notado antes: una pequeña cabaña
de madera, cubierta de
musgo y casi devorada por la tierra y la maleza. ParecÃa estar
viva, observándola.
​Delayla
sintió un escalofrÃo y cerró la cortina.
En su
antigua habitación, un dibujo colgaba de la pared: una niña y sus
padres bajo un sol amarillo
y brillante. Si tuviera que hacer otro ahora, el sol estarÃa
ausente. Tal vez ni siquiera
dibujarÃa el cielo.
Su padre
subió con una caja y dijo, sin cariño:
—Esto es
lo que hay, Delayla. No es fácil para nadie.
—¿Y por
qué tengo que pagarlo yo?
Él no
respondió.
Esa noche,
mientras sus padres discutÃan en voz baja, Delayla sintió que ella
era solo una caja más, una
carga invisible que nadie querÃa cargar.
Sentada a
la ventana, miró la cabaña en el jardÃn. Juró que una luz se habÃa
encendido dentro, sola,
como una invitación o una advertencia.
El reloj
marcaba la medianoche, pero el sueño parecÃa haberse esfumado para
Delayla. Se quedó mirando
por la ventana, como hipnotizada por la tenue luz que aún
parpadeaba en la cabaña.
Era una luz cálida, amarillenta, como una vela temblando en
la oscuridad, y parecÃa
estar allà solo para ella.
¿Quién
vive ah� pensó con el corazón latiendo con fuerza. ¿Por qué nadie
habla de esa cabaña?
Los
susurros del bosque se colaban por la ventana abierta, mezclándose
con el eco lejano de la
lluvia que comenzaba a caer, primero suave, luego con más fuerza,
como si el cielo llorara
con ella.
​En la
habitación, las sombras parecÃan bailar al ritmo de las gotas
golpeando el techo de la
casa. Delayla sintió un n**o en la garganta y deseó que alguien la
abrazara, que le dijera que
todo estarÃa bien, pero el silencio era un muro entre ella y el
mundo.
—No puedo
quedarme aquà —se dijo en un susurro—. Tengo que saber qué es esa
cabaña.
Pero también
sabÃa que sus padres no entenderÃan, que la tacharÃan de loca o
simplemente ignorarÃan sus
preguntas. Asà que guardó el secreto dentro de sÃ, una chispa pequeña y peligrosa que
crecÃa con cada hora que pasaba.
Al dÃa
siguiente, la luz del sol apenas logró atravesar las nubes, pero
Delayla sintió una fuerza
extraña que la impulsaba a salir de la casa. Sin decir palabra, se
puso sus botas, agarró una
linterna y salió por la puerta trasera.
El aire
era frÃo y húmedo, y la tierra blanda se hundÃa bajo sus pies. El
bosque estaba lleno de
aromas desconocidos: tierra mojada, hojas secas, madera podrida.
Cada sonido parecÃa
amplificado, desde el crujir de las ramas hasta el murmullo del
viento.
Delayla
caminó despacio, observando cada detalle. Encontró viejas
herramientas oxidadas
cerca de un cobertizo pequeño, huellas de animales en el barro, una
jaula rota colgando de un
árbol. Todo parecÃa contar una historia, pero ninguna palabra era
clara.
Cuando
llegó al claro donde estaba la cabaña, se detuvo. La estructura se
levantaba imponente, pero
también frágil, como si en cualquier momento pudiera
desplomarse.
El olor a
madera vieja y musgo la envolvió.
Con el
corazón en la garganta, dio un paso adelante, pero se detuvo antes
de tocar la puerta. Un
impulso invisible la frenó. Sin embargo, no pudo resistir la
sensación de que la cabaña
la estaba llamando, que dentro de sus paredes habÃa secretos que
ella necesitaba
descubrir.
​Un silencio
pesado la envolvió, solo roto por el canto lejano de un pájaro y el
susurro del viento.
Retrocedió
lentamente, sus ojos fijos en la cabaña hasta que esta desapareció
entre los árboles.
De regreso
a la casa, Delayla sintió que algo habÃa cambiado en ella. Ya no
era solo la niña que se
sentÃa invisible; algo nuevo, oscuro y poderoso, despertaba dentro
de su pecho.
Al entrar
de nuevo en la casa, el calor artificial del salón la envolvió como
una manta áspera. Sus
padres seguÃan ocupados con sus propios mundos: Belina con sus
interminables correos
electrónicos, Valerio revisando documentos en su teléfono. Ni
una mirada, ni una palabra
para ella.
Delayla
dejó la linterna en la mesa y se sentó en el sofá, mirando las
manchas de luz que se
colaban por las cortinas. Su mente giraba en cÃrculos, obsesionada
con la cabaña, con la luz
misteriosa, con la sensación de que ese lugar guardaba algo que
ella necesitaba.
¿Por qué
nadie más la ve como yo? ¿Por qué la ignoran? se preguntó,
sintiendo un peso insoportable en el pecho.
La tarde
avanzó lenta, y la casa parecÃa hacerse más oscura, más frÃa, a
pesar de las luces
encendidas. Cuando se acercó la hora de cenar, Delayla se quedó en
su cuarto, viendo cómo sus
padres preparaban la comida sin intercambiar más que palabras
secas.
Al
sentarse a la mesa, apenas tocó la comida. Sus pensamientos estaban
lejos, atrapados entre las
sombras del bosque y los susurros que solo ella parecÃa
escuchar.
Después de
cenar, subió de nuevo a su habitación y se recostó en la cama,
mirando el techo con los
ojos abiertos.
​Tal vez esta
casa no sea un hogar.
Tal vez esa
cabaña sea la llave.
La noche
cayó una vez más, y con ella, el misterio.